Colaboradores

15 Nov 2013
Colaboradores | Por: José Echeverría

Los que todos miran pero nadie ve

El reloj marca las doce del día. Estoy en la parada del bus. La típica escena. Un par de policías mal encarados, una señora con su niña a la que a regañadientes le dice que no se toque los ojos con las manos sucias, un señor al que parece pesarle la vida y un par de empleados de oficina. El tráfico saturado pues es la hora de almuerzo, los colegiales están saliendo, otros van a comer a sus casas. En fin, clásica estampa de un mediodía en la ciudad. 

El bus se tarda en pasar, supongo que vendrá lleno. Otros que también están en situación similar a la mía comentan que las unidades a esta hora van rebalsando de gente. Nada fuera de lo normal. Nada por lo que sobresaltarse. De pronto uno de los policías le hace de señas a un bus que se detenga. Va subir por atrás, pensé. Me equivoqué. Se asomó por la puerta delantera y ha tomado por sorpresa a dos huele pega que iban a bordo de la unidad.

Se bajaron aquellos dos pequeños desdichados como ya listos para la requisa que sabían que se les avecinaba. A uno de los sujetos, el mayor, vamos a llamarle “Amarillo” por la camisa que vestía. Amarillo anda descalzo, sucio, con callos enterrados en los pies que parecen gritar a cada paso su desdicha de ir atravesando esta vida. Al compañero de este, vamos a llamarle “Peque” pues es un muchachito que parece no rebasar los nueve años, a lo mucho. Su situación y su vestimenta no difieren tanto de la de su compinche. Parece en su mirada expresar esa duda, esa constante pregunta, de qué estará haciendo en este planeta, tan extraño, tan miserable con él. Ya sabían lo que les esperaba. Con los ojos cargados de sorpresa y sin intención alguna de huir, el más grande se detiene, lo mismo hace su pequeño compañero de viaje. ¡Apurate pues, contra la pared! Le dice el policía con tono cargado de autoridad y una pizca, propia de ellos, de soberbia. Como para reafirmar quien iba mandar a partir de ese momento, el policía le da un empujón. Esa reafirmación de poder fue innecesaria como innecesarias son otras tantas cosas en la vida… en el país.

Todos quienes estaban presentes clavaban sus miradas en aquellos pillos y quizás más que en ellos, en la forma que aquel inquisitivo policía registraba minuciosamente a los desdichados. Al cabo de un rato el policía les permite irse y qué mas podría hacer, para donde se los podría llevar si decidiera llevárselos. ¡Ah! Quizás a un hogar donde se puedan asear, alimentarse y recibir instrucción en algún oficio o algo que les permita mejorar sus condiciones de vida presente y futura. Se me olvida que este es El Salvador y en realidad lo del momento es conseguir aviones y construir vías y “modernizar” el transporte público. Ya asustados se van Amarillo y Peque. Llevándose nada mas lo que traían; sus botes repletos de pega para zapato con que tuestan sus pulmones, sabrán ellos con que finalidad aunque no se me ocurre otra que no sea matar el hambre… matar la realidad.

Para cuando importe mas reducir la cantidad de hambrientos, indigentes, vagabundos, ancianos y niños en las calles que gastar millones en aviones de lata, probablemente Amarillo y Peque ya no estén en las calles porque lo mas seguro es que ya no estarán ni siquiera con vida. Cuantos Amarillos y Peques no deambulan todos los días y otros tantos nacen y no les vislumbra un futuro muy distinto al de aquel par. Y cuantos gobiernos han pasado y cuantos mas tendrán que pasar hasta que por fin importe lo que realmente debe importar: la humanidad.

  • Saul Cruz

    Excelente articulo, sentí que yo los estaba viendo. Que por lo mismo, me dio tristeza. Así es este nuestro “El Salvador”.

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