Noticias

5 Sep 2014
Noticias | Por: Redacción

“Tois tori” a lo guanaco

Te presentamos algunos de los juguetes que marcaron la infancia de muchos salvadoreños expuestos de una forma diferente.

Capirucho

Desde pequeño solía manejar un objeto que perdía a menudo, pero que me acompañaba con sonidos de madera. Paso a paso acertada en el movimiento elíptico que el tradicionalista juego pretendía obstaculizar.

-Sí podés jugar eso- mencionaba una compañera de bachillerato. –Más o menos- decía mientras hacía varios “trucos” en él. -Te ves puro vago- decía mi mamá como regaño en molestia improcedente. El truco estaba en mantener la fuerza idónea para “enchutar” el capirucho.

Muchas veces se piensa que a este juguete no le cabe el gentilicio salvadoreño. Nosotros conocemos lo nuestro y el juego el cual se recuerda pero pocos practican, sin alienaciones extranjeras como el balero mexicano o el capirucho guatemalteco.

Foto: Julio Estevez

Yoyo

En esa fiesta estábamos todos los niños de la colonia, el payaso no generaba ni siquiera en el rostro de los infantes que en esa celebración alienábamos la mente con tradicionalismos. Cerca de mí una niña, de ojos grandes, una cola y piel blanca. –Te cambio mi bolsa, es que no me gusta lo que tiene- me dijo. –Vaya está bueno- dije. Dentro de ella un Yoyo que no pude girar.

De plástico y con una duración de dos minutos, el artefacto quedó en tres o cuatro pedazos, lo que me retó idealmente a buscar otro que fuera funcional. Gracias a ella me gustó el juego, conocí el yoyo.

Juguete formado por dos círculos y el cordel enrollado al centro, se hace subir y bajar aplicándole cierta fuerza; obviamente, no todos son capaces de realizar esta acción. De origen griego, el yoyo ha pasado por muchas culturas y de formas muy curiosas. En el país es poco usado en la actualidad, pero es otro de los juguetes a los que podemos apodarlos “clásicos”.


Foto: Josué Castillo

Chibolas

El campo de batalla era el indicado. Los cuatro contrincantes nos arrodillamos a dibujar los parámetros del improvisado y meticuloso borde del ring donde nuestras armas chocarían con el sonido ideal con cálculo y mucha determinación.

Cada uno colocó ocho dentro del círculo y nos dimos a la tarea de trazar la marca de salida desde donde dispararíamos. ¿Quién no ha sentido la adrenalina de lanzar una esfera como esa y hacer añicos la ilusión de un compañero de juego al ganar? El juego de la estocada.

Canicas, bolitas, bochas, bolindres, boliches, quién sabe; en El Salvador decimos chibolas, juego que muchos de nosotros experimentamos. De diferentes tamaños, los chirolones, las chinas, las normales, “todo alce”, “todo zafe”, fueron la caracterización de nuestra infancia.

Foto: Julio Estevez

El salta cuerda 

El juego de más inclusión que teníamos en la escuela y que rompía géneros. –Juguemos pues, niñas contra niños- decía la tradicional “mandamás” del salón. Nosotras accedíamos luego del sí de ellos y era de los pocos juegos que practicábamos después del fútbol.

Uno de los ejercicios más recomendados para bajar de peso y de los más sencillos para efectuar en compañía o bien solo. Ayudaría mucho un par de minutos en este juguete, que de ser improvisado con un lazo o al menos con el cable del internet, haría rebajar a muchos que se engordan con su satisfacción social.

Foto: Josué Castillo

Trompo

-Los calazos que les dejaba yo eran así ve- me mostraba, con una expresión agigantada en su rostro y los dedos enrollados formando una circunferencia, mi madre.

A los 7 años me formó en el hábito eclesiástico de “bailar un trompo”, aguerrida mujer que como toda salvadoreña trabaja para sacar adelante a su familia. Diseñó un trompo especial para mí. Hecho de madera de árbol de jocote y punta de acero. Cordel de nailon bien ajustado y pintado de azul con verde.

Este juguete con efecto giroscópico, con diferentes nomenclaturas y poca vida girando, alegró la vida de muchos al jugar y competir en la tierra de su pueblo, calles, parques o sus manos. Con el rozamiento del aire y de la punta sobre el suelo este pierde su fuerza después de ser y al final muere por las presiones ambientales. 

Foto: Julio Estevez

Hondilla

Recuerdo que caminaba junto a mi padre. Localizamos un pájaro, era un ala blanca. En un par de décimas de segundo, mi padre tenía extendida la hondilla apuntando al ave.

El roce de la piedra  sobre la cabeza del animal lo sorprendió y voló rápidamente y mi papá siguió avanzando como soldado a su fusil atribuido.

Actualmente esta pieza de madera con hule está prohibida por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales MARN y se ampara en la prohibición de caza silvestre.

Acuñada a la violencia y muerte, el juego “a ver quién le pega al geko” o “a ver quién le da a aquella piedra”. Podemos hacer una comparación, en nuestro país.

Foto: Julio Estevez

Hay muchos más juguetes y juegos que desde antaño están presentes en nuestra sociedad salvadoreña, “las pelotas de plástico”, “la peregrina”, “los jacks”, “arranca cebolla”, ”mica”, “escondelero”, “tentarro”, etc. Así como han evolucionado los juguetes y juegos, así lo han hecho los participantes, para bien o para mal. Juzguemos a nuestra sociedad actual y a la cultura del consumo. Es nuestro deber mantener nuestra memoria histórica, no solo con juguetes o juegos clásicos, sino con la crianza de la paz y de la convivencia.

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