Colaboradores

15 Feb 2013
Colaboradores | Por: Edwin Bran

Quieres saber quién es un hombre… dale poder

Siempre he pensado que los hombres, cualquiera que sea su pensamiento o sus creencias, una vez alcanzan el poder buscan la manera de perpetuarse en él, ya sea buscando permanecer en su cargo el mayor tiempo posible o buscando implantar sus ideas creando condiciones favorables para que estas sean promovidas y aceptadas con facilidad.

 

Pero el 11 de febrero del 2013 todos los ciudadanos del mundo recibimos una noticia que fue como rayo caído del cielo: el Papa de la Iglesia Católica Benedicto XVI, anunció que renunciará a sus funciones el día 28 del mismo mes,una decisión que apenas cuenta con poco más de tres precedentes comprobados en la historia de la Iglesia  (Benedicto IX, Celestino V y Gregorio XII) con lo que Benedicto XVI será el primer pontífice en hacerlo en los últimos 598 años.

 

De inmediato empezaron a circular comentarios y teorías de conspiración dignos de destronar al best seller de Dan Brown, los cuales cuestionaban los verdaderos motivos del por qué el Obispo de Roma estaba renunciando a su cargo.

 

Y es que en nuestro mundo actual nos resulta difícil creer que una persona que es considerada la cabeza de la Iglesia Católica, cabeza del Colegio Episcopal, jefe de Estado, soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y el líder y guía de más de mil millones de personas en todo el mundo, aparezca diciendo que no tiene fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino, que para gobernar es necesario el vigor del cuerpo y del espíritu y que ha “de reconocer su incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Humildad pura.

 

No hay que buscar conspiraciones donde no las hay, no se trata de descubrir quién inventó el agua hirviendo. Y es que Benedicto XVI desde sus primeras palabras como Papa demostró que su humildad era sin duda la mayor de sus cualidades: “queridos hermanos y hermanas: después del gran papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes”. No hay soberbia, no hay altanería, no hay arrogancia; reitero, humildad pura.

 

En lo que a su renuncia concierne, el Derecho Canónico no establece ninguna oposición siempre y cuando el Pontífice exprese su renuncia de forma pública y libre; el Canon 332,2 además establece que “los dos modos previstos en la legislación para el cambio en la cabeza de la Iglesia son el fallecimiento o su renuncia y que este segundo supuesto tiene una peculiaridad: no se requiere que sea aceptada por nadie, dado que no tiene superior en la tierra”. Por lo que el Papa Benedicto XVI ha hecho las cosas de una manera impecable, con plena conciencia y, como dictan las normas canónicas.

 

El Papa entendió el final de su pontificado como un sacrifico, el cual llevaba consigo la mayor lección de humildad en la historia reciente. Basta con ver algunos ejemplos de líderes mundiales que a pesar de padecer de gravísimos problemas de salud, sufren verdaderos conflictos para renunciar a sus posiciones de poder, ya que se consideran monarcas absolutos y que piensan que sin ellos sería imposible que su rebaño saliera adelante. Países donde las excusas bajo las que se justifica la perpetuidad en el poder son insultantes.

 

En El Vaticano por otra parte, la humildad mostrada por Joseph Ratzinger al admitir que su salud no le permitía seguir en su cargo no le fue suficiente, además anunció que no participará en el cónclave que elegirá al nuevo Papa ¿Cuáles consultas internas ni que ocho cuartos? Este hombre polaco de 85 años evidenció que se necesitan valores y carácter para hacer valer la transparencia en el poder. Gracias a nuestro Papa por decirle al mundo de manera tan clara que la prepotencia está sobrevalorada, que empleemos el valor de la sencillez y la humildad que ahí es donde esta la verdadera felicidad.

 

El Papa Benedicto XVI nos ha dado todo lo que tiene, no debería de llamarse católico el que se atreva a pedirle más de lo que ya nos ha entregado.

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