Colaboradores

31 May 2015
Colaboradores | Por: Ricardo Valencia

Una resaca para reflexionar

 

Cada uno de nosotros tenemos a un “Romero” interior que nos señala cosas que pueden gustar o no. Se llama conciencia. Lo importante es que entendamos que para sacar a este país adelante necesitamos pasar de las palabras a la acción.

Nací en 1981, en pleno inicio de nuestra guerra civil. Viví un conflicto disfrazado por los esfuerzos de mis padres de que mi hermana y yo no nos diésemos cuenta de lo que en realidad sucedía a nuestro alrededor. A medida fui creciendo entendí la realidad en la que vivía mi patria. Lastimosamente, el año anterior a mi nacimiento fue asesinado Monseñor Óscar Arnulfo Romero, por lo tanto, lo que conozco respecto a su persona es lo que he escuchado de aquellos de los que sí vivieron la coyuntura previa al conflicto armado. No obstante, sería un pecado que en la era de la informática no hubiese indagado sobre su vida y obra.

Romero evoca, como todos sabemos, diferentes sentimientos. Soy católico, y aún dentro de la misma iglesia he escuchado todo tipo de opiniones respecto de sus palabras, sus actitudes, su rol en la historia de nuestro país y sobre todo de su legado. En los días previos a su beatificación, ese intercambio de opiniones rebalsó en redes sociales y medios de comunicación. Opinaron los políticos, los apolíticos, los católicos, los cristianos evangélicos, los jóvenes y los no tanto. Todos tenemos una opinión sobre los méritos de este personaje, cosa que en una sociedad tan polarizada como la nuestra se volvió mayor tensión colectiva.

Hubo una fiesta y el pasado 23 de mayo cobró relevancia en el calendario nacional e internacional. Aunque en algún momento dejarán de hablar de este acontecimiento y los invitados ya se fueron, en El Salvador, nuestra casa, los debates y opiniones continúan, por ello, en este ambiente de resaca en el que la adrenalina vuelve a sus niveles normales, los invito a que reflexionemos lo siguiente: independientemente de nuestra fe, el color partidario, o el sector de la sociedad de dónde vengamos, cada vez que a un salvadoreño se le nombra en el extranjero como un ejemplo, o con una distinción, todos los habitantes de este país nos sentimos parte del éxito alcanzado por el compatriota. Así, hemos aplaudido a futbolistas, atletas, periodistas, políticos, cineastas o a cualquiera que afuera logre poner en alto a nuestro pulgarcito. Pero, ¿por qué ahora no detenernos un segundo a reconocer a alguien que ha logrado atraer, para bien, la atención del mundo hacia nuestro país?

Pienso que parte de la cicatrización de las heridas sociales aún latentes, está en reconocer el esfuerzo que cada salvadoreño pone en su labor, de aquellos que creen en sus ideales y los defienden ante toda crítica; de aquellos que se apartan de la corrupción y que desde su metro cuadrado ponen, de alguna forma u otra, su vida al servicio de sus próximos, llámense sacerdotes, pastores, laicos, empleados o empleadores. No juzguemos a los que sobresalen en base a nuestra subjetividad, con base en lo que oímos o a los chismes de sobremesa; demostremos que los salvadoreños podemos ser críticos de nuestros hermanos con madurez y equidad. Demostremos que la mayoría estamos más allá de las pedradas con las que algunos pretenden resolver sus diferencias a las salidas de los estadios o de los insultos que a diario se escuchan en las saturadas calles de la capital.

Cada uno de nosotros tenemos a un “Romero” interior que nos señala cosas que pueden gustar o no. Se llama conciencia. Lo importante es que entendamos que para sacar a este país adelante necesitamos pasar de las palabras a la acción, dejar de opinar desde la seguridad de mi feudo y aportar mi parte, desde mi convicción, desde lo que dice mi conciencia, tal como lo hizo el beato Monseñor Óscar Arnulfo Romero.

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