Opinión

8 Mar 2016
Opinión | Por: Fabiola Alfaro

¡Dios te salve, patria sagrada!

Es tan triste al punto que hemos llegado. En El Salvador, la vida ya no importa nada y los días pareciera que los tenemos contados.

Mi país, el Pulgarcito de América, ya no es conocido por las pupusas, por El Cipitío, ni por el gran corazón de su gente; no.

Hoy es conocido por ser uno de los países más violentos del mundo. Con mucho dolor en mi corazón puedo decir que, El Salvador es el país donde ya nadie quiere vivir.

Alrededor de 623 personas huyeron de sus hogares en El Salvador, entre 2014 y 2015, debido a la violencia, las amenazas y los homicidios; según la Mesa contra el Desplazamiento Forzoso.

Soy de esas jóvenes que tienen tantas metas y sueños por cumplir, pero cuando veo la situación de violencia que estamos viviendo, no logro más que decepcionarme y cuestionarme ¿vale la pena tanto esfuerzo en un país donde la vida no vale nada?

La violencia ha acabado con los sueños e ilusiones de miles de adolescentes y jóvenes en nuestro país. La violencia nos ha arrebatado la esperanza de un nuevo El Salvador, callando a esos muchachos que simbolizaban el presente y el futuro de la nación.

Casos como el de los tres jóvenes que fueron asesinados en su primer día de trabajo, en la masacre de San Juan Opico, estremecen y hacen que duela hasta el alma.

Justo en este momento recuerdo mi primera columna en MEDIOLLENO, ¿Aún hay esperanzas?, una pregunta que me cuestiono muy seguido y a la que intento dar una respuesta.

Trato de convencerme que aún hay esperanzas y que esta situación puede cambiar algún día, pero cuando sé que las cosas van de mal en peor y que el gobierno no hace nada, todas esas ilusiones de ver un El Salvador transformado se vienen abajo. He llegado al punto de pensar que si algún día tengo hijos, no me gustaría que ellos crecieran en un ambiente de violencia y zozobra como en el que estamos viviendo todos los salvadoreños ahora.

Añoro esos tiempos en los que no le teníamos miedo a nada, salíamos de nuestras casas sin temor a que algo nos pasara. Extraño aquellos años en los que los niños podían salir a jugar con sus amiguitos del otro pasaje o colonia, sin temor a que alguien se lo impidiera porque ese lugar “le pertenece” a la mara contraria.

Extraño esos tiempos en los que éramos libres, tiempos donde podíamos ir a un lugar a la hora que quisiéramos. Extraño aquellos años en los cuales transportarse en bus no simbolizaba ningún problema, y donde uno se bajaba con las mismas pertenencias con las que subía.

Añoro aquellos tiempos en donde se podía poner un negocio, teniendo la certeza de que nadie extorsionaría a ese salvadoreño emprendedor que solo busca un medio de subsistencia para él y su familia. Extraño esos años que no volverán.

Pienso que lo único que nos queda por hacer es poner nuestras esperanzas en Dios. Pues ya las hemos puesto en el gobierno, en las autoridades, en todas las instancias responsables de velar por la seguridad y justicia en el país, pero nadie hace nada.

Hoy insto a todo a la población que nos unamos en oración, no importa que seamos de diferente religión, clase social o ideología política porque sobre todas las cosas, somos habitantes del mismo país y estamos aquejando los mismos problemas.

En momentos tan difíciles como estos, lo único que puedo decir es ¡Dios te salve, patria sagrada!

 

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