Opinión

17 Jul 2014
Opinión | Por: Gumercindo Ventura

Cuando Corea del Norte ataque con falso 9

Podemos hacer dos cosas: entrar en negación y oponernos al cambio o aceptarlo, adaptarnos y aprovechar las oportunidades.

Recién termina el mundial. A los que nos gusta el fútbol nos toca esperar cuatro años más. Para mientras nos entretenemos con vídeos y resúmenes de los partidos, los mejores goles, las mejores jugadas y hasta las celebraciones. Un vídeo que ha rondado por Facebook me ha llamado bastante la atención.

En el vídeo hacen referencia a la época en la que equipos de tradición nos pasaban por encima a países “inferiores” como los centroamericanos, asiáticos y africanos. De alguna forma esta brecha entre las potencias del mundo y las selecciones más pequeñas se ha ido cerrando.

“Si hasta hace poco jugaban a la pelota por hobby. Nunca habían visto un partido de Champions y ahora, de repente, nos plantan un 4-3-3 y no les podemos entrar. Deben haberle puesto internet a las aldeas. Televisión por cable a sus casitas de barro…¿Dónde se ha visto que Costa Rica nos eliminen a nosotros?, que inventamos el fútbol en el siglo XIX”, se afirma en el material.

Países como Costa Rica o Colombia, a quienes antes se les consideraba como logro el hacer un papel mediocre, han jugado “de tú a tú” con los mejores. Este avance puede ser por mil factores diferentes, no necesariamente por la televisión por cable o el internet.

Lo cierto es que tener acceso y exposición a diferentes culturas e información ha mejorado al mundo entero, no solo al el fútbol. Gracias a esta conectividad inmediata con el mundo ahora tenemos mucho más tiempo para hacer más cosas. Así podemos ser más productivos, encontrando soluciones más rápidas y eficientes a los problemas. Esto permite que también podamos tener más tiempo libre y mejor calidad de vida.

Ahora, por medio de cursos en línea, se pueden sacar carreras y maestrías enteras desde casa, algo impensable en la generación de nuestros padres. Hay incluso proyectos humanitarios de empresas como Cisco, donde residentes en zonas rurales remotas a las ciudades reciben consultas médicas por internet, reduciendo costos médicos y aumentando la cobertura.

Con esta conectividad, en cuestión de segundos, nos damos cuenta sobre los bombardeos en la franja de Gaza o las explosiones en la maratón de Boston. Nos damos cuenta, al mismo tiempo que los españoles, sobre el nuevo fichaje del Real Madrid o el Barcelona. Grupos de jóvenes en todo el mundo se coordinan haciendo marchas en apoyo a los atropellos de las libertades en Venezuela. Todo esto es posible por la globalización.

Hay quienes no se sienten muy cómodos con el tema de la globalización. Se entiende que a algunos en esta cultura tan tradicional les incomoda el cambio. A menudo escuchamos cómo las cosas eran mejor antes; que ahora la juventud está expuesta a tantas cosas de afuera que vamos a “perder nuestra identidad”. Es como si hubiera una especie de xenofobia.

En efecto, con la globalización existe cierto efecto “homogenizador” de la sociedad. Los niños desde pequeños ven televisión por cable y de repente comienzan a adquirir gustos, actitudes e ideas de otras culturas. Esto no es necesariamente negativo. Negativo es aislarnos y querer “proteger” a nuestra cultura alejándola de cualquier mensaje o ideas del mundo exterior, tal y como lo hacen en Corea del Norte.

Como decía el filósofo griego, Heráclito de Éfeso, nada es permanente a excepción del cambio. Podemos hacer dos cosas: entrar en negación y oponernos al cambio o aceptarlo como lo único permanente, adaptarnos y aprovechar las oportunidades que acompañan a este cambio.

“Por suerte todavía nos queda Corea del Norte que no tiene internet. Pero ojo, el día que a esta gente le instalen el Youtube y aprendan a atacar con falso 9, adiós mundial”.

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