Colaboradores

17 Ago 2013
Colaboradores | Por: Carlos Alejandro Morales

Quizás el problema no es solo la amnesia…

Social y políticamente hay temas que realmente son complicados de discutir ya que terminan siendo un arma de doble filo que cada quien blande de la forma que más le favorece; temas en los que,  de no enfocarse con una mentalidad abierta, la objetividad termina brillando por su ausencia y los involucrados terminan en un bucle infinito del que se vuelve imposible escapar. Recientemente leí, en este mismo espacio, un artículo que trataba sobre uno de estos tópicos y mencionaba “la amnesia” que sufrimos la gran mayoría de este país. Como era de esperar, los comentarios no tardaron en aparecer, pero lo que era curioso fue cómo cada quien recordaba aquello que favorecía su ideología o simplemente ensombrecía a sus opuestos.

Por esa razón quisiera retomar el tema procurando darle un enfoque un tanto diferente al ciclo de discusión infinito al que ya hice alusión.

Hace muchos años atrás, en la televisión nacional los noticieros anunciaban con sobresalto cómo un diputado en estado de ebriedad había disparado a unos agentes de la policía. Tal delito generó el descontento de todos aquellos que pudieron observar la escena, a pesar de que muchos de los que lo vieron en aquel momento eran adultos y muchos de los que éramos niños pudimos entender la situación, este personaje sigue siendo una figura de nuestro panorama político, sigue estando en la escena, sigue siendo parte del grupo al que nosotros les dimos la autoridad para regir nuestras leyes y podría asegurar que nadie lo ha olvidado.

Por eso me surge la pregunta: ¿en qué momento surgió la amnesia ante aquel acto para que él siguiera conservando su papel? ¿Fue justo al momento de ejercer el sufragio que el pueblo salvadoreño omitió la escena de sus recuerdos? No, la gente simplemente decidió qué parte deseaba olvidar y en este caso fue olvido a la persona mas no a la bandera; ciegamente siguió brindando su apoyo sin exigir un cambio por alguien de una moral más reconocida. Podríamos escribir un libro mencionando los actos que le hemos permitido a quienes son los denominados padres de la patria. Actos que van desde algo tan sencillo como no saber leer ni escribir hasta cometer delitos por los que cualquiera de nosotros estaríamos guardando prisión sin la menor de las esperanzas.

Cuando vayamos a hablar de amnesia no la hablemos para criticar a otros sino para acusar a los mismos que apoyamos, para decirles “creímos en ustedes y no han sabido corresponder la confianza que les depositamos”

Quiero agregar algo más con el fin de que reflexionemos: a veces preferimos recordar el acto que “repudiamos” y tener amnesia de lo que sucede después. En la memoria salvadoreña se encuentra el desalojo de muchos vendedores del centro capitalino, pero en muchos casos se olvida la reducción de la delincuencia que esto trajo; recordamos el estatus social de los grandes empresarios pero olvidamos que el domingo estábamos en la iglesia dándole gracias a Dios que obtuvimos un empleo; recordamos todos los beneficios de la multinacional Alba pero omitimos recordar cuántos pequeños empresarios perdieron sus oportunidades por no poder competir; recordamos cómo en gobiernos anteriores muchos políticos han sido acusados de fraudes y otros delitos pero decidimos olvidar cómo el gobierno actual niega información que prometió siempre compartir; recordamos a qué partido político perteneció un candidato o diputado pero olvidamos que las acciones son realizadas por la propia voluntad de cada persona.   

Siendo un poco más que realistas, quizás no sufrimos amnesia colectiva sino que más bien tenemos una capacidad de memoria selectiva eligiendo arbitrariamente qué queremos recordar, ya sea porque eso favorece la manera en la que nos han enseñado a pensar o porque nuestros propios prejuicios no nos permiten abrir nuestra mentalidad un poco más. Debemos aprender a ver la diferencia entre un delito, su hechor y el partido político al que pertenece, etc. y otros tantos aspectos que dejamos de lado. Desde el momento en que decidimos olvidar una parte de todo el cuadro es como que si armáramos un rompecabezas y omitiéramos colocar algunas piezas solo porque no nos gusta el color: conservaríamos la mayor parte pero no lograríamos apreciar la imagen completa jamás.

 

*Colaborador de MedioLleno

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