Colaboradores

19 Mar 2017
Colaboradores | Por: Diana Chavéz

Un recordatorio social desde Guatemala

El Día Internacional de la Mujer resultó una gran paradoja en el país de Guatemala este año: más de una veintena de niñas en el reformatorio “Hogar Seguro Virgen de la Asunción” murieron en un incendio originado en una de las habitaciones de la institución. Se reportaron más muertes de víctimas que fueron trasladas al hospital, lo que presenta un panorama desalentador para el resto de sobrevivientes y sus familiares.

De este hecho se tiene más preguntas que respuestas. Las autoridades de este reformatorio explicaron que las niñas realizaron un amotinamiento porque no se sentían cómodas con algunas reglas del lugar y frente a esta “conducta rebelde” parece “justificable” que los encargados del reformatorio tomaran medidas extremas para poder controlar la situación. Qué manera tan eficiente de arreglar los desacuerdos con los menores, una solución digna de un sistema retrógrada.

Muchos testigos relataron que en Hogar Seguro la integridad de los menores se veía atentada con todo tipo de abusos y quizás por eso, personalmente, este caso me parece bastante sospechoso y con muchos cabos sueltos. Pero, no nos detendremos a analizar esta escena, vayamos a la génesis de esta problemática: la negligencia e ineficacia de las autoridades encargadas de este tipo de instituciones.

Es lamentable el intento que hacen al velar por estos niños que, por diversas circunstancias, no tienen más alternativas que vivir en estos refugios a cargo de personas sin capacidad alguna de cuidarlos debidamente. Claro está que no todas las instituciones de esta índole son así, pero el caso de Guatemala nos muestra esa selecta parte de las que sí representan la inmoralidad de sus encargados al olvidar el significado de sus roles y funciones para ayudar a los menores.

Hogar Seguro no es más que un cinismo frente a lo que en realidad sucede en esas instalaciones, de lo que representa para la vida de todos los niños y adolescentes que están en ese lugar. Es una vergüenza que sigan prestando sus servicios siendo conscientes de las barbaridades que hacen con los menores que están a su cuidado y es más lamentable aún el hecho de seguir justificando la continuación de sus servicios a la sociedad. Muchos culpabilizan al Estado por este hecho, pero creo que están apuntando muy lejos cuando el problema está frente a sus narices.

Los verdaderos culpables son todas aquellas personas que utilizan la fachada del compromiso social para poder llenar sus bolsillos, sin tener alguna pizca de conocimiento, ni sentimiento de lo que en realidad esto se trata. Es aberrante pensar en todo lo que estos salvajes les han provocado a los menores que se encuentran en esas falacias institucionalizadas, en donde les han prometido cuidar y resguardar sus derechos porque en otras circunstancias esto no hubiera sido posible y que, al contrario, se encuentran con personas que resultan ser iguales o peores de los que los tratan de proteger.

Así como en Guatemala, en todas partes del mundo encontramos situaciones iguales o peores donde la vulnerabilidad que la niñez y la adolescencia tiene, por el mismo orden social, los hace blancos fáciles de personas que quieren satisfacer sus necesidades enfermizas a partir de las situaciones precarias en que muchos menores se encuentran y donde logran su cometido a través de la subordinación. En estos espacios, los niños son sometidos y obligados a cumplir todo lo que sus superiores quieran, dejándolos con pocas o nulas alternativas de poder escapar de ese infierno.

Como mencioné anteriormente, este tipo de situaciones puede pasar en cualquier lugar, pero la muerte de estas niñas solo es un grito desesperado por parte de un grupo que, como sociedad, hemos ido abandonado. Siempre han estado ahí y ahora se rebelaron para pedirnos ayuda, para hacernos recapacitar sobre lo que estamos haciendo frente a este tipo de injusticias y de comprometernos a cambiar la realidad de nuestros niños y adolescentes desde donde estamos. De esta manera, no tendremos que lamentar más muertes inocentes por culpa de nuestra insensibilidad social.

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