Opinión

11 Abr 2017
Opinión | Por: Gerardo Schönenberg Ávila

El amor más grande del mundo

Deseo dedicar mi artículo correspondiente a la Semana Santa, a una persona que muchas veces olvidamos y dejamos solo; me refiero a Nuestro Señor Jesucristo. Él es nuestro padre y a pesar de todas nuestras ofensas hacia su madre, la Virgen María, y a Dios, sigue perdonándonos y siendo misericordioso con nosotros, los pecadores.

Dios es un padre que envió a su hijo Jesús al mundo para que nosotros, gracias a todo lo que hizo y su martirio en una cruz, tengamos la oportunidad algún día de ir al cielo cuando muramos terrenalmente. Según lo que hayamos hecho, bueno o malo, podemos terminar en el cielo, en el purgatorio o en el infierno con satanás.

Es tan justo y misericordioso que por cada obra de misericordia que hagamos, nos borra cientos de pecados y ofensas, que cada segundo hacemos. Quiere que seamos como niños en la pureza de mente, corazón, cuerpo y alma. Como todo padre nos ama como únicos y sabe lo que necesita cada quien. Cada vez que nos acercamos a él y a la Virgen, le hablamos, le buscamos y le pedimos consejos, se pone tan feliz, pero nos hemos olvidado de acudir a él diariamente, en las cosas buenas y malas. En vez de acudir a ellos los dejamos solos o los queremos quitar de nuestras vidas.

Además de ser nuestro Padre es nuestro Salvador y por tanto los salvadoreños que vivimos y nacimos en el Pulgarcito de América tenemos que ser agradecidos y amar siempre a Dios y a la Virgen; ya que somos el único país del mundo que lleva el nombre de nuestro Salvador del mundo.

Respetemos la vida humana desde el momento de la concepción hasta la muerte natural, porque Dios es vida, no muerte; es amor no odio, ni violencia; es unión, no separación. Es un Dios de la verdad, no de la mentira como la que ofrece el mundo; es un Dios de justicia y misericordia, no de violencia ni de maldad, ni de terror. Es un Dios que respeta nuestras decisiones y nos da la libertad de elegir entre el bien y el mal, el camino correcto o incorrecto en nuestra vida.

 

A pensar de tanto amor que Dios nos tiene, nosotros muchas veces le damos la espalda. Por ejemplo: cuando tenemos al dinero o el placer como un Dios; cuando preferimos la playa o Disney y no vivimos la Semana Santa; cuando cometemos cualquier tipo de pecado, cuando no amamos a Dios y a nuestro prójimo.

La Semana Santa es un excelente tiempo para meditar o reflexionar lo siguiente: ¿cómo está nuestra alma y vida? ¿Somos agradecidos con Dios y su hijo Jesús? ¿Soportamos nuestras cruces diarias con amor? ¿De qué debemos convertirnos o cambiar?

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