Colaboradores

16 Abr 2017
Colaboradores | Por: Diana Chavéz

Vivimos para que nos violenten

Sin lugar a dudas, El Salvador es un país violento. Diariamente se contabilizan diversos actos de violencia a nivel nacional, desde robos a mano armada en lugares públicos, extorsiones, enfrentamientos entre policías y pandilleros hasta demás cuestiones que van desarrollando un cúmulo de situaciones, que acaba con la tranquilidad de nuestra población.

Estamos conscientes de que la violencia en el país es un problema que nos afecta a todos y que impide sobrellevar de manera tranquila nuestra rutina. Ya no solo lidiamos con nuestras actividades como trabajar o estudiar, o con nuestras preocupaciones, sino que estamos en constante alerta para que no nos ocurra nada en el camino. Llegamos a tomar medidas preventivas como elegir otra ruta de buses o transitar por diferentes calles todos los días para que evitar ser asaltados; no vestirnos de cierta manera; guardar más y mejor nuestras pertenencias; evitamos estar fuera de casa en ciertas horas y muchas otras precauciones.

La violencia tiende a moldear nuestras conductas, nuestras formas de ser y hacer e incluso cambia la autovaloración de nuestras propias vidas y de los que nos rodean. Existen diversas perspectivas sobre cómo abordar esta problemática, pero nada ha resultado hasta el momento y eso pone mayor tensión entre la gente. Al final, no es fácil vivir en la incertidumbre de que quizás este sea tu último día y que la causa de tu muerte puede ser una de entre un sinfín de posibilidades. Este tipo de violencia es la más representativa entre las personas y está tan arraigada, que piensan que es la única manifestación de este problema.

Esto no es un fenómeno social nuevo, pero sí el que ha sido mayormente viralizado por los medios. No es la primera vez que estamos en peligro, siempre hemos sido afectados por la violencia, pero no teníamos idea de que lo era. Empezamos a ser violentados desde que nacimos y va incrementando a medida que crecemos, solo que este tipo de abusos se disfraza de maneras sutiles y se presenta en formas de “dinámica familiar salvadoreña” en donde se va complejizando. Hasta que llega a establecerse en nuestro esquema mental y se termina hasta que somos lo suficientemente competentes para reproducirlo, en cualquier ámbito en el que nos encontremos.

Es así como normalizamos que los padres les “enseñen” disciplina a los niños por medio de cinchazos o que si sufrimos de bullying en la escuela, tenemos que defendernos a golpes para que nos dejen tranquilos; que los hombres pueden decirles obscenidades a las mujeres y que nosotras no podemos reclamar porque es un privilegio que nos deseen. Por otro lado, también tenemos aquellos jefes que sobreponen su poder ante los empleados y utilizan las formas más punitivas de tratarlos, dejándolos sin más opción que callar y aguantar. Podría enumerar cientos de situaciones en los que no tenemos más camino que elegir entre violentar o ser violentados.

Todos los días estamos bajo la sombra de esta enfermedad social y se va haciendo cada vez más grande, toma mayor alcance y usa herramientas más destructivas para cumplir sus objetivos. Lamentablemente, ha sido construida a lo largo de la historia y ha tenido la ayuda del hogar, la comunidad, la escuela y los medios de comunicación, lo que hace demasiado difícil tratar con todo ese conjunto de prácticas. Entonces ¿qué podemos hacer para detenerlas?

Personalmente, creo que la violencia no tiene una solución general, es decir, es algo que no se puede parar y que tal vez sus formas más gráficas se vuelven todavía más complejas y dañinas. Pero, sí pienso que cambiar las dinámicas familiares, escolares y comunales con bases violentas, podría ayudar a erradicar estas formas de actuar en las nuevas generaciones.

No necesitamos ser violentos para educar o para formar personas de bien, al contrario, el seguir con la misma tradición de violencia, solo abonamos a que esta se siga expandiendo y fortalezca a esta sociedad en la que actualmente vivimos.

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