Colaboradores

23 Jul 2017
Colaboradores | Por: Mario Recinos

¿Son coherentes nuestros políticos?

Para darle respuesta a la pregunta planteada, debemos entender lo que es la coherencia. Si buscamos darle una definición propia y sencilla, podemos decir que es la máxima expresión de la autoridad, del camino derecho y ejemplar. Dicho en términos sencillos, esto es pensar razonablemente y esto conduce a una acción racional.

Dado lo anterior, ya podemos responder ante la pregunta ¿Son coherentes nuestros políticos? Cualquiera se apresura a contestar con un contundente “no”. Pero, en aras de ser equitativo, no se puede decir que son incoherentes, sin antes plantear la definición de incoherencia; que no es nada más, que la falta de razonamiento en pensamiento y acción. Como resultado en actos difícilmente explicables.

Con ambos planteamientos definidos podemos contestar un libre, contundente, fundamentado y sentenciado “no”. No son coherentes, ya que sus palabras no concuerdan con sus acciones. Aquellos que enarbolaban la bandera de la justicia social, hoy se apropian disimuladamente del dinero que con sacrificio se ahorra; aquellos que por mucho tiempo señalaban la corrupción y pedían su imprescriptibilidad, hoy son corruptos y defienden la prescripción de dicho delito. Incluso, los que se rasgan las vestiduras, haciéndose pasar como opositores en contra de las políticas del Gobierno, no tienen la valentía para votar con un contundente “no”. Estos últimos apenas se limitan a votar con una tímida abstención.

La incoherencia no es exclusiva de nuestros políticos, sino también nuestras instituciones se pelean por hacer uso de ella y es que ¿Cómo se explica que a unos se les da 10 días para explicar la procedencia de dinero injustificado y a otros se les da 90?

Sin el más mínimo interés de defenderlos y con la clara intención de ser objetivo, debo decir que la única incoherencia que es “disculpable”, es aquella que se da por ignorancia o la falta de una mala intención de su cometido. Pero, como dice la justicia, la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento; así que, la opción correcta es el conocimiento de lo que se hace y se dice, dejando de lado el nefasto “no sabía”.

Una persona incoherente no puede mantener sus propios ideales y convicciones, ante esto pierde la autoridad sobre sí mismo y de los demás; lo que le invalida como modelo o ejemplo a seguir. De igual forma, sus acciones y opiniones pierden su valor, y autoridad moral.

Siendo optimista queda aún una opción de renovación. Queda en cada uno de nosotros, el hecho de ser coherentes con el propio descontento personal y popular en contra de los malos políticos. Acompañado de la crítica, se deben proponer soluciones. La propuesta concreta es la renovación; es el momento de una verdadera revolución social. No como Fidel, ni como “El Che”, sino hablo de una revolución sin falacias, impulsada por el genuino deseo de un mejor país. Es el momento de regalarle coherencia a esta sociedad sedienta de renovación.

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