Colaboradores

4 Oct 2015
Colaboradores | Por: Luis Ricardo Paredes

No somos quienes creemos ser, somos lo que “debemos” ser

Nos atacamos por ver “quién es mejor” o “quién tiene la razón”. En lo religioso, ya sea católico, protestante, mormón, judío, inclusive si se autodenomina ateo o agnóstico, todas las personas son libres de creer lo que quieran.

Muchas veces no nos percatamos de que somos nosotros mismos los que provocamos mantenernos estancados en nuestro crecimiento en muchos ámbitos, uno de dichos factores es porque somos bastante cerrados al pensamiento ajeno. Para nosotros las cosas son como las entendemos nosotros mismo y nada más, no aceptamos más puntos de vista, más ideas, más creencias, ni la diversidad de ellas. Una característica de las sociedades desarrolladas es la amplia gama de culturas y pensamientos que en ella se encuentran, pero, al mismo tiempo que están presentes, conviven, se respetan y se toleran, formando sociedades inclusivas y multiculturales que logran formar ciudadanos sin miedo a lo nuevo ni a lo distinto.

Nos atacamos por ver “quién es mejor” o “quién tiene la razón”. En lo religioso, ya sea católico, protestante, mormón, judío, inclusive si se autodenomina ateo o agnóstico, todas las personas son libres de creer lo que quieran. En nuestro entorno, la religión es impuesta por los padres cuando somos unos niños; en el país se acostumbra a bautizar a los niños cuando tienen semanas de haber nacido, sin tomar en cuenta, claro, si ellos en un futuro estarán de acuerdo, o no; la religión debe ser algo meramente espiritual, y cada quien es libre de escoger cuál profesar, o no profesar, sin ser criticado ni cuestionado. En la política, los de extrema derecha, de extrema izquierda, derechas e izquierda moderadas, centristas, inclusive los que no tienen una corriente de pensamiento político definida y su accionar político es con base en su pensamiento crítico. Hasta en el deporte, discutimos por si el equipo que apoyamos es mejor que el otro, un tema que en realidad no es en lo más mínimo relevante, pero motivados por la pasión, euforia y las emociones que generan las competencias deportivas nos dejamos llevar y terminamos tratando de imponer nuestras ideas en el pensamiento de los demás, categorizando sus creencias como erróneas, vacías, a veces llegando a tal punto de denominarlas estúpidas.

Juzgamos tanto a las personas por cómo se visten, como actúan, si hacen algo bien o mal, tenemos bastantes prejuicios contra lo diferente, “lo que va en contra de lo natural” dirán algunos. Es bastante polémico entrar en temas más profundos como la homosexualidad, el aborto, el libertinaje sexual, eutanasia, donde cada quién es libre de pensar lo que se le venga en gana, pero sin imponer sus ideas a los demás y respetando lo que piensen, ya que en un planeta donde hay 7 mil millones de cabezas que piensan distinto, no hay poder alguno que rija la ideología de cada quien.

Nos limitamos tanto a lo superfluo y no a lo que realmente cuenta, lo interno, los incentivos que nos motivan a ser de tal manera, o ser de tal otra, porque en nuestro país “lo correcto” es actuar como todos, como la multitud, alguien diferente se torna raro, una amenaza para los estereotipos, hay que hacer que piense y actué como la gran mayoría, que actué “correctamente”. Esto es fundamentalmente enseñado en casa, cuando somos apenas unos niños, nuestros padres condicionan nuestra cabeza delimitando los parámetros de lo bueno y lo malo, lo socialmente visto de esa forma. Aunque es bastante subjetivo, si lo analizamos desde un punto de vista macro, la gran mayoría es así, por el mismo condicionamiento que, de niños, nos inculcaron.

Desde el momento que nos corrigen para que actuemos de una manera determinada, o que actuamos según el ejemplo de los demás (ya sea nuestros padres, cualquier otro familiar, amigos, etcétera) dejamos de ser nosotros mismos, perdemos la autenticidad que nos caracteriza como individuos. Es así como la sociedad salvadoreña pierde diversidad, pierde un ser imaginativo y creativo, sin prejuicios y con ganas de ser distinto, de marcar una diferencia en pro de El Salvador.

No somos quienes creemos ser, sino lo que “debemos” ser, ya que en nuestro país no existiría el racismo, la discriminación, el maltrato a la mujer, la pérdida de valores patrióticos, la pérdida de cultura y folklore, inclusive la violencia y corrupción podrían verse disminuidas, si fuéramos más inclusivos, más abiertos a diferentes ideas y pensamientos. Nos es imposible que continuemos utilizando muchas creencias populares para expresar sucesos del día a día, o acontecimientos, buenos o malos, que pasan a nuestro alrededor, pensando que “todo pasa por algo” o “porque te tocaba que te pasará”, ello nos condiciona a pensar que hay fuerzas más allá que controlan lo que ocurre, sin tomar en cuenta que somos nosotros mismos los que podemos manejar nuestro destino, con  las acciones que hagamos hoy para cambiar el rumbo de nuestras vidas y de un El Salvador que quiere salir adelante.

En este mes de septiembre, donde 194 celebramos la independencia, conmemoramos ser un pueblo “libre”, entre comillas, porque aún, al parecer, no tenemos libertad de pensamiento, libertad de expresión (no oprimida por el Estado, sino por la misma sociedad), ni libertad al tomar una decisión que tendrá un efecto de por vida en nosotros sin ser juzgados por los demás, tomemos conciencia para que unidos, a través de la familia, como núcleo fundamental de nuestra comunidad, logremos dejar atrás aquellos males que aquejan a nuestra amado país, y nos afectan a todos los que vivimos en él; este país, que (sin el mínimo afán de sonar antipatriota) es una jungla en potencia, que, poco a poco, será incontrolable, invivible. Nuestro deber es fomentar el constante apoyo por parte de esta base social, que ayuden a motivar a sus miembros para que estén en continuo proceso educativo, incrementen la comunicación entre ellos, crezca su autoestima, la independencia personal, libertad de pensamiento y expresión, y así, poder salir adelante.

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