Opinión

9 Nov 2017
Opinión | Por: Karen Vargas

¿Cuánto le dura la indignación a El Salvador?

Se ha dicho que Guatemala despertó, hasta se menciona la idea de una primavera guatemalteca. En el 2015, se dio a conocer el escándalo de corrupción que involucraba a los principales gobernantes guatemaltecos.

 

También, el mundo se enteró de cómo miles de ciudadanos salieron a las calles con la esperanza puesta en la posibilidad de cambios. Al inicio no tenían un plan concreto, pero sí una visión compartida de obstaculizar un Estado  excluyente, debilitado y corrupto, como síntoma de un sistema de privilegios para unos y opresores para tantos.

 

El ex presidente Otto Pérez fue acusado de liderar una mafia de corrupción con la participación de la ex vicepresidenta, Roxana Baldetti. Ante tal acusación, el pueblo guatemalteco respondió organizándose para visibilizar sus exigencias, encontrar nuevas formas de información y comunicación para llegar a las personas, y convocarlas a marchar pacíficamente; a alzar sus voces encontrando puntos de convergencia.

 

El Salvador no se salva de escándalos de corrupción y show político, pero nuestros gobernantes o ex gobernantes tienen la suerte de que los ciudadanos salvadoreños aún tienen miedo de hacer algo, o simplemente desinterés.

 

Sí, es cierto. El Salvador está indignado. Nos indigna la política “sucia” y todo el espectáculo de los partidos políticos; nos indigna el número de asesinatos que los medios de comunicación presentan a diario; nos indigna el dinero que se ha robado el Estado y que pudo haber sido invertido en salud o educación. Nos indigna una y otra vez, pero nos quedamos solo con la indignación o simplemente nos dura muy poco.

 

No se debería descansar en un país donde la mayoría lucha por sobrevivir, mientras la clase política busca a toda costa enriquecerse aún más.

 

Guatemala también se indignó. Guatemala se organizó y usó incluso las redes sociales para llegar a miles de personas, a través de un evento que cambiaría el rumbo del país por siempre. Guatemala amaneció con las calles ocupadas por miles de ciudadanos, unos en el interior del país y otros en la capital, que reclamaban la renuncia inmediata de sus mandatarios.

 

La unión de diversos sectores del país desde grupos de taxistas, maestros, estudiantes universitarios, empresarios, grupos campesinos e indígenas, colectivos LGBT, comerciantes, monjas, y muchos otros manifestados gritando consignas de justicia con el tiempo traería sus consecuencias favorables. El Congreso de la República le retiró la inmunidad al ex presidente y él renunció, entregándose a las autoridades. ¡Qué satisfacción la de los guatemaltecos cuándo escuchaban de medios internacionales que uno de los países más violentos de Latinoamérica llevaba en ese entonces cuatro meses de protesta pacíficas con resultados tan rápidos y evidentes!

 

Lo que la gente en Guatemala logró puede parecer algo extraordinario. Sin embargo, solo fueron ciudadanos haciendo lo correcto, exigiendo una rendición de cuenta justa a sus mandatarios. Solo reclamaron justicia de manera organizada y lo más importante, se desprendieron del miedo y del silencio.

 

¿Cuántas cosas podría lograr El Salvador si estuviera organizado? ¿Tan difícil es aprender unas cuantas lecciones de nuestro país hermano a tan solo unas horas de distancia?

 

Guatemala ha hecho ruido más de una vez. Guatemala despertó, mientras El Salvador sigue durmiendo.

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