Colaboradores

12 Sep 2015
Colaboradores | Por: Jaime Peraza

Hablando de corrupción

 

 

Es posible que esa condescendencia con los políticos vaya en crecimiento. No es una amenaza, sólo es una posibilidad. Quien habla de corrupción se puede sentir bastante frustrado.

Hablar de corrupción es hablar de lo peor de un país. A todos nos enfurece que los políticos roben. Sobre todo porque esta desgracia les sirve a algunos, a los de siempre, a los que están a la caza y captura de cualquier cosa para demonizar lo público, la política, la que ellos denominan “clase política”, poniendo de este modo en peligro la democracia y el Estado. Vuelvo al tema que nos da asco. Porque reconozco que los primeros que ponen en peligro la democracia son los representantes que se dejan corromper. Pero no por ello debemos perder de vista a quienes siempre han despreciado el Estado u otra “democracia” diferente a la que dicen se materializa en el mercado. Porque aprovechan la coyuntura para poner en marcha su programa. Y parece que lo están consiguiendo.

También molesta todo esto porque me da la impresión de que lo gordo no está en la corrupción política, sino en la empresarial, o no estrictamente en la corrupción empresarial, sino en las entrañas, para tributar menos, para pagar menos a los trabajadores o interviniendo en procesos privatizadores con las peores prácticas. Ahí es donde se mueven los números más gruesos. Nadie habla despectivamente de “clase empresarial” cuando esa sí sería propiamente una clase social, por ser la que agrupa a los propietarios de los medios de producción. Políticos, en cambio, hay de muchas clases.

Los nuevos dioses del siglo XXI son los emprendedores, que no son otra cosa que empresarios pequeños. Bajo este fenómeno se camufla una ideología infernal y, con su promoción, con la invitación a que se haga emprendedor, se comete una gran irresponsabilidad: muchos de los que lo intentan se estrellan, lo pierden todo y conservan para siempre el estigma del fracaso.

Es posible que esa condescendencia con los políticos vaya en crecimiento. No es una amenaza, sólo es una posibilidad. Quien habla de corrupción se puede sentir bastante frustrado. Lo reconocemos: nos cuesta mucho hablar de corrupción. Incluso puede estar enfadado porque se puede percibir un cierto tono irónico del tipo: “Los políticos son malos, pero los empresarios son mucho peores y nadie les dice nada”.

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