Colaboradores

4 Oct 2012
Colaboradores | Por: Gustavo Rico

No más caudillos por favor

América Latina ha sido testigo de varios caudillos que en el pasado tomaron las armas bajo el estandarte de la libertad y la unión de sus pueblos. Hoy aparecen caudillos modernos con marcados tintes políticos e ideológicos, tomando como suyas las luchas que en el pasado hicieron los grandes héroes que ilustran los libros de historia. Un niño que se disfraza de Chapulín Colorado no daña a nadie, pero que gobernantes se disfracen de caudillos sin haber hecho una lucha independista real, y autonombrándose redentores de los pobres del mundo, eso sí causa daño, y perjudica a todo el continente.

En Venezuela, Hugo Chávez ha secuestrado la imagen de Simón Bolívar, caudillo que ayudó a la emancipación de seis países de la Corona Española. Actualmente Chávez dice luchar contra el Imperio Norteamericano. Chávez no posee los ideales, los discursos, el físico ni la moral de Bolívar, quién estaba en contra de las tiranías, los mandatarios eternos, y la subyugación de sus propios pueblos por la fuerza. En Honduras, un desconocido Manuel Zelaya llegó al poder bajo la sombra de ser el nuevo “Francisco Morazán”, caudillo que estuvo a la cabeza de la República Federal de Centroamérica. Zelaya terminó abandonado vistiendo pijamas en la pista de un aeropuerto de un país vecino, por los militares que le despojaron del poder.

Por otro lado, Daniel Ortega llegó al poder resucitando la leyenda de Augusto Sandino, cuya imagen inunda el país. Sandino no era comunista, luchó contra las tropas de ocupación de Estados Unidos, luego al crear la Guardia Nacional puso al frente al general Anastasio Somoza García, quién luego le asesinó. En México, Rafael Sebastián Guillén, un antiguo trabajador de los Almacenes “El Corte Inglés”, apareció en Chiapas como el “Sub comandante Marcos”, al mando del ejército zapatista, emulando al caudillo Emiliano Zapata. Él niega ser esa persona, los padres callan y el gobierno lo confirma. Así, hay más ejemplos.

Otros caudillos modernos no se cobijan bajo ningún personaje, son los eternos redentores de los pobres; son una mezcla de la Madre Teresa y San Martín de Porres. El economista Armando Rivas describe ese fenómeno así: “El llanto socialista por los pobres es hoy el mayor instrumento para hacerse rico desde el poder a través del Estado”. Aristóteles decía: “Cuando el pueblo se hace monarca viola la ley, y los aduladores del pueblo adquieren un gran partido”. Actualmente, muchos gobiernos utilizan diplomáticos con vestimentas indígenas, pero estos no viajan en burro, sino en lujosas camionetas, y vuelan en primera clase, sus estadías no son en asentamientos indígenas, sino hoteles 5 estrellas.

Muchos caudillos de Europa nacieron de la semilla socialista, esa semilla que da frutos diferentes. En Italia, el Partido Socialista se convirtió en el fascismo de Mussolini, el Partido Nacionalsocialista Alemán de los Trabajadores, derivó en el Nazismo (abreviatura de “Nationalsozialismus”). En Rusia, “el Socialismo en un solo país” se convirtió en las manos de Iósif Stalin (“hombre de acero”) en el Comunismo Internacional. Estos “líderes” tomaban posturas de ser semidioses, bravucones y valentones. Mussolini tomó la pompa del Imperio Romano. Hitler copió al italiano, y llevó a su Alemania Nazi simbología prusiana y ocultista. La idea es enamorar al hombre a seguir a su “líder” convertido en súper hombre.

En la Constitución de la República de Costa Rica encontramos, en el artículo 3“Nadie puede arrogarse la soberanía; el que lo hiciere cometerá el delito de traición a la Patria.” Y el artículo 4 dispone: “Ninguna persona o reunión de personas puede asumir la representación del pueblo, arrogarse sus derechos, o hacer peticiones a su nombre. La infracción a este artículo será sedición.”

Artículos como los anteriores deben actualizarse en las Constituciones del continente, para que no surjan representantes modernos de los oprimidos, indígenas y otros, que bajo la excusa de ser sus portavoces o caudillos, atenten contra la democracia y soberanía de nuestros pueblos.

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