Colaboradores

28 Jun 2015
Colaboradores | Por: Jorge Tobar

Nepotismo de choto

Aconsejo a Nayib que si tanta es la obsesión de poner a su familia en la alcaldía, que los ponga a competir públicamente por esos puestos con el resto de salvadoreños.

Uno de los temas coyunturales es el ingreso a puestos de dirección de familiares cercanos y lejanos de Nayib Bukele a la alcaldía de San Salvador. A la vista de muchos, eso se llama nepotismo, aunque él argumenta que no lo es, porque ellos trabajan ad honorem.

Nepotismo es un término que proviene de Nepote, que en italiano significa el equivalente a “sobrino”. Fue una práctica muy generalizada por la iglesia católica en la época feudal. El Papa y los cardenales colocaban en puestos de poder a sus familiares y amigos, en virtud de su relación afectiva y familiar con ellos, sin importar que fueran aptos o no para desempeñarlo.

Hay casos de nepotismo muy famosos, como el de Napoleón Bonaparte, que coronó a su hermano alcohólico, “Chepe Botella”, rey de España. Curioso que nunca los casos emblemáticos de nepotismo se han relacionado con sueldos ni salarios, sino con el poder, que se convierte en jugosos ingresos. En otras palabras, a muy pocas personas les importaría que un alcalde ponga a sus familiares a barrer las calles con su sueldo normal, y menos si lo hacen ad honorem.

Normalmente quienes lo han practicado lo han hecho para ocultar su corrupción, bajo la premisa de que su familiar, su hermano, su sobrino o lo que sea, por el vínculo afectivo que los une, no lo traicionaría. Por tanto, nunca a un alcalde se le ocurriría poner a un familiar a barrer las calles “de choto”. La idea es colocar incondicionales en puestos estratégicos para articular una red de corrupción compleja, pero lucrativa. Que conste, no estoy diciendo que esa sea la intención del alcalde capitalino, pero advierto que el nepotismo abre esa posibilidad.

En todo caso, nepotismo no tiene que ver con pagar sueldos sino con articular el poder. En una república como El Salvador no cabe el nepotismo de ningún tipo, ni pagado con sueldos inflados ni ad honorem. La esencia del republicanismo es la separación del poder, es desarticularlo para conformar contrapesos y autocontroles. Es bien sabido y podemos dar fe de ello que cuando se concentra y se articula el poder político, surgen los abusos, la corrupción y el despilfarro. En lo personal, aconsejo a Nayib que si tanta es la obsesión de poner a su familia en la alcaldía, que los ponga a competir públicamente por esos puestos con el resto de salvadoreños. Si resultan ser los más idóneos ante la vista pública y el concejo, contrátelos y págueles. Creo que nadie lo podría acusar de nada.

El presidente Ceren, por su parte, ha colocado a una nieta en el gobierno, que según un periódico digital no cumple con los requisitos. Y tampoco será de choto, pero parece que a nadie le importa. Los salvadoreños últimamente nos hemos vuelto pasivos, lerdos, conformistas. La cuna de la independencia de Centroamérica, rezagada en términos de dignidad, por sus vecinos. Como me dijo una vez mi padre, “todo problema tuvo un comienzo en el que fue fácil resolverlo; pero cuando crece, se hace fuerte y se convierte en un monstruo que te come, te absorbe”. El punto es que a la mínima señal de corrupción, nepotismo, despilfarro, incapacidad, etc., la población debe salir a las calles, protestar y hacer retroceder los abusos. Después, cuando ya es una práctica generalizada y aceptada, no se puede hacer nada.

Como dice una amiga mía, “no basta ser, también hay que demostrarlo”. Y el alcalde Nayib, que al parecer tiene grandes aspiraciones, debe demostrar que es digno de confianza, apegándose a las reglas elementales de honestidad, probidad, transparencia, capacidad y eficiencia. La retórica mesiánica de “Belén”, de redentor de los pobres y paladín de las causas justas, si no tiene el soporte de los hechos y resultados, se desgasta y hasta se le puede revertir.

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