Entrevistas

29 Oct 2013
Entrevistas | Por: Marcela Solís

Óscar Ortiz – Candidato a la vicepresidencia por el FMLN

¿Quién es Óscar Ortiz?

Una persona que nació en 1961, un 14 de febrero; misma fecha en la que se casaron mis padres. Soy originario del departamento de La Unión, del municipio de San Alejo. Miembro de una familia muy grande. Somos un total de diez hermanos: seis hombres y cuatro mujeres. Mi papá era agricultor de granos básicos y era propietario de varias fincas en nuestro pueblo. Debido a una situación de crisis en la producción algodonera, entre los años 67 y 68, tuvo que vender sus terrenos y trasladarse al occidente del país, hacia Sonsonate. Crecí en una colonia muy popular cerca de la iglesia de la ciudad. Nuestro municipio era muy próspero y fuerte.

A los siete años inició una nueva etapa de mi vida en Acajutla, una ciudad portuaria de las más desarrolladas. Mi niñez la viví junto a una familia bien unida, con fuerte base cristiana y bajo el ejemplo de solidaridad que siempre caracterizó a mis hermanos. 

 

¿Cómo fue su adolescencia?

En Acajutla comencé a hacer deportes. A mis 11 años comencé a practicar ajedrez y participé de varios torneos. A los 14 me convertí en boxeador. A esa edad mi vida era hacer deportes, pero mi familia no me dejó experimentar en otras disciplinas porque insistían en que yo debía dedicar tiempo a mi estudios. Cursé hasta noveno grado en el Centro Escolar “Lisandro Larín Zepeda”. Luego me gané una beca por deporte.

¿Cómo fue su integración a los movimientos revolucionarios?

 A mis 16 años me integré a Movimiento Estudiantil Revolucionario y fui uno de los fundadores en la zona occidental. Yo era el más joven del grupo. Mi hermano mayor ya era estudiante del Instituto Nacional Thomas Jefferson de Acajutla y otro ya había salido de bachiller de la misma institución. Ellos siempre me inculcaron los valores de justicia, igualdad, promoción de los derechos de las personas más débiles y así fue como desde mi noveno grado comencé a involucrarme con este movimiento.

Hasta los años 80, mis dos hermanos mayores y yo éramos muy activos. Mi hermano Fidel estuvo preso por acciones estudiantiles. 

 

 

¿Cómo fue esa etapa de su vida durante el conflicto armado?

De los tres que nos involucramos en el proceso de cambio y vida revolucionaria, solo este servidor salió con vida. Perdí a mis dos hermanos mayores que fueron mis guías y mis mentores en el marco de la familia. Uno de ellos murió durante una emboscada y el otro desapareció tras la muerte de Monseñor Romero en 1980. Posteriormente nos enteramos que murió en el Cuartel de la Guardia Nacional bajo tortura y ese fue un golpe muy fuerte para mí.

¿Existió algún punto culminante que lo decidió a involucrarse de lleno al conflicto?

El punto culminante fue precisamente cuando nos enteramos del asesinato de Monseñor Romero, porque ahí se provocó un punto de quiebre a nivel de toda la juventud comprometida en movimientos estudiantiles, universitarios, políticos, sociales y comunitarios. Fue una etapa decisiva en nuestras vidas.

Tras el efecto de la muerte de mis hermanos y de Monseñor, opté por irme a tiempo completo al Movimiento Revolucionario.

Recuerdo que me mandaron destacado a la zona oriental como responsable del trabajo obrero cuando apenas era un joven de 18 años. Una vez terminé mi bachillerato me fui a San Miguel, donde viví la ofensiva de 1981. Eran tiempos muy difíciles para el país, bajo una gran presión terrible. Donde quiera que tú caminaras, encontrabas gente en las calles y muchas veces me salvé de ser capturado. 

 

¿Qué es lo que más recuerda de su etapa como guerrillero?

Entre mayo y junio de 1981 me fui al Frente de Jucuarán, en la zona sur de Usulután. Me asignaron como segundo responsable de una zona. Luego pasé a ser el encargado de toda la zona.

En 1984 fui herido de una pierna durante una gran batalla contra el Batallón Atonal. Luego estuve dos días en estado de coma en el frente y afortunadamente salí bien pese a que permanecí 100 días sin moverme a la par de una quebrada. Me tuvieron que cuidar sin anestesia ni nada porque no teníamos recursos y mi caso era una herida complicada. Fueron días muy difíciles, los médicos decían que no volvería a caminar tan fácil, pero yo siempre tuve la convicción de que no solo lograría caminar sino que iba a quedar en el frente. Efectivamente pude pararme e hice todo lo que pude para que mi pie se recuperara.

¿En ese tiempo salió del país? ¿Lo exiliaron?

Sí, salí del país. Lamentablemente cada vez que caminaba se me inflamaba la pierna y cuatro o cinco meses después me sacaron y me llevaron al exterior para recuperarme. Estuve en México, Nicaragua, la Unión Soviética y luego volví al país.

Entre 1982 y 1983, como consecuencia de la guerra civil salvadoreña, mi familia tuvo que migrar hacia Estados Unidos y luego a Canadá.  

 

¿Qué ocurrió tras su regreso al país? 

Me responsabilizaron del trabajo internacional de solidaridad durante un año y tres meses. Así conocí Europa, Estados Unidos, Canadá. Yo era muy joven pero esta etapa de mi vida me abrió un nuevo camino de conocimientos sobre cómo funcionaba el mundo, la política internacional, la acción de las Naciones Unidas y grupos solidarios. Esa fue una experiencia muy interesante.

¿En qué momento tuvo acercamientos con Sánchez Cerén?

En ese tiempo precisamente. Fuera del país me reencontré con Salvador Sánchez Cerén, quien también estaba en el exterior por razones de trabajo de la Dirección Nacional del FMLN y ahí nos acercamos más. Yo ya lo había conocido en 1982, pero hasta ese momento tuvimos tiempo de relacionarnos con más detalle. Él siempre fue una persona tranquila, con una gran capacidad de escucha y muy prudente para tomar decisiones.

Entre 1986 y 1987 me reincorporé al Frente y trabajé en la zona del Paisnal y todos los alrededores de la zona metropolitana de San Salvador. Permanecí ahí como jefe del asentamiento El Paisnal, hasta el día que se firmaron los Acuerdos de Paz cuando quemamos un arma en signo de que ese proceso pacífico era sólido y que el país había entrado a una nueva plataforma de cambios a partir del tratado de paz.

 

¿Qué significó para usted la Guerra Civil de El Salvador?

Fueron 12 años muy difíciles. Una guerra no es un invento que surge de la nada, sino que son procesos acumulados que estallan de repente. A nosotros nos tocó ser una generación que tenía que tomar una decisión por destino. Cada quien lo hizo para el lado que prefería. Muchos jóvenes se fueron el país, otros nos quedamos luchando. En el caso de mis hermanos menores, mi padre decidió sacarlos del país antes de que los mataran y considero que fue una elección sabia.

No me arrepiento de nada, porque todo lo que hice fue consciente y soñando con un país distinto y mejor. Lo que yo no sabía era qué tan largo iba a ser el conflicto. Yo le decía a mi padre que todo terminaría en dos años y que no se preocupara. Él me aseguraba que no iba a ser sencillo y que tomaría más tiempo, pero en aquel momento no le creí y a la larga comprendí que en muchos sentidos tenía razón.

De lo que sí estábamos convencidos es que nuestra generación debía hacer algo para cambiar el destino de nuestro país.

¿Cómo vivió el momento de la firma de los Acuerdos Paz en 1992?

Creo que después de cerrar esa etapa bélica hubo un momento muy difícil que se me reflejó cuando estábamos, junto al enviado de las Naciones Unidas, destruyendo la primera ametralladora. Yo comencé a ver a muchos de los combatientes que estaban formados y a muchos se les rodaban las lágrimas. Ahí me di cuenta del momento tan profundo que vivíamos. Experimentaba alegría, tristeza, nostalgia y un poco de incertidumbre sobre lo que pasaría con nosotros a partir de ese día.

Había gente que tenía ocho o diez años en colectividad y comunión con la gente que te acompañaba. Ese proceso de transición no fue fácil. Hubo gente que era buena en la guerra, y ya no fue tan destacada en la paz. Fueron dos puntos de quiebre que no fueron fáciles.

 

¿Qué fue de su vida en el inicio del proceso post guerra?

Me dediqué a estudiar Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de El Salvador. Había un programa especial para todos los que habíamos salido de la guerra y a muchos nos ayudó a hacer esa transición del conflicto al estudio.

Por mi parte cumplí la misión de hacerme cargo de establecer las bases del partido en el departamento de La Libertad, donde me reencontré con mi familia que se había trasladado a la zona de Merliot y continué con mis estudios.

¿Cómo empieza su vida política en el FMLN después de la firma de paz?

En 1994 tuve la oportunidad de ser uno de los primeros candidatos por el FMLN para competir en la elección de diputados y ganamos.

En 1999 me propusieron ser alcalde Santa Tecla. En ese momento estaba planeando continuar mis estudios en Europa, pero lo reconsideré y acepté la candidatura de las elecciones del año 2000. Fue difícil porque esta ciudad era muy conservadora, pero nuestro esfuerzo dio frutos y ganamos. A partir de ahí comienza una nueva historia.

He sido reelecto como alcalde cinco veces y con las dos veces como diputado tengo siete elecciones continuas de estar ganado y en el 2014 espero que ganemos la octava.

 

¿Cómo ha sido la experiencia de 13 años como alcalde de Santa Tecla?

Siempre he pedido el voto y la confianza de los salvadoreños. Siempre he tratado de hablarles de la manera más sincera y cercana a partir de los distintos medios que uno tiene. También he procurado no traicionar jamás esa confianza que los votantes depositan en mí y aunque uno comete errores, eso no significa traicionar la confianza, sino que te recuerda que todos de alguna manera, creyendo que estamos haciendo bien las cosas, después nos damos cuenta de que no fue tan correcta. Pero en general, siempre me he comprometido con trabajar duro, hacer las cosas bien y aportar factores de cambio en aquellas cosas de las cuales me pongo al frente.

Yo le prometí a los tecleños que íbamos a cambiar Santa Tecla y pese a los terremotos del 2001, que representaron uno de los retos más grandes que hemos tenido, hemos superado la prueba y mejorado la ciudad. Hemos convertido a nuestra ciudad en uno de los lugares más influyentes del país y puedo decir a todos ¡misión cumplida!

Es impresionante lo que hemos logrado en poco tiempo. Hemos levantado la económica, lo social y cultural de la ciudad. Somos una ciudad dinámica.     

¿Cuál es su respuesta a los comentarios negativos sobre el desarrollo de Santa Tecla?

Los humanos somos eternamente inconformes, pero la democracia te enseña a ser tolerante y a aceptar y respetar la diversidad.

Por ejemplo, el proyecto residencial en Comunidad La Cruz, el cual es un proyecto modelo en Centroamérica. Este servidor ha movido una cantidad de recursos. Cada departamento va a valer más de 5 mil dólares y se convertirá en la mejor zona para vivir. No solo se ofrecerá el departamento para estas familias de escasos recursos sino también la guardería, la plaza cívica más imponente de todo el municipio. Además, el hotel escuela Centro de Formaciones.

Esa quedará como la zona número uno para vivir en Santa Tecla, pero la gente no quiere pagar ni 5 mil dólares a un plazo de 15 años, que equivaldrá a 30 ó 40 dólares mensuales.

¿Considera que son factores políticos los que han movilizado a los miembros de la comunidad La Cruz a oponerse al proyecto?

Mire, el proyecto no se va a parar. Lo más probable es que, en efecto, ahí haya factores de tipo político. Pero después de que se les explica, la gente comprende mejor las situaciones. Eso ocurrió con el Paseo El Carmen cuando todos aseguraban que no funcionaría, porque Santa Tecla nunca había tenido espacios culturales ni funcionaba el turismo.

Incluso, la gente cree que me traje una fotografía de afuera. Y reconozco que me ayudó visitar otros países, pero esto es un proyecto propio que lo único que requiere es imaginación e innovación. Hoy resulta que es el lugar de turismo humano más influyente del país, que recibe más de 25 mil personas a la semana. Si visitan El Cafetalón encontrarán los mejores espacios públicos de país y además tenemos ocho parques municipales en toda la ciudad.

 

Muchos salvadoreños consideran que el papel del vicepresidente es poco fundamental. Ante eso y en caso de ser electo vicepresidente, ¿qué podría aportar usted al país?

Me recuerda al salvadoreño viendo siempre al pasado. Esos son los “nunca” de los salvadoreños a los que yo respondo que en verdad debemos soñar distinto a nuestro país, viendo hacia adelante y abrazando el futuro.

Yo siempre he creído que una ciudad cuando se desarrolla, debe tenerlo todo y por ello debe ser diversa y dinámica. Santa Tecla ya no es el dormitorio del Gran San Salvador y eso se ha logrado con esfuerzo y un nuevo enfoque para administrar. Nuestro país debe ser cada vez más competitivo como ocurrió con nuestra ciudad y a eso le vamos a apostar.   

 

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