Opinión

1 Mar 2014
Opinión | Por: Jaime Ayala

Disparates religiosos

Las enfermedades destruyen el cuerpo, lo maltratan, exigen y algunas lo llevan hasta el punto donde vacían las ideas de mentes pensantes. Una gran cantidad de males humanos son curables, aplicamos tratamiento y medicinas para contrarrestar los síntomas que nos manifiestan que algo en nuestro sistema no anda bien. Lastimosamente, así es la religión en El Salvador (y en muchos otros países).

Pero las enfermedades no son del todo malas. Si no nos enfermáramos, no tendríamos por qué comer sano, protegernos de la lluvia o las bacterias. La amenaza latente de una dolencia nos mantiene alertas y precavidos sobre los posibles riesgos que debemos enfrentar. Es obvio que no podemos vivir con miedo, pero sí debemos estar conscientes de los peligros que se nos presentan a diario. Y así como padecimientos hay muchos, también existen suficientes doctrinas religiosas para el gusto de muchos. Sin embargo, enfermarse quizás no sea el problema.

Lo realmente preocupante es auto medicarse. Tomar una medicina (bien puede ser un argumento) del estante, de esas viejas que aparentemente curan todo, y tomarla como si fuera un antigripal es una de las tantas cuestiones que cada día marcan nuestro actuar. Es como curar la falta de fe con ciencia. ¿Será, entonces, que los jóvenes nos auto medicamos con la religión? Para ser más exactos, conviene enfocarnos en la religión cristiana, pues es mayoría en la sociedad salvadoreña (por el momento), y es con la que me familiarizo más.

Desde su mismo nacimiento, la religión cristiana ha sido imperfecta. Creada y manejada por hombres desde sus inicios, la historia del cristianismo ha estado llena de logros y fracasos. Más que analizar su historia, interesan sus consecuencias en la juventud actual y cómo esto continúa repercutiendo en materia de Derechos Humanos a nivel nacional.

Durante mucho tiempo se ha buscado encajonar a El Salvador en restricciones basadas en argumentos histórico-cristianos, sobre todo en los casos más conocidos como son las relaciones homosexuales y el tema del aborto. Para ser un poco específicos, hace unos días, la Asamblea Legislativa no logró los votos necesarios para ratificar la reforma constitucional que definía el matrimonio entre un hombre y una mujer así nacidos, dejando la puerta abierta para un serio debate en torno a las relaciones entre personas del mismo género.

La poca participación de votos a favor de esta reforma (apenas 19) nos deja un claro indicio de que es momento de dejar el encajonamiento religioso al que la sociedad se ha condenado, y no solo para este tema en específico. Este tipo de acciones o juicios sesgados pueden extender a la política o incluso dentro de nuestras familias. Si los jóvenes nos prestamos a manipulaciones basadas en argumentos históricos y religiosos, poco estamos cambiando conforme a las generaciones de nuestros padres.

¿Qué acaso no sucedió de manera similar con los derechos de mujeres y afroamericanos? En aquel entonces, resistencias similares a las manifestadas en los temas de controversia actuales, se proclamaban incesantemente contra el voto de las mujeres o la igualdad de las personas de distinta raza. Muchos actuaban argumentando que la misma Biblia defendía la separación de clases o la sublevación de la mujer con respecto al hombre.

Si las generaciones pasadas aún mantienen ese pensamiento, es deber de nosotros los jóvenes reformar la manera de pensar, para que esta no sea solo más inclusiva, sino también más íntegra y humana con todos los ciudadanos. Es necesario que el debate de las relaciones entre personas del mismo género, aborto, eutanasia y demás comience a resonar en las cabezas de nuestros políticos.

El desarrollo de las naciones no solo se construye a base de crecimiento económico e inversión, sino también por medio de avances en materia de libertades humanas. Quizás El Salvador no esté listo para abordar todos estos temas de un solo golpe, pero le corresponde a la actual generación de jóvenes librarse de cadenas religiosas que aten sus juicios y restrinjan su actuar.

Que alguien piense o ame diferente no lo hace más o menos que nosotros. Aprendamos a comportarnos como iguales. 

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