Colaboradores

31 May 2013
Colaboradores | Por: Boris Galeano

La información es pública, la protección es personal

Hace algunos días, escuché en un foro de salud preventiva una discusión sobre la película “Thank you for smoking”, que uno de los asistentes planteaba que el Estado debe proteger a los ciudadanos para que no consuman productos nocivos para la salud. Sin embargo, no estoy de acuerdo con ese punto de vista, pienso que no es obligación del Estado cuidar la vida de las personas sobre lo que consumen, sino más bien informar los riesgos que el producto a consumir lleva.

El Estado es un conjunto de organizaciones sociales comprometidas con el bienestar de las personas y es la autoridad que posee mayor poder para regular la vida de los ciudadanos. Pese a ello, no debe, ni tiene la obligación de proteger a los habitantes a través del control de productos nocivos que estos consumen, ya que si se cae en el excesivo dominio sobre lo que las personas consumen, se obtendría un rol paternalista, función que no le corresponde.

Hay que aclarar que el Estado debe informar, mas no manipular lo que la sociedad consume. Es decir que el compromiso del aparato gubernamental es brindar la información necesaria del producto al consumidor.

Ahora bien, el informar, obligación que le corresponde al gobierno, debe hacerse de forma completa, detallada y objetiva, tal como sostiene el Artículo 1 de la Ley de Protección  al Consumidor de El Salvador: “Recibir del proveedor información completa, precisa, veraz, clara y oportuna que determine las características de los productos y servicios a adquirir…”. Es en este sentido que el Estado, a través de la buena difusión de información (características del producto), puede lograr que la ciudadanía tome conciencia y adquiera un mayor conocimiento acerca de lo que consume.

El Estado debe, sin duda, controlar preventivamente la información que se brinda al consumidor, dado que a través de la buena información se advierte al ciudadano los riesgos o afectos que pueden ocasionar el consumo de ciertos productos para su salud. Informar es comunicar, dar noticia a alguien de algo que le interesa o puede llegar a interesarle. Basándose en tal noticia, el informado puede adoptar en consecuencia una postura conveniente para él.

Respecto a lo anterior, el ciudadano debe estar bien informado acerca del producto para saber qué consumir, en esta línea el Artículo 3 de los Derechos del Consumidor refuerza lo dicho: “Se debe ser educado e informado en materia de consumo, para poder hacer una mejor elección de los productos o servicios que adquiera en el mercado…”.

Del mismo modo, el conocimiento de la información le otorgará al consumidor mayor poder de decisión. Este conocimiento es necesario para hacer elecciones acertadas y estar al tanto de todo aquello capaz de influir en su decisión. Por otra parte, cuando el ciudadano conoce todos los datos del producto a consumir, es él el único encargado de decidir si consumirlo o no. Dicho de otro modo, el protegerse de contraer una enfermedad será responsabilidad de la persona, puesto que ya conoce la información; transformándose en una elección propia de cada individuo y no en una decisión gubernamental.

Finalmente, estoy seguro que el Estado, entre los asuntos que le compete resolver, le corresponde también el velar sectorialmente por los derechos de los consumidores; no protegiéndolos, ya que su rol no es el de un padre; sino más bien, advirtiendo a la ciudadanía por medio de información oportuna y pertinente sobre los riesgos que conlleva el producto. En todo caso, la protección estará garantizada por la atención que dé el ciudadano al momento de elegir si consume o no cada producto.

*Colaborador de MedioLleno

21 May 2017
Un minuto puede cambiarte la vida
Colaboradores | Por: Diana García

Un minuto puede cambiarte la vida

21 May 2017
Los padres de la Patria
Colaboradores | Por: Karen Rivas

Los padres de la Patria

20 May 2017
¿También te molesta?
Colaboradores | Por: Benjamin Marcía

¿También te molesta?

20 May 2017
La escuela de las pandillas
Colaboradores | Por: Diana Chavéz

La escuela de las pandillas