Colaboradores

10 Ene 2015
Colaboradores | Por: Estefany Juárez

Teléfono inteligente, usuario… ¿no tanto?

¿De qué sirve crear dispositivos inteligentes para operadores irresponsables? Al final, no es el teléfono celular o el dispositivo el que acaba con la raza humana, es el operador quien toma la decisión de hacerlo.

Hablemos de un tema extenso: la vida en tiempos de smartphones (teléfonos inteligentes). Hoy en día es casi un sacrilegio no poseer uno de estos aparatos tan maravillosos, ya que el mercado no está acaparado únicamente por marcas que no son tan asequibles para el bolsillo del ciudadano promedio. En su lugar, existen otras marcas que ejercen las mismas funciones que los dispositivos de las grandes transnacionales consagradas y a un precio mucho más accesible, por lo que reafirmamos: es pecado no poseer un smartphone en estos tiempos.

Las ventajas de las interesantes máquinas son innumerables. Sus funciones van desde entretener y pasar momentos de ocio hasta, incluso, detectar problemas de salud con la ayuda de un dedo. Las posibilidades son infinitas y si se unen esfuerzos tanto científicos como económicos, se pueden alcanzar niveles de desarrollo y adelantos magnánimos.

Pero como en cada situación de la vida, siempre existen desventajas y problemas que pueden sembrar una disyuntiva en la mente de cualquier persona analítica antes de adquirir estas maravillas modernas. Muchos han satanizado la existencia del teléfonos y dispositivos inteligentes a tal grado de hacer creer que son un aparato que tarde o temprano acabará con la raza humana. Antes de culpar a un artilugio que no posee capacidad de actuar por sí mismo, comencemos analizando el uso que el ser humano pensante dueño de este le proporciona.

Podemos iniciar mencionando el hecho de que pareciera que cada bebé que nace trae consigo una especie de chip inexistente que hace que un teléfono le atraiga más que un juguete, como hace 10 años. El problema no recae en el inocente ser que no sabe valerse por sí mismo, sino en la irresponsabilidad del progenitor o responsable, que al no encontrar otra forma más creativa, y fácil, de apaciguar a la criatura, le brinda el teléfono celular, haciéndole creer que la solución a cada problema se encuentra entre las teclas y la pantalla, limitando hasta cierto punto la capacidad de análisis y socialización temprana del niño.

Otro de los casos que se pueden traer a mención son los e-romances, y estos no se refieren únicamente a las situaciones en las que se conoce a una persona por internet, sino a la mayoría de las relaciones de hoy en día. Al ver a una pareja de jóvenes, no se sabe si la relación se mantiene con la persona a su lado o con el teléfono en su mano. La mayor parte de citas transcurren entre miradas, mensajes, uno que otro abrazo, mensajes, miradas, mensajes, mensajes y mensajes. El aparato puede ser un útil aliado en las relaciones a distancia, pero es increíble cómo se prefiere recibir un mensaje, tuit o publicación del ser amado a escuchar su voz. Las relaciones (no sólo en jóvenes, sino incluso en algunos adultos) se han deformado hasta perder el sentido completamente; no sólo las relaciones amorosas, sino las salidas con amigos, fiestas, citas, entre otros.

Es muy común ver cómo en muchas de las ocasiones antes mencionadas, los individuos prestan más atención a su teléfono que a lo que se está a su alrededor, ya sea la intención de capturar un momento en lugar de vivirlo, o de evitarse una situación incómoda, el dispositivo móvil se convierte en el principal elemento en cualquier evento.

Así, podemos seguir mencionando infinitas situaciones en las que un teléfono inteligente puede llegar a ser barrera u obstáculo en el logro de una comunicación correcta, pero no es de culpar al aparato, que ya de por sí no puede accionarse sin que exista una orden proveniente del señor y amo de éste. Toda la responsabilidad recae en el dueño, en el ser humano. ¿De qué sirve crear dispositivos inteligentes para operadores irresponsables? Al final, no es el dispositivo el que acaba con la raza humana, es el operador quien toma la decisión de hacerlo.

 

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