Opinión

4 May 2018
Opinión | Por: Mateo Villaherrera

Educación más alla de la campaña política

Luego de la instalación del periodo legislativo 2018-2021 del pasado primero de mayo, reafirmaremos una percepción tan evidente en el país: a nadie le importa el tema educativo como agenda de nación. No se que tan preocupante sea esto para la población o para los políticos, pero por lo menos para mí lo es, ya que durante muchos años nuestro sistema educativo ha estado sumergido por urgentes necesidades que suponen desafios a nivel estatal, comunitario y poblacional. Y hasta el momento, pese a los esfuerzos que se han realizado desde las aristas anteriores, los resultados no suponen una cultura escolar formidable con altos indicadores de inclusión, calidad y pertinencia.

Es así como surge la necesidad de agendar, dentro de la nueva legislatura, el tema debido al interés que tiene para todos la construcción continua de una sociedad que garantice el goce de los derechos humanos, la justicia social y la paz. Las escuelas públicas educan la mayor parte de la población joven, convirtiéndose por lo tal en el sector más vulnerable y de mayor atención para todos; en especial, para quienes ostentan cargos públicos. Garantizar el acceso, permanencia y egreso exitoso en un clima de inversión marcado por una buena infraestructura escolar, formación docente, sostenibilidad de aprendizajes y seguridad social, es el mayor reto institucional que se complementa con la participación de las comunidades.

No es posible, por supuesto, definir esa visión sin la participación obligatoria de los gobernantes, quienes pueden posibilitar las condiciones económicas, jurídicas e institucionales que se necesitan para poner en relieve nuestra educación. El interés ciudadano por mejorar los niveles educativos es grande y ambicioso porque nos interesa educarnos, culturizarnos y aprender a convivir en espacios compuestos por la diversidad cultural que subyace en cada escuela, en las cuáles pasamos buena parte de nuestra vida y, en donde, forjamos la idiosincracia nacional.

Estudiar en El Salvador, según el periódico digital El Faro, puede resumirse como una hazaña, debido a que, según datos oficiales, que presentaron en un estudio denominado “Radiografía de un sistema educativo en ruinas”, se revela que solo cuatro de cada diez niños que ingresan a la escuela en primer grado llegan hasta bachillerato; y que solo la mitad de esos cuatro entrará a la Universidad. Por consiguiente, aquellos que logren egresar han atravesado “años de riesgo físico en uno de los países más violentos del mundo, clases en aulas deficientes, carencia de bibliotecas o laboratorios, métodos de enseñanza obsoletos y en muchos casos alimentación insuficiente”.

Examinando la publicación anterior encontraremos diversos casos que ejemplifican las barreras que aquejan a las comunidades: desde centros escolares inexistentes hasta institutos que desarrollan bachilleratos en software sin acceso a internet. Tantas inconsistencias en un país con una extensión territorial de 21 041 km². Frente a esto, es necesario preguntarnos: ¿Cuál es el incentivo que estamos heredando a nuestros niños y adolescentes para estudiar en medio de precarias condiciones económicas con alta propensión a ser víctimas del flagelo ocasionado por el crimen organizado?

Y cuando hablamos de egreso, debemos considerar que administrativamente muchos estudiantes se gradúan sin alcanzar las competencias e indicadores de aprendizajes esperados para cada nivel escolar del sistema. Las estadísticas logran medir cuantitavamente los avances o atrasos en materia educativa, pero no basta con conocer los indicadores de sobreedad, ausentismo, repitencia y deserción estudiantil, necesitamos definir el tipo de ciudadano que estamos formando.

Es injusto que hasta este día la educación sea invitada a la fiesta por la clase política como un instrumento para adornar sus campañas. Deberíamos entender que utilizar la palabra para fines proselitístas no es correcto, y más aún cuando al asumir a sus cargos lo menos que harán es pensar en lo educativo. Un poco de responsabilidad caería bien. Es cuestión de compromiso, de acciones y de signos auténticos que se deben perseguir luego de tantas promesas en campaña, y que deben materializarse en reformas de Ley, en asignaciones presupuestarias anuales coherentes con la realidad y con la proyección que cómo país queremos a futuro.

Quiénes logren incidir en el nuevo periodo legislativo y en el ejecutivo sobre esta materia, estarán cultivando una cultura visionaria, que nace y se transforma en el corazón y pensamiento de la gente. Las expectativas son altas y confíamos en que algunos liderazgos serán capaces de empujar a El Salvador hacía nuevos escenarios educativos.

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