Colaboradores

18 Ene 2015
Colaboradores | Por: Andrés Carranza

Juzgando al libro por la portada

Presentar concejales no es una propuesta; regalar juguetes y víveres en las comunidades tampoco. Aparentar ser de otra religión no es más que una imagen propagandística y  fotografiarse rodeado del electorado no es más que una exageración.

La frase “no hay que juzgar a un libro por su portada” nos invita a explorar más allá de la estética, los colores y los títulos fantasiosos al frente de un libro. Nos invita a sumergirnos en el mundo del autor, en sus ideas, pensamientos y talento. Si imaginamos la campaña electoral por la alcaldía de San Salvador como un libro, y tratamos de no juzgarlo por su portada, nos damos cuenta de que esto es imposible. No porque no podamos, sino porque los autores no nos lo permiten.

En San Salvador existen dos libros. Uno rojo, disfrazado de celeste, y uno tricolor. Ambos han sido publicados por las mejores imprentas del país y sus autores se basan excesivamente sobre su imagen exterior: el plástico que los cubre, la mezcla exquisita de colores, imágenes de primerísima calidad y, por supuesto, un eslogan memorable, endulzante, inspirador, que hechiza. Sus contenidos están sellados por una pega que resiste preguntas. Más parecen un cartel de publicidad que una joya intelectual como todo libro.

Los libros mencionados hacen referencia a las campañas de Bukele y Zamora o Zamora y Bukele. Ambos permanecen cerrados en su mayoría, ignorando la supuesta literatura “de altura” que se esperaba. Si bien es cierto que el libro de Zamora ha revelado su prólogo, ambas campañas dejan mucho que desear. Dejan muchas preguntas y pocas respuestas. No son más que populismo, el peor enemigo al desarrollo que todos deseamos.

El Salvador tiene la necesidad de escuchar propuestas concretas y progresistas. Tiene la necesidad de saber cómo los candidatos planean solventar la inseguridad, falta de trabajo, tráfico vial, comercio informal, educación, etc. El Salvador tiene el derecho de elegir a sus gobernantes con base en lo que son y no a lo que aparentan ser; un derecho que no existe en este momento.

Presentar concejales no es una propuesta; regalar juguetes y víveres en las comunidades tampoco. Aparentar ser de otra religión no es más que una imagen propagandística y  fotografiarse rodeado del electorado no es más que una exageración. Crear spots publicitarios mostrando un mundo irreal y utópico es publicidad sin fundamento; así como el crear páginas web falsas, tratando de imitar a uno de los periódicos del país, con el objeto de auto victimizarse. Tapizar las calles con eslóganes de “trabajar juntos” o de “nuevas ideas” no es más que un derroche de fondos; y el mostrar al mundo un repertorio de calcetines no va a generar oportunidades para jóvenes.

Como alguien que ejercerá su voto por primera vez, quiero ver cuáles son las “nuevas ideas” que tanto abarcan pero poco aprietan. Quiero ver de qué manera se trabajará en “unión”. Quiero ver un debate entre los candidatos, uno en el que tengan un lapicero y un papel en blanco solamente. Un debate en donde nos dejen saber sus propuestas y las discutan entre ellos, tomando en cuenta los tres pilares fundamentales de la política: los ciudadanos, la economía y la ley. Un debate en el que cuestionen el financiamiento de cada propuesta. ¿Vendrá el dinero de fondos familiares como en ciertos casos? ¿De los impuestos de la gente? ¿De préstamos que incrementarán la deuda del municipio? ¿O de donantes anónimos con fines electorales? Un debate en donde por fin abandonen el egocentrismo, los engaños de la prosperidad a la vuelta de la esquina, el maquillaje de los sueños hechos realidad y vuelvan de su campaña un “Don Quijote de la Mancha”, un “Hamlet”, una “Ilíada” y no una revista cosmopolita.

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