Colaboradores

28 Feb 2015
Colaboradores | Por: Marcella Contreras

Yo creo en mi El Salvador

Somos los pequeños del continente en territorio, pero sé que si nos lo proponemos, podemos ser los grandes del istmo en capacidad. Esa grandeza se logrará únicamente si trabajamos juntos.

Creo que estoy enamorada de mi país. Sí, enamorada de El Salvador. Cuando te enamoras, a pesar de los errores que la otra parte pueda cometer, estás dispuesto a perdonar y ponerte de su lado pase lo que pase. Soy parte de ese número de personas que se atreve a defender la idea de que vivir en El Salvador es una bendición y no un atentado contra la vida.

Pensemos un poco, ¿vale la pena vivir en El Salvador? ¿Por qué nos quejamos de una realidad que, a mi criterio, nosotros mismos forjamos? ¿Por qué El Salvador está como está? Si leemos los periódicos, vemos las noticias, o simplemente conversamos entre amigos, fácilmente responderemos que a la menor oportunidad, irnos del país es lo más conveniente. Es tan sencillo señalar los problemas y ver la culpa de los errores en otros; lo primero que hacemos es tachar al gobierno como incompetente y no faltará el que vea la culpa en los turnos anteriores. ¿Alguien se ha puesto a pensar en que somos nosotros, los mismos salvadoreños, los verdaderos culpables de tanto lío?

Somos parte del problema cuando de camino a casa violamos las reglas y vamos con el teléfono en la mano. Somos inocentes de delito cuando compramos una película pirata en el centro de San Salvador. No importa nuestra responsabilidad cuando le robamos la señal del WiFi al vecino. No existe la culpa cuando criticamos al político, pero ni siquiera nos molestamos en leer su plataforma de campaña antes de ir a votar; o peor aún, cuando ni siquiera nos dignamos a participar en los comicios. Pedimos inversiones públicas que se noten y un aparato estatal que trabaje de la mejor manera, pero no tenemos problemas con evadir impuestos.

Por un lado, el salvadoreño exige que el oficial de aduanas detenga al que lleva mercancía ilícita, pero reza para que no le decomise la comida que le lleva al compatriota en Estados Unidos. Queremos policías que detengan al delincuente, pero si nos paran los de tránsito vemos cómo y por dónde le hacemos pasar un billete para que este actúe como si nada pasó. Vemos la corrupción y la injusticia, pero en lugar de denunciarla nos quejamos en un estado de Facebook. Algo tan simple como no usar las pasarelas para “ahorrar tiempo”, parquear en zona prohibida para “llegar más rápido” o quedarnos con los centavos de más cuando la de la tienda no se fijó lo que entregaba, (pensamos: de todas formas la culpa es de ella por no darse cuenta); son las razones por las que este país está como está.

Si así somos como sociedad, ¿cómo exigimos que nuestras instituciones trabajen de manera eficiente y correcta? ¿Con qué cara reclamamos? Cuando aprendamos a vivir para todos y no para uno mismo, El Salvador va a cambiar. Cuando botar la basura en la calle genere vergüenza y no comodidad, este país va a cambiar. Cuando los universitarios respondan ante la pregunta “¿por qué estudias esta carrera?” con respuestas como “porque quiero un mejor futuro para mi país” en lugar de “porque quiero un mejor futuro para mí”, ahí El Salvador será ese país que soñamos.

Lo sé. Este pensamiento es utópico; ¿de qué sirve ser la diferencia si los demás no cambiarán? Te sorprendería lo mucho que una persona con iniciativa puede lograr. Cierto, somos el problema pero podemos ser la solución. Creo en mi país, creo en mi gente; creo en ese futuro en donde abandonar la frontera por una buena vida sea insignificante a la par de las oportunidades que estoy convencida esta nación puede generar.

Somos los pequeños del continente en territorio, pero sé que si nos lo proponemos, podemos ser los grandes del istmo en capacidad. Esa grandeza se logrará únicamente si trabajamos juntos. Todos jalando hacia el mismo lado, sin colores políticos que nos empujen a la izquierda o a la derecha. Hay que vestirnos de azul y blanco, como los colores de nuestra bandera, tirando hacia adelante, hacia el progreso. Tirando hacia ese El Salvador que sabemos que merecemos.

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