Colaboradores

13 May 2017
Colaboradores | Por: Juan Carlos Rivas

¡Salvadoreños! Tenemos ceguera colectiva

En un momento en que los ojos del mundo están puestos en El Salvador, la clase política más extremista se empeña en dar una cátedra de intolerancia, desacuerdo y mediocridad. Si a esto le sumamos la extrema situación de violencia criminal, la crisis fiscal, la corrupción estatal y la falta de transparencia, el populismo, la lucha de clases o lucha de ideologías que en nada abonan al progreso y el desinterés de la ciudadanía por hacer valer sus derechos; podemos situar a la sociedad salvadoreña en un caos que se debate entre sobrevivir en un Estado fallido o agonizar junto a una república, que para colmo está a punto de perder también su identidad. Pese a los maquillajes forzosos como la “Marca País” o las ponencias en los organismos internacionales que realiza el Ministerio de Relaciones Exteriores, e incluso el mismo presidente de la República; los ciudadanos no pueden dejar de percibir el enredo y el embaucamiento, al cual nos han sometido las extremas con su politiquería barata y sus falsas promesas electorales.

La corrupción, que no solo abarca el enriquecimiento ilícito, es uno de las principales síntomas del cáncer que carcome a la política nacional, cuya práctica desleal, solo sirve para la confrontación. Desde hace cinco años, El Salvador es percibido como uno de los países más corruptos a nivel mundial, por tal razón el Capítulo de Transparencia Internacional calificó con la evaluación más baja al sector público salvadoreño, situación que viene a representar un retroceso en la percepción internacional de lucha contra la corrupción.

Casos como los de los expresidentes Antonio Saca y Mauricio Funes, que realizaron millonarios desvíos de fondos estatales, o las recientes acusaciones de enriquecimiento ilícito de funcionarios como Sigfrido Reyes, Oscar Ortíz y media docena de diputados;  junto a otros polémicos, como el blindaje de José Luis Merino acusado de proveer de armas a la guerrilla colombiana y lavar  dinero para las FARC y Venezuela, contribuyeron para que se percibiera como corrupto al país más pequeño de Centroamérica.

Los casos de Merino y Reyes, por ejemplo, son una muestra de que la corrupción ahora se ha dedicado a crear puestos “a la medida” y a nombrar a funcionarios de tal manera que queden blindados ante un eventual enjuiciamiento. Sigfrido Reyes fue nombrado como embajador para la promoción de las exportaciones e inversiones de El Salvador justo cuando era cuestionado por amasar una fortuna de $1.4 millones de dólares; mientras que, José Luis Merino fue nombrado “Viceministro para la Inversión y el Financiamiento para el Desarrollo”, en medio de una crisis fiscal, y luego de haber sido ha sido señalado por funcionarios del Gobierno de Estados Unidos de haber cometido varios delitos.

Y, por otro lado, se descubren nuevos casos que son explotados por los medios de comunicación. José Adán Salazar Umaña, mejor conocido como “Chepe Diablo”,  fue acusado por el delito de lavado de dinero y activos, y señalado de estar relacionado con el narcotráfico internacional y, también, con el vicepresidente de la República.

También, el Ministerio de la Defensa, David Munguía Payés, se ha visto implicado en corrupción, entre los más sonados está el del soldado miembro de la MS, que trabajaba en una oficina de Inteligencia Militar que asesora a Munguía Payés; además está la famosa tregua, donde incluso se llegó a pagar importantes cantidades a los líderes de pandillas, así como el desvío de fondos del impuesto a la telefonía.

El gobierno miente todo el tiempo, los políticos se dedican a hablar y a decir tecnicismos, la prensa se queda corta en sus intenciones, entonces ¿Qué nos queda a los ciudadanos? Pues la protesta, la marcha, la convocatoria, la huelga y, sin embargo, la sociedad salvadoreña es indiferente, pasiva, desatendida, superficial, materialista y hasta utópica. ¿Será que todos están ocupados en el estadio y las iglesias? Esto solo puede significarme que la sociedad salvadoreña da una clara muestra de padecer una ceguera colectiva. Una falta de compromiso e incluso de amor hacia la Patria. Pero, ya es hora de voltear la página y comenzar a protestar, y exigir el respeto a nuestros políticos, cuyo objetivo pareciera ser el enriquecimiento a costillas del pueblo.

En el caso del combate a la corrupción, pues es tarea de todos la construcción de una cultura de transparencia y la reconstrucción de la moral nacional apoyada en el respeto a la Constitución; que es el compromiso que todos los ciudadanos hemos adquirido para vivir en paz y armonía. De lo contrario, seguiremos siendo manipulados, dormidos, indiferentes, creyendo que la vida es rezar una oración o gritar un gol cada domingo; mientras las arcas son asaltadas, nuestras niñas violadas, nuestras mujeres menospreciadas, nuestros ancianos olvidados y nuestra identidad traicionada. No podemos seguir con los ojos cerrados, ni con los brazos dormidos. El futuro con respeto solo podemos construirlo nosotros participando responsablemente en política.

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