Opinión

27 Feb 2013
Opinión | Por: Gerardo Torres

De las renuncias hay que aprender

En estos últimos días han renunciado dos personas muy importantes y por motivos muy distintos, vale la pena hablar sobre los porqués de ambas renuncias y preguntarnos: ¿por qué en El Salvador los políticos nunca renuncian?

 

En la primera renuncia, la protagonista ha sido Anette Schavan, quien hace solo unas semanas era ministra de Educación de Alemania y ha tenido que renunciar por haber utilizado textos sin citar en una tesis doctoral que defendió hace más de treinta años. Schavan ha tenido que  abandonar su cargo a pesar de ser considerada una de las funcionarias mejor preparadas de la nación y de ser muy cercana a Angela Merkel.

 

En El Salvador nos puede dar hasta risa que un alto cargo del gobierno haya tenido que renunciar por haber plagiado en la universidad, pero a los alemanes no les hace ninguna gracia, para ellos el plagio y la deshonestidad son faltas muy graves.

 

Desde Alemania nos han dado una gran lección y deberíamos seguirla: ejercer un cargo público es un honor. Por tanto, a la política solo se deben dedicar los mejores.

 

En fin, los alemanes, a diferencia nuestra, no se conforman con tener políticos que representen el mal menor, al contrario, exigen que sus funcionarios sean un ejemplo para Alemania y para el mundo.

 

Ahora les pregunto: ¿creen que en El Salvador habría sucedido lo mismo que sucedió en Alemania? Pues, yo creo que no. Y lo creo porque en El Salvador hemos tenido funcionarios que han manchado el nombre de la política con una conducta nefasta y no han renunciado. Es lamentable que hayamos permitido que un diputado llegue borracho a la Asamblea Legislativa y no abandone su cargo o que otro haya disparado a una agente de Policía Nacional Civil y aún siga como diputado.

 

Lo idóneo sería que los políticos que han deshonrado su cargo tengan la decencia de ponerse la mano en la conciencia y renunciar por cuestión de honor, pero pensar que esto sucederá en El Salvador es utópico.

 

El narcisismo y la vanidad son defectos muy frecuentes entre los políticos salvadoreños, por tanto, si ellos, al manchar el cargo, no renuncian por voluntad propia, pues nosotros les debemos exigir que lo hagan.

 

Ahora, cambiando de protagonista, hablemos de Benedicto XVI, quien con su renuncia ha dado al mundo una gran lección de humildad.

 

El papa ha mostrado que los cargos terrenales no son eternos, aunque algunos crean que sí. Benedicto XVI ha mostrado con su ejemplo que si ya no tienes fuerzas o no estás capacitado para desempeñar la labor que se te ha asignado lo correcto es renunciar y permitir que otro que culmine la misión. La renuncia del pontífice ha sido un acto de valentía en la que nos ha enseñado que lo importante no es él sino la Iglesia. El obispo de Roma siempre se ha considerado un mero instrumento al servicio de Dios.

 

Creo que muchos líderes salvadoreños podrían aprender que renunciar porque no estás capacitado o no te sientes con fuerza no es el fin del mundo, es un deber. Aceptar que no estás en situación de afrontar las responsabilidades que te han sido asignadas es un acto de humildad que solo puede ser realizado por personas que entienden que han venido al mundo para servir no para que les sirvan.

 

El hecho de permanecer en un cargo solo porque sí es un acto de vanidad, es darte más importancia de la que tienes, es creer que solo tú eres lo suficientemente importante para estar en el puesto. Lo triste es que muchos políticos en nuestro país prefieren convertirse en un estorbo que abandonar su cargo, se dicen a ellos mismos: “Mientras viva o me dure el mandato, este cargo es mío y solo mío”.

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