Colaboradores

26 Feb 2017
Colaboradores | Por: Manuel González

Un sistema opaco de transparencia

Según Transparencia Internacional, la corrupción es el abuso del poder confiado para el beneficio privado. Este abuso de poder tiene demasiados alcances en sí como la obtención de un bien, una cantidad de dinero especifico o hasta llegar a tener una ventaja ilegítima en algún proceso interno institucional, que derive a un alcance mayor de lo antes mencionado.

Esta organización pública, desde 1995, establece un índice de percepción de la corrupción que mide los niveles de percepción de corrupción en el sector público de un país determinado, en una escala de cero a cien. Dentro de este índice, en 2016, El Salvador obtuvo una nota inferior en comparación a los últimos 5 años, se le dio el puesto 95 de 176 países.

A inicios de febrero, en televisión nacional una persona relacionada a procesos de transparencia y anticorrupción con un alto rango gubernamental expresó: “el índice de percepción de la corrupción está vinculado al gran sector empresarial, muy reacio a gobiernos progresistas”. Estas fueron palabras muy fuertes con una grave distorsión en el concepto de “progresista”, teniendo en cuenta que para este índice ciertos países, donde la pobreza e inequidad reina, son tomados como muy corruptos. Entre estos países podemos encontrar a Somalia y Venezuela.

Lo anterior resulta aún más contrastante, ya que esta persona sostuvo en un programa radial en diciembre de 2013 que él entro al gobierno porque era el enlace con transparencia internacional y que ahora, más de 3 años después, otorgaba una cuota monetaria voluntaria al partido que se encuentra en el gobierno, el FMLN.

Con lo anterior expuesto, no quiero referirme específicamente a la persona o señalarla de corrupta, pero quiero subrayar el hecho que hay contradicciones en un sistema de transparencia gubernamental, que llega a ser más denso que transparente y puede tener preferencias entre a quien se decide investigar y los juicios de valor que se pondría tener. Considero que no se puede hablar de transparencia, si hay un sesgo partidario o un compromiso de por medio que pueda parcializar el concepto de las cosas, y se quiera vender a la población como algo verídico.

La rendición de cuentas y el correcto accionar es algo que se ve mucho en organizaciones no gubernamentales, nacionales e internacionales, que responden a donantes, ya que dichas organizaciones operan y siguen vivas mediante esto. Hablando en un ámbito gubernamental se aplica de igual manera, cambiando el concepto de donante por contribuyentes; contribuyentes que, a lo largo de años fiscales, aportan dinero para que el Estado pueda operar; mientras esperan que lo aportado genere frutos y se use de la manera más eficaz y eficiente posible.

Un sistema “transparente” con apego gubernamental resulta ser un fracaso, si no se realizan las investigaciones pertinentes y se evitan figuras como el despilfarro, nepotismo, preferencias u otros vicios de corrupción; figuras que, a la larga, solo generan desconfianza entre la población y que permiten que cada día pierda la fe en las instituciones.

Si alguna vez se han preguntado acerca de los procesos de selección para obtener un empleo público o cómo se manejan conflictos de intereses, que no llegan a tocar la superficie, por ejemplo, y creen tener una respuesta de facto, es porque simplemente el mismo sistema no llega a dar esas muestras de claridad y transparencia, que se supondría tendría que dar cuentas.

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