Opinión

20 Jun 2013
Opinión | Por: Gumercindo Ventura

Debates presidenciales, ¿Percepción o aptitud?

Algo que nunca hemos visto en nuestra democracia en pañales es un debate, o serie de debates entre los candidatos presidenciales. Desde las últimas elecciones, muchos hemos expresado nuestro de ver en un auditorio a los 2, 3 o 4 aspirantes defendiendo sus ideales, principios y planes de acción en caso de ser elegidos. El sábado 25 de Mayo MedioLleno juntó a los 4 candidatos presidenciales en un evento, que si bien no era un espacio para que ellos debatieran, sentó las bases para la oportunidad que lo hagan en un futuro.

Todos nos descosemos hablando sobre lo bueno que es un debate para la democracia, que es necesario ver más argumentos y menos eslóganes, más ideas y menos propaganda electorera barata. Si tomamos como referente a EEUU en el caso de los debates, vemos que estos comenzaron en 1960, cuando se televisó el debate entre Richard Nixon y John Kennedy, atrayendo a más de 66  millones de espectadores. Los curioso, y que podría ser hasta peligroso es que un debate está lleno de percepciones, y de cierta forma pueden ser muy superficiales.

El debate entre Nixon y Kennedy tuvo muy distintas percepciones dependiendo de si la gente lo escuchó a si la gente lo vio. En ese particular debate, la gente que escuchó el debate por radio pensó que Nixon había dominado el debate. En cambio, quienes lo vieron por televisión pensaron que fue Kennedy el claro “ganador”. Esta diferencia en opiniones se atribuye en gran parte al lenguaje corporal, algo que un candidato presidencial debe dominar, a veces hasta más que al tema mismo del que se está hablando.

Al final a los candidatos se les enseña a llegar más a la audiencia que a otra cosa. La percepción lo es todo en unas elecciones, donde se busca maximizar votos. Y en este tema hay expertos como Bill Clinton que tienen una habilidad increíble de conectar con el público. No es que eso sea “malo” per se, pero se nos olvida que lo más importante, y el deber de un político es servir lo que su función manda. Un buen candidato no necesariamente va a ser un buen presidente, y alguien que pueda ser un buen presidente no necesariamente va a ser un buen candidato.

La teoría de “Elección Pública” o “Public Choice” habla sobre la ignorancia racional. A la hora de tomar una decisión las personas miden el costo-beneficio de sus acciones. El beneficio de votar en unas elecciones es muy marginal, el voto de una persona tiene muy poco impacto cuando se compara con millones de votantes más. Informarse para tomar esta decisión tan marginal entonces se vuelve muy costoso, para el poco impacto. Pocas personas nos tomaríamos el tiempo de leer decenas o cientos de páginas detalladas sobre los planes de gobierno de los candidatos, o de hacer más investigaciones. No cuadran las cuentas en el costo-beneficio, nos vamos por un camino más fácil, menos costoso, y que toma menos tiempo.,y uno de estos caminos es un debate presidencial

En El Salvador podríamos tener por primera vez unos. Los candidatos que sepan ganarse al público con excelente habilidad de oratoria llevarán la ventaja, y los que no, probablemente serán los más adversos a participar en uno. No es ningún secreto que Tony Saca domina muy bien un podio. Norman Quijano no es la persona más carismática del mundo, pero después de escuchar a Sánchez Cerén hablar por 5 minutos, el alcalde se escucha muy bien. Un debate presidencial podría dejar muy bien parado a Saca frente a los otros candidatos, no porque pueda ser el más apto para llevar las riendas del país, pero porque puede conectar de una mejor forma con el público.

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