Colaboradores

19 May 2013
Colaboradores | Por: Roberto Navas

Ignorancia, enfermedad viral de la cual el salvadoreño del siglo XXI se contagia

Constantemente criticamos la tierra donde nacimos. En la etapa de crecimiento queremos escapar a una mejor vida y dejar en el olvido el lugar en que fuimos concebidos y nacidos. Con vergüenza hay quienes dirán: soy salvadoreño. Pocos quieren cambiar la situación y aquel que sea idealista será denominado “iluso”.

 

Vivir en El Salvador podrá significa conducir en las calles de nuestra patria entretanto vemos maniobras que opacan a las que son mostradas en películas como “Fast and Furious”. Que las caras de angustia ante una noticia de homicidio desaparezcan; es tan común ver y escuchar de asesinatos como oír “maje” de la boca de los jóvenes. Algunos consideran “salvadoreño” al que atiende a las manifestaciones de cualquier índole, en ocasiones sin poseer un motivo claro del porqué se encuentra ahí. Los movimientos que presenciamos son dignos de compararse con los proletarios durante la revolución industrial, pero solo en su carácter violento y desorganizado (como lo fueron antes de gozar conciencia de lo que es el “comunismo” mediante el “Manifiesto comunista”). Gran parte de nuestra población se une para celebrar los triunfos de la Selección de Futbol de El Salvador como también para criticar fuertemente sus errores; una muestra de cómo cambiamos de bando según nos convenga. Las tramas de novelas mexicanas son vividas con intensidad en cualquiera de los estratos sociales.  

 

El sueño de la pluralidad de estudiantes de colegios privados es estudiar en el extranjero, apetecen irse para nunca volver y eventualmente olvidar lo que El Salvador es. Pero muchos alumnos que con dificultad estudian, en la zona de occidente, oriente o aquellas categorizadas de “marginal”, aspiran a educarse en San Salvador, para ellos es un logro inmenso sentarse en las aulas de las universidades de la capital que otros desprecian comparándolas con las de Estados Unidos de América u otro país desarrollado.

 

Escuchamos en boca de cualquiera esta frase “todo está peor con este presidente”. Cuando le preguntamos a esta persona por qué argumenta eso, en la mayoría de los casos desvaría en su respuesta, claramente no sabe porque lo dice. Platón y otros grandes pensadores expresarían disgusto al ver como nuestra política se lleva a cabo “democráticamente”, el primero porque nos denominaría incautos de la filosofía. Me pregunto si Thomas Hobbes pensaría que el contrato social del “Leviatan” nos pudiera salvar o si es muy tarde ya. Gran cantidad de personas estarían de acuerdo, estiman que ser político es “vender el alma al diablo”. ¿Será acaso porque acontecimientos como detentar, hacer fraudes y ser asociados con crímenes son la portada de varios periódicos? ¿Por qué las campañas políticas son tan similares que parecen un reciclaje? ¿Por qué la función de la multiplicidad de alcaldes toma lugar cuando faltan meses para las elecciones? ¿Por qué ambicionan tanto cargos públicos como de entes reguladores que hasta intentan fingir que son independientes de un partido político? Tal vez porque sus puestos son vistos como forma de adquirir riqueza a costa de otros.

 

Pero aquel que verídicamente es un ciudadano de El Salvador es aquel que desea poner su máximo esfuerzo al servicio de la población y no de sí mismo exclusivamente. Aquel ser humano que conoce la condición actual de nuestro país y que con gran entusiasmo anhela mejorarlo. Quien aprecie la cultura de este pequeño pedazo de tierra con hermosos paisajes como los esfuerzos que se hacen para salir adelante, ya sean de organizaciones juveniles que promuevan el pensamiento crítico como de las que priorizan el arte. Hombre y mujer salvadoreños son los que al escuchar el himno nacional lo cantan con orgullo y amor; para quienes los símbolos patrios no son solo objetos sino la representación del espíritu honorable.

Tildarnos de ignorantes es lo que la sociedad, a través de la historia, ha logrado; somos el resultado de la totalidad de eventos que ahora han quedado impresos en libros y en el recuerdo de quien los experimentó. Tomemos un tiempo y reflexionemos sobre nuestra nacionalidad. Acaso tener un documento otorgado por el gobierno lo es todo para ser compatriota o lo que haya en nuestra mente y corazón son lo verdaderamente necesario para autoproclamarnos pueblo de la República de El Salvador. Tal vez haga falta ganarse el título de salvadoreño para apreciar lo que somos.

 

*Colaborador de MedioLleno

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