Colaboradores

3 Mar 2013
Colaboradores | Por: Giancarlo De la Gasca

Reflexiones salvadoreñas

La dinámica de cualquier colectividad se fundamenta en la ley de causa y efecto. Ante una “causa” determinada, viene un “efecto” particular. Luego, este “efecto” particular, se convierte a su vez en una “nueva causa”, que producirá otro “nuevo efecto”, y así sucesivamente.

 

El Salvador no es la excepción. Y por lo tanto, la situación política que vivimos actualmente, no es ni más ni menos que un “efecto presente” de “causas pasadas”.

 

Por ejemplo, una industria demasiado desmesurada dio paso al surgimiento de derechos sociales como la jornada de trabajo máxima de 8 horas, el salario mínimo, los aguinaldos, las vacaciones remuneradas, etc., instituciones las cuales estaban llamadas a balancear un tanto la ecuación o causar un equilibrio entre los “más poderosos” y los “menos poderosos” de aquel entonces.

 

Por otra parte el ejercicio abusivo del comercio, dio también paso al surgimiento de los derechos del consumidor y un sistema, tal vez, excesivamente proteccionista del mismo que, a la postre, colocó a los proveedores con una espada de Damocles encima ante prácticamente cada una de sus actuaciones.

 

De hecho, la misma democracia que conocemos hoy en día, es consecuencia directa de un ejercicio desmesurado del poder monárquico.

 

Y así, otras tantas situaciones que han venido a regular o equilibrar lo que naturalmente sucede con los humanos: el abuso del poder que les es conferido, llámese este político, económico, popular, violento, intelectual, etc. Porque algo es muy cierto: a estas alturas, ya no es dable decir que sólo existe poder económico, como efusivamente algunos quieren hacer creer con discursos revolucionarios del pasado.

 

Ciertamente, y parafraseando al reconocido Abraham Lincoln, cualquier hombre puede afrontar la adversidad, pero para probar verdaderamente su temple, hay que darle poder. Y es allí donde surge la verdadera formula del desequilibrio actual, pero a la vez, la verdadera llave del éxito futuro. Dotar de poder únicamente a aquellas personas que tengan temple suficiente para ello; pero despojárselos, si prueban lo contrario.

 

Ya no se trata pues, de una lucha entre izquierda y derecha, sino que una lucha entre abusivos y personas decentes, sean del bando del que sean, ya que todas las fuerzas políticas tienen representantes buenos y representantes malos.

Nuestro país está simplemente cosechando lo que malos políticos sembraron en el pasado y, en alguna medida, también lo que buenos políticos hicieron. Evidentemente, mucho de lo que actualmente cosechamos no son los frutos que pensaron los dirigentes anteriores.

 

Lo que nos lleva a la siguiente reflexión para los dirigentes actuales y futuros: no hay que gobernar pensando sólo en el presente, sino que también en el futuro. Hay que darse cuenta de que, en algún momento, se tendrán necesariamente que intercambiar los cetros y los tronos que en ese momento ostentan, por simples herramientas y hamacas como cualquier otro ciudadano.

Mientras más inclinen la balanza hacia un lado, más fuerte será el efecto de péndulo que regresará volviendo a lo mismo de siempre.

 

Tienen en sus manos una valiosa oportunidad (y una enorme responsabilidad) de equilibrar lo que sucede en esta tierra.

Por tanto, no hagan hoy, lo que no quieren mañana, ni repitan lo que tanto criticaron ayer.

*Colaborador de MedioLleno

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