Colaboradores

25 Ago 2013
Colaboradores | Por: Carlos Alejandro Morales

La anécdota del camión

Comienzo aclarando que no tengo la suerte de poseer un vehículo propio, razón por la cual me transporto de la misma forma que la gran mayoría de salvadoreños, es decir, en el transporte colectivo.

Recientemente en una de dichas unidades que abordaba quedé ubicado justo al lado de la puerta de salida. Luego de un par de paradas un señor, aparentemente el único pasajero que iba a bajar, se paró justo frente a mí y me dijo con una sonrisa un tanto burlesca pero sincera: “Ese camión como que fuera ARENAZI”. Por precaución y ante la posibilidad de que fuera alguna innovadora técnica de robo y para no faltarle al respeto, giré muy poco mi cabeza y de reojo tuve la posibilidad de ver al vehículo que el señor se refería.

Era un camión totalmente blanco, exceptuando dos muy delgadas líneas horizontales, una de color roja y una de color azul, emulando muy lejanamente a la bandera del partido político al que el señor se refería. El señor en cuestión me vio fijamente sosteniendo su sonrisa y observándome como esperando que de mi persona saliera alguna observación que respaldara su idea, o al menos una carcajada que demostrara mi gusto por su referencia. Pero quizás para su desilusión yo lo vi con la misma cara que ponemos cuando nos cantan el feliz cumpleaños. Es decir, no sabía qué expresión poner o cómo reaccionar. Así que opté por asentar con una leve sonrisa y le exprese un pequeño “jejejeje”.

Luego, el señor sin responder con mayor reacción volvió a ver hacia la puerta de salida, esperando que la unidad de transporte se detuviera por completo, como si ese breve pero incomodo momento (al menos para mí) nunca hubiera sucedido. Mientras la marcha se detenía completamente, tuve la oportunidad de observar al caballero un poco más detenidamente.

Era una persona ya entrada en años, pelo canoso y piel arrugada. Su ropa estaba sucia, su mochila desgastada, sus brazos manchados con cal o quizás cemento; unas gotas grises que iban desde su muñeca hasta sus codos. A todas luces se podía apreciar que era alguien dedicado al trabajo físico o mano de obra como solemos llamarle. De golpe, varias preguntas saltaron a mi mente y por un segundo tuve muchas intenciones de detener su descenso e iniciar mi interrogatorio con “¿disculpe, señor, usted sabe qué es un nazi?” Obviamente me contuve de darle rienda suelta al interrogatorio, pero aun así, las preguntas se mantuvieron en mi cabeza. 

Mi primer interrogante no iba con ninguna intención de ofender al señor. Pero sí surgía ante la duda de ¿en qué contexto él podía tildar a alguien y calificarlo como “nazi”? ¿Cuántos libros habrá leído de la historia de la Segunda Guerra Mundial? ¿Habrá al menos visto la película de “Los juicios de Nuremberg”? Eso me llevó a pensar en todas las personas que a diario veo ofendiendo e insultando a través del internet en debates acalorados, donde el respeto al pensamiento de otros brilla por su ausencia y más aún gente con capacidad de oír o respetar argumentos de los demás.

Pero es más triste saber de gente con poco conocimiento histórico, que lejos de leer un libro vienen acarreando resentimientos de sus abuelos y padres, siendo seguidores de un color o de una bandera. No por análisis sino porque así fueron criados. Algo más que llamó mi atención fue cómo un insulto que yo consideraba limitado a las redes sociales llegó a esta persona ¿De dónde el señor obtuvo este insulto? Dudo mucho que se le haya ocurrido por su cuenta. Además, ante su humilde aspecto y su avanzada edad se me hace muy difícil considerar que es un hábil cibernauta. Incluso yendo más allá, y con una mente pretensiosa, dudo aun mas que su estado económico le permitiera contar con algo como el servicio del internet, que por el costo yo considero un lujo.

Este pasajero representa a la gran mayoría de personas con capacidad de votar en nuestro país. No importa si saben el porqué deben apoyar a un partido político o no. Simplemente lo hacen ciegamente porque así fueron inculcados, así oyeron a sus correligionarios decir; gente creyendo solo las encuestas que les favorecen, pero insultando y restándoles validez a las que no lo hacen.

Los salvadoreños, lejos de ser los máximos autores de la política y dándole el poder que se merece nuestro voto, servimos como simples peones sin capacidad analítica. No somos sabios de internet, ni por repetición.

Dejemos de perder el lugar que merecemos y levantemos algo más que la boca para insultar. Abramos nuestra mente para pensar, no en cambiar a los demás, sino nuestro propio futuro tomando nuestras propias decisiones. Por el bien de todos y no de unos pocos. Muchos han aprendido a llamar campaña sucia a decir las verdades, indiferentemente del partido político que hablemos ¿Por qué consideramos campaña sucia decir las verdades? Pienso que todas las campañas políticas son sucias. Pero es más sucio actuar como hipócritas y aceptar las críticas e insultos para algunos y no para otros. 

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