Colaboradores

20 May 2017
Colaboradores | Por: Diana Chavéz

La escuela de las pandillas

A él le da miedo ir a la escuela. Le gusta estudiar, hacer las tareas y jugar con sus compañeros, pero los “bichos” no lo dejan en paz, siempre lo buscan en los recreos para lanzarle la pregunta de siempre, la de todos los días. No es la primera vez que lo invitan a ser parte del grupo, en su colonia ya le han propuesto lo mismo, pero él nunca les hace caso.
Dinero, drogas y “protección para su familia” son sus principales ofertas. Nada mal para un pequeño que sufre de abusos por parte de su padre alcohólico, pero lo que lo detiene a aceptar la propuesta es su madre. Sabe que ella se sentiría muy triste si otro hijo se le va, ya que es el único que le queda con vida; así que, otra vez, rechaza la invitación, pero está consciente de que ellos no se van rendir y le van a seguir insistiendo hasta que logren incorporarlo.
La inserción de las pandillas al contexto estudiantil es un fenómeno relativamente nuevo; ya que siempre operaban de manera externa: pidiendo dinero a los estudiantes, acosando a las mujeres que entraban y salían de las escuelas o para reclutar a nuevos jóvenes, por lo que podríamos decir que, aproximadamente, en estos últimos 10 años es que las pandillas han extendido su influencia dentro de los centros escolares en sí. Ya sea como alumnos, padres de familia, docentes o empleados de las escuelas con tal de ejercer el control y determinar quién es el que en realidad manda.
Para la pandilla, las escuelas representan una manera efectiva de controlar más territorio, reclutar más miembros para sus clicas y hacer más efectivo su poderío en la población; creando tensión y temor en los docentes, y los mismos alumnos. Esto provoca que todos los que se encuentran en ese contexto se ajusten a las exigencias de dichos grupos, es por eso que, a través de las insistencias y amenazas, más niños están dispuestos a estar con ellos, porque no encuentran otra solución más que el de aceptar unirse a la mara.
El fenómeno pandilleril en los centros educativos, no solo confirma el grado de autoridad que tienen sobre las instituciones sociales, sino que refuerza aún más la vulnerabilidad en la que nuestra niñez y adolescencia se encuentra frente a estos grupos. Parece ser que, en lugar de ir disminuyendo, todo va empeorando, que van tomando más terreno y no hay manera de pararlos.
Nos recuerdan a diario que no somos lo suficientemente resilientes para poder aguantar más sus actos, pero no nos dan otras alternativas más que dejarnos caer en sus garras y adaptarnos a sus reglas, tal como si fueran dueños del mundo. Esperamos tanto tiempo para detener su fuerza, que ellos aprovecharon y nunca dejaron de crecer, evolucionaron tanto que se hicieron más grandes y complejos, y se organizaron de tal manera que demuestran ser más superiores que el sistema judicial del país.
Es lamentable cómo se va deteriorando el significado de la escuela en los niños y jóvenes. Al parecer, las calificaciones no son el único motivo de preocupación en estos tiempos, sino tratar de sobrevivir dentro de las escuelas representa un reto diario para muchos de estos alumnos que sueñan con hacer algo más que delinquir, obedecer órdenes y contribuir a esta violencia.

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