Opinión

27 May 2016
Opinión | Por: Mario Hernández Villatoro

Cultivando una generación de hipócritas 

 

“No es necesario hacer profundo estudio de mercado, basta hablar con un par de personas que nos encontremos en la calle para enterarnos que el producto que ofrece la mayoría de políticos es detestable y de indeseable consumo”.

Es admirable la labia que tienen los políticos para enrollar a la gente y hacerles creer todos los poemas verbales que nos replican constantemente. Proliferan sus discursos pro paz, pro familia, antiviolencia, pro empleos, y critican lo que a su juicio es conducta errónea de sus contendientes. Se convierte en disco rayado (antiguo y repetitivo) que los candidatos a un cargo público y los funcionarios hablen de transparencia.

La transparencia conlleva la sinceridad de los gobernantes y la accesibilidad de toda la información que concierne al interés público. Mencionaba alguien en lenguaje popular, que ser transparente es que te vean desnudo, que sepan de todos tus movimientos, actividades, proyectos, ingresos y egresos. También implica que el discurso de un funcionario sea congruente con sus acciones. En las instituciones públicas es donde interesa poner en práctica la transparencia, por tratarse de asuntos de interés público, porque sus funcionarios son delegados del pueblo, por manejarse fondos públicos.

Es loable el esfuerzo hasta ahora alcanzado por garantizar la transparencia en el ejercicio de la función pública. La Ley de Acceso a la Información Pública (LAIP) con su respectivo instituto ha dado pasos importantes para que los ciudadanos interesados obtengan información de cualquier institución del Estado, autónoma o semiautónoma. Sin embargo, es cuestionable la renuencia que adoptan algunos funcionarios al imponer valladares cuando se les pide información de la institución que presiden o salen con evasivas ante cuestionamientos válidos e importantes. Todavía estamos lejos de lograr una efectiva transparencia en los funcionarios y personajes que manejan asuntos de interés público. Por el contrario, nos topamos con una generación de hipócritas, cuyas acciones contradicen lo que pregonan.

Por más que hablen, del dicho al hecho hay mucho trecho. No es necesario hacer un profundo estudio de mercado, basta hablar con un par de personas que nos encontremos en la calle para enterarnos que el producto que ofrece la mayoría de políticos es detestable y de indeseable consumo. Han perdido credibilidad, si es que algún día la tuvieron.

Cada vez sorprende y sigue indignando la generación de políticos que tenemos que soportar. Uno por ahí se llena la boca tirando veneno en contra del partido opuesto por realizar negociaciones ilícitas con miembros de pandillas, mientras que debajo de la mesa actúa igual o peor. Salta a la palestra la noticia del otro político conversando con pandilleros y los roles se intercambian. Aparece la noticia de un funcionario negociando con miembros de estas estructuras y los dados se vuelven a cambiar de mesa. Entonces, ¿en qué político vamos a confiar, si resultan ser las mismas aves de rapiña?

La Asamblea Legislativa aprobó la LAIP, pero los diputados siguen comportándose como niños caprichosos. Saben que si cuentan sus ingresos, empleados y gastos, se les viene encima un tsunami. Así se destapó la cloaca que hay en su interior con múltiples empleados, sueldos, viáticos, transporte y demás beneficios que solo ellos pueden disfrutar a costillas de los impuestos que paga el pueblo. Pero ya me abstengo de generalizar, no todos son así. Hay unos cuantos contados con los dedos de una mano que marcan la diferencia.

Y de cierta manera, nosotros tenemos la culpa. Nuestra indiferencia hace que estos se aprovechen, que malgasten fondos públicos, que se lucren y hagan todos los viajes turísticos que con su dinero propio no pueden pagar. Seamos críticos, fiscalicemos los movimientos de los funcionarios, utilicemos los recursos que las leyes nos brindan para controlar la actividad pública y trabajemos constantemente para construir una sociedad menos ignorante.

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