Colaboradores

12 Ago 2017
Colaboradores | Por: Federico Umaña

¿La cárcel es la solución?

El hacinamiento en las cárceles de nuestro país es un tema de mucha trascendencia, pues genera además de violaciones de derechos fundamentales de los seres humanos, una alta tasa de criminalidad, derivada por la falta de control sobre los privados de libertad.

Este no es un problema nuevo, pero se ha vuelto uno insostenible; debe ver desde dos puntos de vista: la lesión de derechos humanos y la disfuncionalidad que esto provoca a la labor penitenciaria.

En el primer de los casos, debemos tener claro que las condiciones que las personas tienen dentro de los centros penales no son humanas. Las personas ya no son tratadas como tal, sino como animales; estas celdas fueron originalmente diseñadas para 20 personas, pero en la actualidad tienen un aproximado desde 50a 100  reos. Esto las obliga a turnarse para dormir, descansar, e incluso usar el servicio sanitario.

Lo anterior, es independiente de los motivos que llevó a cada persona a que estar en dicha situación, ya que en dichos centros de detención se pueden encontrar reos por homicidio hasta  conductores detenidos por manejar en estado de ebriedad. No importando la razón, nada justifica que deban ser sometidos a tratos tan denigrantes e inhumanos; considerando, además, que muchas de las personas que se encuentran detenidas aún están siendo procesadas, y no se les ha probado su culpabilidad.

Ahora bien, respecto al segundo punto de vista sabemos que al final de todo, lo que se busca al encerrar a una persona es su rehabilitación, para que pueda reinsertarse en la sociedad como cualquier otro salvadoreño. Sin embargo, los actuales centros penitenciarios sirven como escuelas para los delincuentes, en donde al salir, en lugar de haber aprendido una lección y reinsertarse en la sociedad, lo hacen con rencor hacia la sociedad y para seguir con el estilo de vida delincuencial al que ya se acostumbraron. Ese que fue su diario vivir cuando estuvieron detenidos.

Dicha función penitenciaria se ha visto desbordada. Se ha llegado a tal punto que se ha dejado atrás otro de sus objetivos principales, la prevención de delitos. El caso es que los delitos se cometen aun dentro del centro de detención, por lo que cabe la pregunta ¿Qué sentido tiene castigar a alguien con una pena de prisión -aunque obviamente por un nuevo delito-, si ya está cumpliendo una? ¿No es acaso dicha situación una clara señal de que el sistema penitenciario ya falló y colapsó? ¿Acaso no genera todo esto más problemas de los que resuelve?

Ahora bien, al tener claro ya, que ningún privado de libertad puede ser tratado de forma individual -como debería de ser- para procurar su rehabilitación y estar convencidos que el camino que se avecina es oscuro e incierto, solo queda instar a las autoridades del Gobierno que se preocupen más al respecto.

Se sabe que no es nada fácil, ya que requiere además de ganas para hacerlo, un presupuesto muy grande para tratar de reducir que este hacinamiento siga creciendo. Se deben construir nuevos y apropiados centros de detención, y desarrollar programas para tratar a los privados de libertad, ya en condiciones dignas de un ser humano.

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