Colaboradores

31 May 2014
Colaboradores | Por: Redacción

La desigualdad, una enfermedad contagiosa

La desigualdad es un reto para todos, un problema que no se puede negar, y en el que se deben crear políticas que genere un crecimiento y desarrollo para la economía de nuestro país.

Por: Jaime Peraza

El hombre, por naturaleza, es racional, por lo que siempre buscará su beneficio. El ser racional no incluye ser justo, es decir, no asegura una ecuanimidad social. EL hombre siempre buscará tener ventajas sobre los demás, a veces no importándole que sea a costa de otros. Como lo explican los principios neoliberales, el hombre siempre busca más que menos; quiere maximizar su beneficio, que es racional, pero para sí mismo y no para su entorno.

Esta brecha se ha hecho más grande porque las clases que han resultado favorecidas históricamente no permiten que alguien más entre en su sociedad hermética, como lo explica la Teoría de la “Triada Excluyente”. Esta teoría nos lo explica en un plano mundial, pero también es válido en terreno local. Los capitales privados al tener mayor participación en la economía, han generado que estos de una manera indirecta pongan sus propias reglas del juego, muchas veces no permitiendo que otros capitales menores entre a su mercado.

En nuestro país es muy avanzada y notable esta enfermedad, a pesar de que las guerras internas que han existido en el territorio. Aunque siempre ha existido una clase dominante, se llega un punto en que la clase oprimida explota dando a conocer sus inconformidades por medio de revueltas o revoluciones, tratando de tener una sociedad más equitativa.

El Salvador es un claro ejemplo de desigualdad social, donde podemos visualizar tanta opulencia y demasiada carencia. Si este problema no se combate con políticas públicas, eficaces y eficientes que nos lleven al desarrollo y crecimiento económico, van a elevar el grado de desesperación que ya existe en este país. Aunque ya se puede palpar con los síntomas que hay: alto índice de delincuencia, bajo grado de escolaridad, tasas grandes de desempleo y pésimos salarios, entre otros. De lo anterior me detengo a reflexionar y me pregunto si son síntomas o consecuencias de la enfermedad.

No ha existido un doctor que pueda dar una receta para este mal. Hay médicos que dan su receta, que por un momento dan resultados, pero después empeoran. Caso concreto es el de nuestro país con el modelo neoliberal. El Fondo Monetario Internacional (FMI y otras dependencias internacionales, en un contexto de crisis, orientaron al gobierno de El Salador a tomar en cuenta dicho modelo, el cual ha encrudecido esta problemática, “haciendo más rico al rico y más pobre al pobre”.

El Estado es el principal responsable de esta enfermedad, ya que no ha sabido regular a la economía o se ha dejado llevarse por su propio interés mezquino. Si el Estado no reduce esta enfermedad, en primera instancia va a incrementar sus síntomas ya mencionados y, por consecuencia, va a orillar a los afectados a encrudecer el ambiente social que impera en este país.

La desigualdad ha sido históricamente una problemática entre las clases, por eso han resultado un sinnúmero de movimientos sociales que han provocado hechos como revoluciones, revueltas, rebeliones, huelgas, etc. Por esto me atrevo a decir que el Estado tiene su grado de responsabilidad, ya que en el momento en que
este interviene y procura que las condiciones sean más razonables, ese movimiento social llega a su fin o minoriza sus acciones.

La desigualdad social es un asunto que el Estado tiene que solucionar. No se pretende decir que lleguemos a una utopía y que todos seamos iguales. Pero sí a que las diferencias sociales sean menores y que todos tengamos las mismas oportunidades de desarrollo personal; no por el hecho de nacer en cunas privilegiadas unos tengan más posibilidades que otros. La desigualdad es un reto para todos, un problema que no se puede negar, y en el que se deben crear políticas que genere un crecimiento y desarrollo para la economía de nuestro país.

 

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