Noticias

4 Jun 2015
Noticias | Por: Luis Trejo

Los estigmas de vivir en zonas conflictivas

Los jóvenes tienen un gran potencial para cambiar el país y demostrar que sí son capaces de ejercer cualquier cargo profesional que se les presente. Sin embargo, muchas veces el lugar de estudios, la zona donde reside o el medio en el que se transporta, se convierten en un importante factor a la hora de optar a una oferta laboral.

La juventud cada día se esfuerza por salir adelante, abrirse paso el mundo académico y profesional. Joven es sinónimo de virtud, responsabilidad, compromiso, innovación y creatividad, pero también de retos, obstáculos por vencer y otras barreras. Luchar por crecer en un mundo competitivo y sobrevivir a una sociedad que año con año se ha vuelto más violenta, es una gran dicotomía de la juventud.

Un ejemplo claro de ello es Fredi Lara, un joven que se desempeña en el ámbito de la telefonía y que su pasión, compromiso y responsabilidad, le han permitido asegurar su puesto laboral. No obstante, en estos años también se ha encontrado con un sinfín de problemas, adversidades, aunque también con muchas oportunidades profesionales, tanto en lo laboral como en lo académico.

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Fredi no logró culminar su carrera universitaria, pues su situación económica no le permitió continuar con sus estudios; aun así, ha luchado por salir adelante y demostrar que aunque los caminos no se te abran de manera fácil, hay que intentar una y otra vez hasta lograr llegar a donde querés. Así, hoy trabaja en una compañía de telefonía, la cual le ha brindado muchas oportunidades de crecimiento y de experimentar roles. Sin embargo, no todo se le ha tornado fácil. De hecho, sus turnos de noche son los que más ha sufrido el tiempo que lleva de laborar en dicha compañía.

Este joven vive en una de las zonas declaradas “de peligro” por muchas entidades financieras y por la misma población: San Bartolo, en Ilopango. Según declara, el transporte de la empresa se ha rehusado irlo a dejar a su casa debido a la supuesta peligrosidad del lugar. “El motorista ha dicho que no puede llevarme porque no quiere arriesgarse, así que cuando salgo noche tengo que irme a donde un familiar que vive en San Salvador, porque a esa hora ya no hallo en qué irme”, confiesa Fredi.

Lastimosamente, esta no es la única historia de ese tipo entre la juventud salvadoreña. En la actualidad, muchas empresas que brindan servicio de transporte han prohibido el ingreso a colonias o comunidades consideradas de peligro, aunque en muchas de ellas no haya estadísticas oficiales sobre índices de violencia o delincuencia. Incluso, algunos contratantes toman en cuenta el lugar de residencia o estudios de los candidatos a la hora de evaluar su perfil. Si bien no es una práctica recurrente, en algunas ofertas laborales, por ejemplo, se pide que los aspirantes residan en zonas específicas del país o que sean estudiantes o graduados de universidades en concreto.inforeportaje

Esfuerzos por eliminar los estigmas

Empero, a su manera, los jóvenes salvadoreños se han esforzado (y siguen haciéndolo) por dejar atrás esos estigmas y demostrar que no importa el lugar en el que vivan si al final sus anhelos de sobresalir, desarrollarse y llevar el país hacia adelante son más fuertes que el entorno negativo que les rodea. Un estigma “es un atributo que vuelve a una persona diferente a las demás, que la convierte en alguien ‘menos apetecible’ y hasta inferior con respecto a la figura de una ‘persona común y corriente’. Puede ser definido como un signo de desgracia o vergüenza y con frecuencia se le describe como un proceso de devaluación. Si una persona o un grupo es estigmatizada, está desacreditada, es vista como en desgracia o percibida como si tuviese menos valor que otros. Hay un rango que va desde la negación del acceso a servicios, sufrir violencia de diferente índole, hasta la psicológica y la física”, asegura en su definición la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

Justo eso es lo que refleja Entre miradas y miedos: La juventud y la violencia en El Salvador, una publicación del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la cual recaba testimonios de jóvenes que día a día intentan vencer esos escenarios tan difíciles. “Aquellos jóvenes a quienes parece que la violencia les cierra espacios, no se quejan ni sienten lástima de sí mismos. Al contrario, están diciéndonos que lo único que necesitan para desafiar su entorno amenazador es la oportunidad de estudiar y que esa educación les abrirá las puertas al trabajo. Tienen la fuerza, la confianza en el futuro y la valentía como para triunfar, pues esto es parte de su ser. Sin embargo, muchas veces las personas adultas vemos a esta juventud vibrante como débil, insegura y alocada”, sostiene Robert Valente, representante residente del PNUD en El Salvador.

A estos prejuicios, reitera la publicación, se agrega la peligrosa idea de que los jóvenes son proclives a ser seducidos por el fenómeno pandilleril, aunque muchos de ellos están seguros de que no quieren ingresar a grupos delictivos, por ello que buscan la manera de triunfar en lo académico y lo profesional.

“En El Salvador es difícil dejar de preguntarse cuán prometedora es la próxima generación y qué oportunidades ha construido la sociedad para ella. Desde el enfoque de desarrollo humano, a pesar de la enorme riqueza social que representa, la población joven enfrenta muchos obstáculos para potenciarse. Un breve recuento estadístico lo confirma. Por un lado, el sistema educativo no asegura el desarrollo de sus capacidades. Además, debido a la deserción, el 30 por ciento de la población económicamente activa (PEA) y joven apenas ha estudiado la primaria, por lo cual, la educación recibida no cumple con la promesa de movilidad social”, reitera la publicación del PNUD.

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*La Población Económicamente Activa, conocida como PEA, se refiera a la cantidad de personas aptas en edad de trabajar, que para el caso de El Salvador se toma a partir de los 16 años. Fuente: Digestyc.

La violencia y los estigmas injustos

Según datos del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el mercado laboral de los jóvenes es bastante limitado. Más del 40 por ciento de la juventud “se inserta en actividades no calificadas y de baja estabilidad, lo cual restringe la posibilidad de que el trabajo sea fuente de realización y satisfacción. Peor aún, más de la mitad de la población juvenil percibe que no tiene ninguna o que tiene muy bajas posibilidades de acceder a un trabajo. De hecho, 21 de cada 100 jóvenes no estudian ni trabajan, por lo cual sus expectativas de futuro están comprometidas irremediablemente. Este porcentaje se ha mantenido inalterado por más de 20 años, lo que indica que el empleo juvenil no es una prioridad de país”, asegura el informe de la institución, publicado el mes pasado.

Asimismo, esta institución asegura que del total de población joven salvadoreña, solo ocho de cada cien dicen sentir alguna simpatía por las pandillas (es decir, que pudieran formar parte de ella). Por el contrario, “la mayoría tiene sueños y anhelos, aspira a tener un liderazgo positivo y se proyecta jugando un papel en el mejoramiento de su país. Paradójicamente, esta mayoría se enfrenta a una realidad donde escasean las oportunidades y la violencia también se ensaña contra ellos. No solo porque son víctimas directas, muchas veces inocentes, sino también porque el fenómeno les afecta de diversas maneras. La violencia y las pandillas limitan sus libertades, impidiéndoles el libre tránsito en zonas urbanas y rurales y negándoles la posibilidad de disfrutar de espacios públicos, incluso, cerrándoles las puertas para acceder a la educación”.

Además, la investigación del PNUD reitera que como consecuencia, “la violencia los vuelve sujetos de estigmas injustos, al punto que algunos se sienten señalados como delincuentes por el solo hecho de residir en determinadas zonas, por la escuela en la que estudiaron (o estudian) o por la ropa que visten”, asegura.

Fredi Lara afirma que aunque vivir en una zona considerada conflictiva puede tener mala percepción, eso no le ha impedido desarrollar bien su trabajo ni sus actividades diarias. “Puedo vivir en un lugar considerado por muchos como criminal o súper peligroso, pero yo estoy bien ahí y creo que por algo me he quedado. Cuando uno sabe lo que quiere en la vida y lucha por ser mejor y superarse no hay nada que te obligue a hacer lo contrario. Aunque yo no terminé la universidad, siento que he tenido otras oportunidades que he sabido aprovechar. Hoy tengo mi casa, mis cosas y nadie puede venir a decirme que mi esfuerzo no ha valido la pena”, asegura el joven salvadoreño.

La necesidad de dejar a un lado los estigmas

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) advierte que es necesario crear espacios propicios para que los jóvenes pueden desarrollarse en diferentes ámbitos de la sociedad y evitar en gran medida el desempleo juvenil. “La punta del iceberg del problema es la falta de oportunidades para quienes recién inician la vida productiva, por lo que se hace un urgente llamado a que las autoridades no solo se preocupen por esta situación, sino que pasen a la acción y apliquen las políticas necesarias para superarla”, advirtió el organismo en abril de este año.

Dicho en otras palabras, es importante la creación de empleos para los jóvenes pero también lo es ofrecerles más y mejores oportunidades educativas, puesto esto tendrá un impacto positivo en varios aspectos. “Si aumentan las oportunidades de formación, aumentarán las posibilidades de empleo. Si disminuye la informalidad del empleo y se incrementa el trabajo decente para los jóvenes, disminuirán también la emigración y la delincuencia juvenil”, concluye la OIT.

En conclusión, la juventud salvadoreña está amenazada por un contexto violento y con muchos contras, no obstante, el espíritu luchador, creativo y las ganas de comerse el mundo, son más fuertes que cualquier adversidad. Al final, los estigmas pudieron haberse creado como un reto a superar para quienes los sufren. La juventud salvadoreña está demostrando eso: no importa de dónde sea ni dónde se haya formado, lo más importante es ser capaz y comprobar que la edad no es un problema para contribuir al desarrollo del país. Los jóvenes están cambiando el mundo y El Salvador no es la excepción.

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