Colaboradores

15 Feb 2014
Colaboradores | Por: Ernesto Hernández Otero

Tin, marín, de do pingué

Podemos diferir en visión política, podemos querer cosas diferentes para el país, pero lo que sí tenemos todos en común es el cansancio y el hastío de haber vivido una de las peores campañas presidenciales de la joven historia de  la democracia salvadoreña.

Hay razones obvias que permiten afirmar lo anterior,  y bastará citar los ataques personales con los que todos los partidos, movimientos, o grupos ocultos de poder han denigrado a cada uno de sus contrincantes, sin limitarse a su persona, sino que han utilizado como armas a los mismos compañeros de partido, familiares e incluso amigos, con tal de destruir y deslegitimizar a los que ven como oponentes.

Los señores políticos, funcionarios públicos, y el mismísimo Jefe de Estado, han hecho de la democracia un circo, y de nuestro poder que es el voto, un chiste mal contado.

Las organizaciones con tinte político no lograron levantar los ánimos de un pueblo cansado de tanta mentira. La oposición no consolidó un proyecto por el que diera ganas luchar; y el partido de turno, aun moviendo la maquina gubernamental, no consiguió demostrar el cambio que nunca llegó.

Pero hay que ser realistas. El mayor oponente de cada candidato fueron ellos mismos, con planes de gobierno vacíos, irreales, imposibles; que son más bien, una burla hacia todos los que votamos.

Y para mayor ironía, lo único que se ganó en la primer vuelta fue un mes más para seguir recibiendo el bombardeo continuo, constante e inútil, que contamina las radios, canales de televisión, calles, y hasta aplicaciones móviles, donde aparece la publicidad de los 2 finalistas y más de algún descalificado.

Tenemos mala memoria histórica, pero tenemos la oportunidad de hacer nuevas historias, y podemos comenzar ya. Lo primero sería exigir un debate de ideas y no repetición de los anuncios que ya todos oímos. Un debate con números reales, porcentajes, que hablen de la ventaja competitiva de su programa de gobierno. Dirigido y moderado, por personas capaces de contradecir si los números son falsos; e insistir en preguntas elementales en las que los candidatos den vueltas y vueltas sin responder.

En segundo lugar, no permitamos que otros políticos ni funcionarios públicos llamen al voto por cualquiera de los candidatos. Si vamos a votar, que sea por convicciones muy propias. Eso permitirá que investiguemos las propuestas, y que el voto no vaya a una bandera; sino específicamente a uno de los dos candidatos, a uno de los dos proyectos.

Como electores de pleno derecho, debemos dejar atrás la época de colores, y banderas separatistas. Tenemos que construir la idea de país que queremos, y con base en esa idea, exigir una nueva clase política que nazca del interior de las necesidades de la sociedad.

Necesitamos un nuevo grupo de políticos que tengan la vocación de hacer las cosas bien. Incluyendo a todos los sectores, integrando a los jóvenes, fomentando la democracia y generando buenos cambios.

Empecemos por creer que merecemos un cambio, sigamos por demandar la renovación de la clase política, continuemos por tomar el liderazgo de representar nuestras ideas, y abrámonos a la posibilidad de tener un nuevo país.

Hagamos Patria, seamos Patria. Hasta que podamos decir: ¡Viva la Republica! ¡Viva El Salvador!

Para mientras, para esta segunda vuelta, conformémonos con dar un voto mitigado por el candidato que cada quien considere “el menos pior”; y si aun así no sabemos por quién votar, siempre tendremos la posibilidad de hacer un  tín, marín, de do, pingué…

 

*Colaborador de MedioLleno

 

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