Opinión

9 Dic 2014
Opinión | Por: Jaime Ayala

Edwin y Nayib, los políticos

Queremos la llegada de un mesías político que no existe, sino que más bien debemos construir. Pobre del pueblo, mi pobre pueblo.

 

Los seres humanos que pueden estudiar lo hacen para aprender, conocer u obtener un mejor trabajo. Están los que aprenden por pasión y también quienes lo hacen por un salario. Algunos estudian Leyes, Economía, Ingeniería o Medicina. Un abogado te defiende en un juicio, un economista investiga y propone políticas públicas, un ingeniero, dependiendo de su especialidad, se encarga de optimizar diversos procesos en proyectos y empresas. De igual manera, un político hace justamente lo que su nombre indica: hacer política.

 

Un político vigila su popularidad. Comenta, observa y actúa en vista de las preferencias de voto que le entregan las diversas casa encuestadoras, desde las más confiables hasta aquellas que modifican el diseño metodológico para sub o sobrestimar los resultados. El político sabio, más que ser de izquierda o derecha, sabe navegar en marea baja y alta, afiliándose y desmarcándose, a su vez, a los diversos proyectos políticos que le convengan.

 

Como reza el principio económico más básico, un político, tal cual ser humano, es un individuo racional, que actúa por incentivos, por los suyos. No debe ni teme a nadie. El individuo en cuestión no es una pieza de ajedrez en el juego democrático, sino más bien es parte de una enorme partida común a cientos de otros políticos que mueven sus fichas sobre y debajo del tablero. A fin de cuenta, no existe un motivo suficiente para intentar ganar el juego de manera individual. Este es el buen político salvadoreño.

 

Pero también está el pueblo, esa masa, en ocasiones ignorante, que se vanagloria de ser, en la enorme mayoría de veces, el mejor votante. Pareciera que el pueblo nunca se equivoca. Exigen aquello que les falta sin darse cuenta de que deberían cuestionarse a sí mismos. Al bendito pueblo también le gustan los políticos, y en abundancia. Existen ciudadanos que, sin percatarse, viven para ellos. Sucede, sin embargo, que a los seres humanos les es más fácil admirar a alguien del pasado que a una figura viva del presente. Será, quizá, debido a esto que es tan complicado confiar en políticos y también juzgarlos.

 

Pero estos individuos son tan listos que inventaron una mejor manera de ser alabados, una que parece serle placentera al pueblo: los partidos políticos. Adorar eslóganes, memorias, himnos de batalla y héroes de guerra resulta ser mejor para un pueblo iluso y pasivo, al que no parece molestarle continuar la lucha de partidos. Los políticos se desmarcan, se esconden tras banderas que han sido izadas en tiempos de paz y guerra.

 

Esto ocasiona, también, una condena a los malos políticos, razón por la cual abundan los buenos y nos hacen falta malos, quizá por culpa del mismo sistema, que no ofrece los incentivos necesarios para que gente, que no necesariamente busque hacer política, ingrese al juego. Nayib Bukele y Edwin Zamora, por ejemplo, son políticos. Solamente el tiempo dictará si han jugado para ser buenos o malos.

 

Pero el pueblo ya decidió. Esta vez lo hizo de manera ridículamente rápida. Durante los pasados días se ha observado la campaña sucia del pueblo en contra de estas figuras. Sí, exacto. La misma masa de votantes se ha prestado de forma preocupantemente emocional a esta burla de juego. No hay día que no se vea artículo periodístico relacionando a estos actores con sus partidos, de los cuales ya causa aburrimiento escribir. Ambas banderas están manchadas de guerra, engaños y mentiras a nivel nacional. No es nada nuevo.

 

¿Será, acaso, que nos encanta la buena política? Porque entonces de qué otra manera estaríamos más interesados en desprestigiar al político que no es de nuestra preferencia y menos por los planes que cada uno ha diseñado para la ciudad. Nos resulta tan imposible y extraño observar candidatos que no buscan mancharse con el actuar de su partido que debemos, por tanto, mantenerlos ligados a esas estructuras de odio. Queremos la llegada de un mesías político que no existe, sino que más bien debemos construir. Pobre del pueblo, mi pobre pueblo.

 

 

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