Colaboradores

27 Ago 2017
Colaboradores | Por: Paula Magaña

Menos etiquetas y más libertad

Hoy en día, las etiquetas sociales son muy comunes en nuestro medio. Con ellas, todos denominamos a un sin número de personas en nuestro ambiente, ya sea en la escuela, universidad, trabajo e, incluso, en nuestra familia. Y es que con estas categorizamos a las personas en diferentes grupos sociales.

Cuando una persona no nos responde o actúa de manera educada, o socialmente como creemos que debería de hacerlo, concluimos que es “rara” y empezamos una búsqueda de la etiqueta pertinente para dicho individuo. Es importante destacar que, la mayoría de veces los padres son los primeros en categorizar y etiquetar a sus hijos de acuerdo a sus acciones. Pero no solo eso, y es que la verdad es que otorgamos a las personas tanto etiquetas negativas, como etiquetas positivas.

Una etiqueta negativa pretende encontrar un calificativo despectivo para cada persona, entre algunas están vago, drogadicto, borracho, prostituta, aburrido, bueno para nada, pordiosero, gordo, gorda, flaco, nerd, irresponsable, entre otras. Estas etiquetas están muy lejos de ayudar para que las personas tengan una autoestima alta, ya que con el tiempo estos “calificativos” se graban en nuestra mente. Más tarde, pasan a convertirse en una realidad y limitan, poco a poco, la vida. Inclusive, puede llegar un punto en que las personas se crean los que otros piensan de ellas, llegándola a adoptar como propia.

Las etiquetas positivas, al contrario, ayudan a las personas en su autoestima, y las motivan a ser mejores entre ellas. Entre estas se destacan: estudioso, trabajador, amigable, sociable, buena persona y hasta, saludable. Etiquetamos a las personas según nuestra percepción y la primera impresión que ellos nos transmiten por su forma de vestir, de actuar o de hablar.

A menudo, algunas personas pueden llegar a tener temor de no ser aceptados si se llegasen a mostrar como en realidad son. Pueden temer a ser categorizados de una manera negativa por largo tiempo, lo cual puede llegar afectar su imagen en diversos ámbitos sociales.

La mayoría de veces juzgamos y etiquetamos por mínimas cosas, incluso por los gustos musicales de las personas, por el lugar en dónde viven, en dónde trabajan o estudian, por la ropa que visten, su forma de ser o hablar. Todos estos factores determinan, de una u otra manera, el poner una etiqueta sin antes conocer a las personas y aún después de conocerlas, nuestra percepción no cambiara por un buen tiempo. Al hacer esto, no damos la libertad a las personas de mostrarse como en realidad son,  una oportunidad de quitar la etiquete o, mejor dicho, prejuicio.

Muchas veces, estas etiquetas en el caso de ser negativas afectan emocionalmente a las personas de una manera muy grave. En casos extremos, como el del bullying, que incluso ha llevado a muchas personas a perder la motivación de seguir adelante o a estar al límite o cometer suicidio.

Es muy importante recalcar que, debemos de formarnos una percepción personal de cada persona al conocerla. No dejarnos llevar por lo que dicen, sobre todo, evitar conocer a alguien por dicha etiqueta y tampoco juzgar sin antes conocer el porqué de su forma de ser, su personalidad. Todos tenemos una personalidad diferente, y por ello es que cada percibe el mundo de diferente manera. Al final de cuentas, es como si cada cabeza fuera un mundo propio lleno de expresiones, emociones y recuerdos.

En conclusión, aunque las etiquetas están en nuestra vida cotidiana y no hacen prejuzgar a las personas que conocemos día a día es una situación de la cual nos debemos desprende. Solo así lograremos tratar a la persona tal y como es, sin prejuicios, etiquetas o discriminación.

No existe persona “normal” en un mundo en el que todos somos diferentes; solo hay personas que requieren de nuestra ayuda para encontrar su camino. Para continuar con su aprendizaje y disfrutar de la vida.

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