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El pasado 30 de enero, la Secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, Janet Napolitano, calificó las leyes migratorias de ese país como “tremendamente obsoletas” y afirmó que mientras no se logre una reforma migratoria integral para los 12 millones de indocumentados, deben tomarse medidas temporales dirigidas a los jóvenes, como el Dream Act (”Development, Relief and Education for Alien Minors”).
El Dream Act es una propuesta de ley introducida varias veces en el Congreso de los Estados Unidos, para otorgar una vía de legalización a los jóvenes indocumentados, siempre y cuando éstos cursen estudios superiores o sirvan en el Ejército. Actualmente, dicha iniciativa beneficiaría a miles de jóvenes salvadoreños, e hispanos en general.
El proyecto de ley prevé una legalización temporal para ciertos jóvenes indocumentados con “buen carácter moral”, que se hayan graduado de bachilleres en escuelas estadounidenses, hayan llegado a los Estados Unidos siendo menores de edad y hayan vivido en ese país durante al menos 5 años consecutivos. Si los jóvenes con el estatus legal temporal completan al menos 2 años de estudios universitarios, o 2 años de servicio militar, podrían ser elegibles para el estatus de Residente Permanente, lo cual les daría estabilidad en el país que los ha visto crecer y desarrollarse como estudiantes. Además, estos jóvenes tendrían acceso a créditos para financiar sus estudios universitarios.
Los numerosos intentos de congresistas, en su mayoría demócratas, de que las dos cámaras aprueben el proyecto, han fracasado hasta ahora por una oposición que afirma que, de ser aprobado, el Dream Act sería una forma de motivar y recompensar la inmigración ilegal, una importación de pobreza y mano de obra barata, un instrumento de reclutamiento militar, o una injusticia para los padres inmigrantes cuyos hijos han nacido en los Estados Unidos y que tienen que pagar la totalidad de las cuotas universitarias.
Los argumentos de los que se oponen al Dream Act son totalmente comprensibles. Pero desde mi punto de vista, como joven que ha vivido en los Estados Unidos y ahora en Canadá, considero que son todos debatibles y que el Dream Act le traería al gran país norteamericano muchas cosas buenas. No defiendo la amnistía, ya que esta oportunidad debe ser reservada para los indocumentados “con buen carácter moral”, es decir, sin record criminal. A los justos, las oportunidades para sobresalir. A los criminales, la cárcel o la deportación.
Para controlar la inmigración ilegal, es esencial controlar la frontera con México. Esa es la voluntad de la oposición republicana en el Congreso, y es lo que se ha hecho desde 2004: el número de efectivos policiales fronterizos se ha duplicado y ha llegado a más de 21,000 en 2011. Asimismo, creo que el Dream Act no ayudaría a importar pobreza sino que, al contrario, les daría la oportunidad a estos jóvenes de estudiar y sobresalir profesionalmente. Sería un instrumento de movilidad social para que estos jóvenes puedan mejorar sus condiciones de vida. Según esa lógica, el Dream Act sería el camino para que más jóvenes indocumentados puedan ser profesionales productivos, que contribuyan al crecimiento económico de los Estados Unidos. Finalmente, las fuerzas militares se verían beneficiadas, sobre todo en esta época en que, según oficiales estadounidenses, los reclutamientos son cada vez más escasos. Recordemos que el ejército no sirve únicamente para la guerra en el Medio Oriente, sino que también para misiones humanitarias.
Estados Unidos es un país que se construyó su riqueza gracias al emprendedurismo de sus inmigrantes. Desde el siglo XVI, muchos europeos indocumentados llegaron a Norteamérica y fueron sobresaliendo profesionalmente. Parece que a muchos se les ha olvidado que sus antepasados fueron indocumentados, y que es gracias a ellos que están donde están. Me siento bien en Canadá, porque aquí la inmigración se celebra, no se reprime. En Toronto, más de la mitad de la gente ha nacido afuera del país. Honestamente, admiro a este país y la apertura de sus ciudadanos. Que vivan los inmigrantes y su derecho a seguir soñando.
*Columnista de Opinión