Colaboradores

17 Ene 2016
Colaboradores | Por: José Arévalo

Los muros de los salvadoreños

Para poder destruir los muros que nos atrapan en nuestros hogares debemos destruir los muros que nos atrapan internamente. El propósito de estas palabras es motivar la reflexión y no pretendo dar respuestas a los problemas que nos aquejan.

Muchas veces, en mi adultez, me he preguntado adónde perdimos el rumbo como país. Me recuerdo que, en 1992, a los nueve años y después de haber vivido varios episodios del conflicto armado incluida la famosa ofensiva “Hasta el Tope”, ya tenía edad suficiente como para comprender lo que la firma de los acuerdos de paz significaba. En ese momento se vivió un ambiente de esperanza y optimismo. El país finalmente podía tomar un rumbo que nos llevara a la igualdad, a la unidad, al desarrollo y a la felicidad plena.

Pero muy pronto nos dimos cuenta de que no sería tan fácil. Comenzaron las manifestaciones de desmovilizados, comenzaron los secuestros, aquel ataque al camión blindando con cohetes tipo LAW. Esas eran las primeras señales de que nuestra sociedad estaba enferma y que los acuerdos de paz no nos habían sanado, que había que corregir algo. Lastimosamente los mandatarios y encargados del gobierno de aquel entonces (de derecha) adolecían del mismo cáncer que los mandatarios y encargados del gobierno actual (de izquierda): el egoísmo. Y ese egoísmo que emanaba de las cabezas pronto se extendió hacia el resto de la sociedad. Al ver con alarma esas nuevas manifestaciones de violencia, los salvadoreños de todas las mal llamadas clases sociales comenzaron a velar por sus intereses particulares.

Así pues, sin preguntarnos qué podíamos hacer como sociedad, comenzamos una labor egoísta, (aunque natural) de preservación de nuestra integridad física y de nuestros bienes materiales. Comenzamos por construir muros de concreto e instalar portones en nuestras casas para que nadie entrara. Cuando eso no fue suficiente instalamos arriba de los muros alambres de púas; cuando las cosas se pusieron más feas y comenzaron a venir aquellos precursores de las pandillas no nos preguntamos qué podíamos hacer por ellos, más bien cambiamos el alambre de púas por razor electrificado. Cuando eso no fue suficiente comenzamos a construir colonias privadas con muros perimetrales, otras colonias viejas cerraron calles con portones y pusimos seguridad privada. También la pusimos en nuestros negocios, pero nunca nos preguntamos ¿por qué está pasando esto?

Ahora que somos el país más violento del mundo, que nuestros muros, alambres y los guardias de seguridad no son suficientes, que nuestras calles no son seguras para deambular o transitar, que los muertos se reportan como se reporta el clima, debemos hacer un alto en el camino y preguntarnos ¿por qué nos pasó esto?

Mi respuesta es: el egoísmo, ese egoísmo imperante en cada uno de nosotros. Que cada quien tome la responsabilidad, mayor o menor, que le corresponde y piense ¿en qué me equivoqué yo? Tenemos dos alternativas: o seguimos destruyéndonos los unos a los otros, matándonos, insultándonos, aprovechándonos los unos de los otros con tal de vivir y sobrevivir, o podemos darle otro rumbo al timón del barco que es El Salvador.

No esperemos a que los gobernantes y funcionarios hagan algo por nosotros, hay que ser realistas. A ellos no les interesamos, ellos son egoístas y solo piensan en mantener su cuota de poder y en seguirse lucrando mientras puedan; este ha sido el círculo vicioso desde los acuerdos de paz. Dejemos de sudar calenturas ideológicas que no nos van ni nos vienen, que no nos dan seguridad, paz o alimento. Para poder destruir los muros que nos atrapan en nuestros hogares debemos destruir los muros que nos atrapan internamente. El propósito de estas palabras es motivar la reflexión y no pretendo dar respuestas a los problemas que nos aquejan. Más bien creo que la respuesta debe emanar desde adentro de cada uno de nosotros y luego permear en la sociedad.

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