Opinión

19 Ago 2014
Opinión | Por: Jaime Ayala

Educación, no cultura

¿Cuántas veces nos ha sucedido que viajamos en automóvil y una persona se atraviesa la calle de manera imprudente? De igual forma aquellos que caminan más a menudo se habrán dado cuenta de que muchos conductores pisan el acelerador de forma innecesaria ante el paso de los peatones. En muchos casos como estos siempre existe una pasarela involucrada. Alejada y solitaria, que observa las calles como si fuese vigilante.

No se necesita ser muy observador para concluir que los peatones no hacen el uso suficiente de estas estructuras. Sin embargo, hay que ser justos también con los caminantes, pues muchas de estas se encuentra en mal estado o son puntos de robos y otras actividades delictivas. Ahora bien, para resolver lo anterior no es necesario todo un texto; sería un desperdicio dedicarle tantas palabras a algo como una pasarela.

Este objeto representa algo más, un problema definitivamente más general: nuestra cultura. Que esta sea un conflicto no quiere decir que la misma sea pobre o peor que otras, simplemente es inexperta. Quizás el aspecto vial no es el más usual  para enfocar esta temática, pero es un área donde se puede trabajar mucho. ¿Cuántas veces se han escuchado quejas sobre la cultura siendo un elemento determinante del progreso social y económico del país?

Sin perder de vista el primer ejemplo, la pasarela es una muestra de esta falta de progreso. Un país organizado no es aquel que tenga más pasarelas, o uno en la que todos sus ciudadanos las utilicen; una nación exitosa será aquella que no necesite estructura alguna para que se respete el paso de peatones y automóviles. Es claro que el irrespeto surge tanto de los conductores de vehículos como de los caminantes, pero la solución no es soportar esos vicios, sino erradicarlos desde raíz.

Hace unas semanas observé que en distintas zonas de San Salvador y La Libertad se habían pintado zonas peatonales en las calles para los caminantes. Sorprendentemente -aunque quizá no tanto- ninguna funcionaba. Los peatones aún debían burlar las extensas filas de automóviles que se asomaban por las esquinas. La razón de esto: muchas de las calles eran de enorme tránsito, tanto así que para incorporarse a otra vía los conductores deben asomarse (conocido como “despuntar” en la jerga vial) y ser cautelosos al acelerar.

Quizá todo podría solucionarse con unos pequeños semáforos en ambos lados de las vías, sin duda, y habría que esforzarse mucho en la educación vial, pues un par de señales no solventan nada. Justo aquí es donde aparece el factor cultural. Se ha llegado a pensar que los salvadoreños somos así: desenfrenados, que no respetan ni siquiera una ley de tránsito. Y lo triste es que en muchas ocasiones eso es hasta sinónimo de orgullo.

La mala educación ciudadana no debe ser parte de nuestra cultura que, dicho sea de paso, es rica en muchos aspectos. Algo tan básico como el respeto a otros en el tráfico comienza en las escuelas. Esperar la luz roja para cruzar o ceder el paso a un peatón, son aspectos que tal vez tardarán años aprenderse los salvadoreños, pero es una cuestión tan básica para el desarrollo social de un país.

Que los gobernantes que tenemos sean el reflejo de nuestra sociedad depende, sin duda, del pueblo que intentamos ser. Si no aprendemos a respetarnos entre nosotros, mucho menos lo harán aquellos que gozan de poder y autoridad. Quizás suene demasiado poético, o incluso vacío, pero las grandes ciudades lo han entendido. Lo han comprendido como un determinante de su avance y no como un efecto colateral. 

Los obligados somos nosotros mismos, pero también es nuestro deber hacerlo con aquellos que gozan de poder. La educación y cultura no son aspectos partidarios; compete a toda la sociedad. Esto es algo que comienza con esperar la luz roja para caminar o ceder el paso mientras conducimos. 

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