Opinión

1 Oct 2015
Opinión | Por: Gracia González

Cambiando el mundo, un espectador a la vez

En un país como el nuestro, rodeados de tanta violencia, temor y desesperanza las artes pueden hacer mucho más que sólo entretenernos: dar nuevas oportunidades, confortar corazones, traer esperanza, devolver la paz perdida, criticar la realidad, proponer una nueva visión.

Hace poco me encontré un video que me recordó el dicho “la música amansa a las fieras”. Las fieras de esta muestra no son muy feroces, son unas vacas, pero de igual forma se ven cautivadas, casi hipnotizadas por la música que interpretan estos simpáticos señores.

La alegre música que toca este grupo de jazz tiene un efecto especial en su audiencia: llamó su atención, la atrajo y la hizo sentir bien. Si en este ejemplo tan sencillo se vislumbra cómo la música toca a estas criaturas tan inesperadas, cómo dudar de esa capacidad mucho más grande de tocar y transformar a los seres humanos.

Tradicionalmente pensamos en arte y la palabra misma evoca lo bello, lo estético, lo elevado. Y sí, las artes pueden ser bellas, estéticas y elevadas, pero pueden hacer mucho más. Al hablar de artes, hablamos de una experiencia que involucra al artista y a la audiencia; un artista no tiene razón de ser si no hay una audiencia que comparta su arte y la audiencia necesita igualmente del artista; es una relación simbiótica.

Profundizando en esta dimensión en la que las artes no sólo son para apreciarse sino que la audiencia toma un rol participativo, la función de las artes trasciende el simple entretenimiento. Su verdadera función, como lo menciona Javier Abad, es la construcción de la realidad donde a través de las artes comprendemos el pasado, interpretamos el presente y creamos alternativas para el futuro.

Las artes afectan a las personas en distintas formas. De manera individual tocan al artista y al espectador: despiertan emociones, recuerdos, sentimientos, lo hacen abandonar su realidad para entrar en una nueva que crean en conjunto. Tienen ese poder de transformar a las personas y, por consecuencia, mejorar la sociedad en la que vivimos, un espectador a la vez.

En 2011, una gran catástrofe aconteció en Tohoku, Japón. Uno de los terremotos más fuertes de la historia, seguido por un tsunami que dejó más de 15  mil muertos, miles de heridos y mucha destrucción y dolor. En este tiempo, la orquesta Filarmónica de Sendai preparaba su temporada de conciertos. Su auditorio fue destruido, pero los músicos y los instrumentos sobrevivieron. Ellos creían en el poder de la música, por lo que decidieron seguir adelante con sus conciertos organizándolos en las calles, refugios y centros de recuperación, bajo el lema “Conectando corazones, conectando vidas”. A través de su música lograron llevar paz a los damnificados, rindieron homenaje a los que los abandonaron  trágicamente y ayudaron a cientos de personas a no paralizarse ante la dura realidad, encontrar consuelo y seguir adelante.

Asimismo, en 1999 ocurrió una terrible masacre de 12 estudiantes y una profesora en Colorado, en la escuela secundaria Columbine. En el año 2013, una compañía de teatro de Chicago presentó la obra de teatro llamada “Colombinus”, que a través de un guion basado en diarios personales, entrevistas, testimonios y los mismos hechos, construyen una dura obra. Esta puesta en escena permitió a las personas acercarse al evento, hablar de ello partiendo de una nueva perspectiva, y aún mejor,  permitió que alumnos que estuvieron ese día en la matanza pudieran liberar sus emociones y finalmente superar esa difícil situación.

En un país como el nuestro, rodeados de tanta violencia, temor y desesperanza las artes pueden hacer mucho más que sólo entretenernos. Pueden dar nuevas oportunidades, confortar corazones, traer esperanza, devolver la paz perdida, criticar la realidad, proponer una nueva visión y todo lo que nosotros decidamos hacer con ellas. Es tiempo de transformarnos para transformar nuestro país.

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