Colaboradores

3 Ago 2013
Colaboradores | Por: Gabriel Aguiar

¡Hey! ¡No dejemos pasar la corrupción!

La corrupción es un fenómeno social que afecta a todo el mundo, en todos sus ámbitos. Lastimosamente ha llegado a instituciones y dimensiones inaceptables, como las iglesias y hasta los mismos deportes. Pero lo grave del asunto es que dicho fenómeno ha logrado impregnarse en la vida de las personas salvadoreñas, como un acto cotidiano presente en todas partes, llegando a ser algo con lo que hay que vivir y acostumbrase. ¿Hasta cuándo los salvadoreños dejaremos de permitir que nos sigan tomando el pelo?

Ahora, analizando el fenómeno de la corrupción en la actualidad, es un factor que ha evolucionado hasta convertirse en una institución, un contexto propicio para ser corrupto. Al hablar de institución, me refiero a una serie de normas, costumbres y patrones de conducta establecidas por la sociedad. Tomando en cuenta esto, una institución no es un edificio que se pueda construir, más bien es un contexto establecido por las personas inmersas en él. Si este contexto es propicio para la corrupción, involucra directamente a cualquiera para caer en sus costumbres y prácticas; como dice el dicho: “en arca abierta hasta el justo peca”, por lo que se puede deducir que el problema no solo es la persona, sino también el ambiente en el que se ve inmersa. Entonces, si llegáramos a cambiar a un grupo de funcionarios públicos por nuevas y jóvenes promesas en la política, el ambiente está “diseñado” para que también sean parte de este fenómeno corrupto. Claro está que debemos ser salvadoreños diferentes y convertirnos en fiscales de los demás para lograr cambiar este contexto corrupto.

Pero, ¿cómo llegó a crearse este ambiente tan corrupto existente en todos los ámbitos del país? ¿Será que acaso dejamos pasar los hechos sin molestarnos por exigir un cumplimiento de leyes? ¿Acaso somos los salvadoreños, personas pasivas y con los brazos cruzados? Esto no es lo mismo que, por ejemplo, exigir que las pupusas se nos den tal cual como las pedimos, ni tampoco cuando exigimos el cambio correcto cuando en la tienda “se equivocaron”. El salvadoreño tiene, y siempre ha tenido, el poder para exigir justicia, rectitud, y el derecho a no ser insultado en la cara por un abuso de poder de alguna autoridad.

Cuando presenciamos o nos informamos sobre un acto de corrupción, quizá no sea un crimen de materia penal, pero sí un insulto por tratar de pasar sobre todos los demás, y sobre la ley solo porque tiene un puesto de “poder”. Y de hecho este poder, en un país democrático le pertenece al pueblo; ha llegado entonces el momento de exigir dicho poder de vuelta a la gente, y demostrar que ninguna mala intención será perdonada por la opinión pública. Nuestra opinión, es el valor que cualquier persona (o aspirante a la Presidencia) necesita para que le sea otorgada una autoridad.

Ningún salvadoreño puede dejar pasar más corrupción, porque juntos, como nación, tenemos el control de nuestro propio país. Tenemos que recordar a las personas que es necesario hacer sentir vergüenza a aquellos que traten de estar por encima de la ley, recordarles que no somos ciegos ante esos actos, y que todo el pueblo sabrá quién y por qué es corrupto, y que en ningún momento dejaremos que se aprovechen de su situación o puesto. Empoderarse cada uno para tener la potestad de exigir el cumplimiento de leyes y del orden, es la tarea de los salvadoreños para devolver la vergüenza de sus acciones a los entes corruptos, para que, de esta manera, se logre romper el contexto de corrupción que nos rodea a todos. Recordando las palabras de Ludwig Von Mises: “La corrupción es un mal inherente a todo gobierno que no está controlado por la opinión pública”.

*Colaborador de MedioLleno

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