Colaboradores

8 Mar 2014
Colaboradores | Por: Jorge Tobar

Tregua desnuda

Mucho se afirma y niega de la negociación oculta entre gobierno y pandillas, conocida como “La Tregua”. Esta es mi visión panorámica de ella.

Neotenia, es un fenómeno natural/evolutivo que prolonga el aspecto infantil de los hijos y su dependencia de los padres. En los humanos, trajo un fuerte vínculo afectivo entre unos y otros.

Hace miles de años, en las comunidades humanas sedentarias, gracias a este vínculo, los miembros de una familia tenían marca distintiva. La prolongada ausencia de su padre cazador; el trabajo recolector de su madre y su convivencia dentro de una confusa comunidad de muchas familias, obligó los infantes a desarrollar una fuerte identidad individual de familia y de comunidad, relacionada con un territorio que le brindaba seguridad y alimentos.

Los paradigmas de las pandillas, se relacionan con estos hechos histórico/evolutivos: Identidad, Territorialidad y Seguridad; precisamente lo que muchos jóvenes no recibieron por secuelas de la guerra y gobiernos indolentes. Las pandillas les cubrieron estas necesidades y representa para ellos, la totalidad de lo que son.

Cuando los gobiernos de turno intentaron reaccionar, con manos duras y superduras, ya era tarde, el problema se había salido de control. Estas políticas fueron equivocadas, por estar incompletas; pero no tanto como la actual.

Los asesinatos ligados a pandillas, fundamentalmente son por control y usufructo territorial.

El gobierno, desbordado por las estadísticas, decidió reconocer el control y permitir el usufructo de territorios a las pandillas, como medida desesperada para bajar asesinatos. Sobornó,  chantajeó y apoyó a viejos líderes, para que controlaran la situación. Nunca se sabrá hasta qué punto llegó ese apoyo.

Esta política, no resuelve el problema, lo empeora. Es un reconocimiento tácito, a las pandillas, como fuerzas beligerantes en control territorial. Aparte de ser inconstitucional, genera una especie de “guerra fría” entre las pandillas. No se asesinan, pero se desata una carrera armamentista y reclutamientos masivos. Les permite mayor maniobrabilidad y mejoran su imagen. Por esa razón, no es de extrañarse que el número de miembros, se haya duplicado en unos años. Y el mismo ministro de seguridad reconoce que están mejor armados. Lo grave de este proceso, es que en vez de debilitar, se refuerza el instinto territorial, fundamento cultural de pandillas, además de tolerar el usufructo de dichos territorios.

No puedo criticar un proceso sin sugerir otro. Este fenómeno es una responsabilidad de la sociedad. Recordemos que cada uno de estos pandilleros, nació inocente. Los perdimos en el camino y es nuestra obligación buscar una solución integral. Como sociedad, hemos pagado caro este error, este descuido. No es justo seguir pagándolo, por políticas equivocadas o por falta de estas. No es con pactos oscuros que se resuelve, es con grandes consensos, nacionales y transparentes. Resolver este problema no es para políticos cobardes con discursos confusos y ambiguos, que esconden su incapacidad con propaganda; ni para oscuros, hipócritas y mentirosos.

Se necesita un fuerte liderazgo que  diga “No Más”. Que haga un mea culpa sincera, pero también un cierre de factura; e instale una Mesa Nacional de Diálogo para la Convivencia Pacífica. Esta debe encargarse de diseñar una hoja de ruta, mediante la cual, se puedan desmovilizar, rehabilitar y reinsertar los salvadoreños que por diversas razones, estén organizados en estas estructuras. Pero al mismo tiempo, enfrentar con valentía y determinación, y con todos los recursos disponibles, a quienes se resistan a deponer sus armas y sus intenciones criminales.

La desmovilización debe ser producto de una negociación que incluya amnistías, reformas constitucionales. La rehabilitación incluye un programa amplio y profundo de resocialización, va a requerir muchos recursos, a lo mejor un impuesto especial y temporal. La reinserción social y laboral, debe ser un compromiso de toda la sociedad. Un borrón y cuenta nueva. Son salvadoreños y como tales, tienen su lugar dentro de la patria.

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