Opinión

5 Abr 2016
Opinión | Por: Fabiola Alfaro

A falta de equidad de género buenos son los seudónimos

La situación de la mujer a lo largo de la historia ha sido difícil. Desde los inicios de la raza humana se le ha visto como un ser frágil e indefenso a quien se le han negado muchas oportunidades por considerarse inferior al hombre.

Desde tiempos antiguos se han asignado cierto roles tanto a hombres como a mujeres, por ejemplo, el hombre es la cabeza del hogar, es quien trabaja para el sostén de la familia; y es la mujer quien se queda en casa para cuidar y velar por el bienestar de los hijos y del hogar.

Por otra parte, hay trabajos que a lo largo de la historia han sido catalogados sólo para hombres o sólo para mujeres. Muchas cosas han cambiado en los últimos años pero no se termina de erradicar la desigualdad de género.

Mi columna de esta semana trata de un dato curioso que personalmente me llama mucho la atención.

De la mayoría es sabido que hasta hace algunas décadas una mujer no podía ocupar cargos importantes dentro de una empresa o dentro de la política de su país. Sin embargo, para la mujer no ha sido fácil incursionar en estos campos, sino que ha representado un verdadero reto destacarse también en ramas del arte y, la literatura específicamente.

Durante el siglo XIX las mujeres que querían  publicar algún libro, tenían que utilizar seudónimos masculinos como George SandFernán Caballero.

George Sand es el seudónimo de Amandine Aurore Lucile Dupin, escritora francesa.

Su primera novela, Rosa y Blanco (“Rose Et Blanche”), fue escrita en 1831 en colaboración con Jules Sandeau, de quien tomó presumiblemente su seudónimo de Sand.

Después de abandonar a su esposo, Aurore comenzó a preferir el uso de vestimentas masculinas, aunque continuaba vistiéndose con prendas femeninas en reuniones sociales.

Este “disfraz” masculino le permitió circular más libremente en París, y obtuvo de esta forma, un acceso a lugares que de otra manera hubieran estado negados para una mujer de su condición social.

Esta era una práctica excepcional para el siglo XIX, donde los códigos sociales, especialmente de las clases altas, eran de una gran importancia. Como consecuencia de esto, perdió parte de los privilegios que obtuvo al convertirse en una baronesa.

Por otra parte, Fernán Caballero es el seudónimo de la escritora española Cecilia Böhl de Faber, quien al igual que Sand cambió su nombre por uno de hombre para publicar sus obras.

Pero ésta situación continúa hasta tiempos recientes. La famosa escritora británica creadora de la serie de libros de Harry Potter dejó su nombre real, Joanne Rowling, por el seudónimo J.K. Rowling, con el cual ha sido conocida a nivel mundial.

Su nombre en el momento de la publicación del primer libro de Harry Potter era simplemente «Joanne Rowling». Antes de publicar el libro, su firma editorial, Bloomsbury, temió que la audiencia de muchachos jóvenes se viera desconfiada a comprar libros escritos por una mujer.

Por lo tanto, requirieron que Rowling utilizase dos iniciales en lugar de revelar su nombre real.

Rowling también escribe bajo el nombre de Robert Galbraith, autor de género policíaco. En este caso este seudónimo no es utilizado por temor a ser discriminada como mujer, sino por mostrar otra faceta como escritora después de su rotundo éxito con los libros de Harry Potter.

Es increíble cuando se habla sobre la situación de la mujer a lo largo de la historia, pues se ve claramente la desigualdad que ha existido tanto entre hombres como mujeres desde tiempos inmemorables.

Debemos crear conciencia sobre esta problemática. Iniciar desde el hogar es el ideal, pues la institución formadora de valores morales y espirituales y mucho de lo que vemos hoy día en la sociedad es el reflejo de la educación recibida en casa.

¡Di sí a la Equidad de Género!

 

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