Opinión

11 Dic 2015
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

La debacle de las izquierdas y derechas extremistas

Lo sucedido en las elecciones de Argentina y Venezuela no representan una victoria para la derecha ni una derrota para la izquierda, solo es una lección de que a la gente no le interesa las extremas.

No hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista, dicen por ahí. La gente se cansa de ver y sufrir el mismo fenómeno. Lo que se construye (o destruye) torcido, vuelve a su estado natural, a su status quo.

No se trata de un juego de ideologías entre izquierdas y derechas. Se escuchan noticias del sur de América que el chavismo se extingue, está desapareciendo el socialismo del siglo XXI y se impone una corriente ideológica en Venezuela y Argentina, a la espera de quebrantar con la izquierda en otros países, principalmente en Ecuador y Bolivia. Ese es el fin de las ideologías opositoras radicales, para recuperar el poder político. El objetivo de la gran mayoría que no participa en política partidaria ni tiene preferencias ideológicas, es simplemente gozar de una mejor calidad de vida, y al sufrir crisis y percibir programas sociales y políticas obsoletas, la gente prefiere distinta opción partidaria, con la esperanza de un cambio social, político, económico y de otra índole.

El Salvador sufrió un giro político a partir de 2009, después de 20 años de gobiernos de derecha, en el cual imperó más la necesidad de cambio que los méritos del partido oficial en obtener la presidencia. En Argentina se deshicieron de un acéfalo kirchnerismo que dominó por 12 años, para dar cabida al experimento de un nuevo gobierno, con Mauricio Macri como capitán del barco. Venezuela, con Hugo Chávez como autor intelectual, sin duda fue uno de los más populistas, mediático y polémico para los ojos del mundo, y ahora Nicolás Maduro como heredero queriendo ser igual, tener similar alcance, siempre polémico y con las mismas mañas, no ha logrado tener el mismo arrastre de Chávez.

De a poco el oficialismo va perdiendo poder y se van derrumbando 17 años de construcción (o destrucción) chavista. Y no puede faltar Cuba, moderando su discurso y su conducta anticapitalista porque son conscientes de que estar en contra de uno de los países más poderosos del mundo les seguirá afectando diplomática y económicamente, y que tarde o temprano los barriles de petróleo venezolanos se van a escasear.

Se denota que la gente está cansada, no de la ideología dominante, sino de las prácticas populistas, la división extrema y del autoritarismo que el mismo pueblo le ha permitido a los gobiernos al darle el poder absoluto en el Ejecutivo, en la Asamblea o Parlamento y hasta en el sistema judicial. Por el mismo cansancio, los venezolanos se decantaron por delegarle la mayoría parlamentaria a la oposición, lo que ha implicado la derrota más estrepitosa para los intereses de Nicolás Maduro y compañía. Igual fenómeno ha ocurrido en la presidencia de Argentina.

Ni la izquierda ni la derecha tienen la verdad absoluta ni la solución total y eficaz para todos los males que padece una nación. Lo sucedido en las elecciones de Argentina y Venezuela no representa una victoria para la derecha ni una derrota para la izquierda, solo es una lección de que a la gente no le interesa las extremas, no quiere el absolutismo y guarda la esperanza en los nuevos gobernantes, y si continúan con la línea extrema y populista, todo retornará a su estado natural.

Es momento de ponerle fin a las guerras ideológicas, a la polarización, y sobre todo, a los populismos y extremismos que son una de las principales divisiones que provocan los problemas sociales. Esa concepción obsoleta histórica de las izquierdas y derechas debe reservarse para identificar la ideología de los partidos políticos, pero no para dividir, no para mantenernos en eternos conflictos, ni para satisfacer intereses personales. Esas divisiones deben servir únicamente para ser tema en la asignatura de Historia en las instituciones educativas.

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