Colaboradores

2 Oct 2014
Colaboradores | Por: Hector Castro

Génesis de la cultura de violencia

Hay un sector que tiene privilegios y todos los queremos; el proceso de socialización obliga a aspirar el estilo de vida del poderoso y a emular sus valores.

Como no es mi objetivo aquí definir lo que es cultura, me permito parafrasear el significado que nos proporciona el diccionario de la Real Academia Española: conjunto de modos de vida, costumbres y grado de desarrollo artístico, científico e industrial que proporcionan una base de conocimientos en una época, que permiten a alguien desarrollar su juicio crítico”. A través de la educación y el estudio debo agregar.

Ahora bien, la problemática que nos concierne aquí es que ese proceso civilizatorio evolutivo, que es la cultura, no ha permitido hacer de nuestra sociedad un lugar más pacífico. Al contrario, la violencia que cada generación enfrenta en nuestro país pareciera ser mayor a la anterior. ¿Por qué?

Aquí tenemos un problema de génesis. Hace 473 años nuestro territorio fue conquistado, se destruyó nuestra cultura ancestral y nos fue impuesta la cultura de la dominación por la fuerza y la impunidad del más fuerte. Esos primeros conquistadores dieron origen a las grandes familias que luego gobernaron nuestro país -el que gobierna es el poder económico, no el político-. No es casual toda esta violencia cuando nuestro país se gestó en ella y formó la concepción de mundo de la generación que sobrevino. La violencia ejercida de modo vertical de arriba hacia abajo, ha sido el modo de respuesta hacia nuestras diferencias y casi por inercia nos empuja hacia nuestro lado agresor. ¿Cuál es la solución?

La autocrítica es, sin duda, el primer paso. Como un alcohólico, solo podremos recuperarnos cuando aceptemos que tenemos un problema y busquemos ayuda, pues un individuo enfermo no podrá crear una familia sana y esta, a la vez, no podrá crear una sociedad sana.

La sociedad, a través de la escuela o colegios, la religión, medios de comunicación y otros espacios, establece patrones y normas de conducta. Decide qué valores son aceptables y qué vicios no son permitidos. Juzga al individuo como adaptado o desadaptado, exitoso o fracasado, de acuerdo a la ideología impuesta por la clase económicamente poderosa. Así, los valores de esta son asumidos como los valores sociales que cada individuo no solo debe aceptar, sino que además debe aspirar a ellos y replicarlos, tal como lo afirmó Martín Baró en 1983).

Volvemos entonces a nuestro problema de génesis. Es la clase dominante la que marca la pauta de comportamiento de la sociedad en general, por lo tanto, la violencia comienza en los privilegios que como clase poseen y desean mantener.

Solo veamos los casos de corrupción como el del expresidente Francisco Flores o el de la trata de menores, frente a los ladrones de jocotes o el del puesto del “Chory”, por mencionar algunos, donde queda claro que la ley no es igual para todos y todas.

La violencia, entonces, se sustenta en la impunidad. Hay un sector que tiene privilegios y claro, todos los queremos, porque el proceso de socialización obliga a aspirar el estilo de vida del poderoso y a emular sus valores.

Esta es nuestra tragedia: la hipocresía. Hay una profunda incongruencia entre el discurso democrático de los grandes poderes económicos y las acciones que deberían sustentarlo. Hablan de libertad de mercado pero defienden monopolios; hablan de libertad de información pero manipulan la misma. Hablan de respeto a le ley pero como pueden, la evaden. No se han hecho efectivos los impuestos, pero tres meses antes ya se incrementaron los precios de todos los bienes y servicios, aunque los mismos vayan dirigidos a un sector. Esto es violencia social y se gesta en la cabeza de los herederos de la colonia. Herederos sino de sangre, sí de una concepción utilitaria del sistema cuasi-democrático que tenemos.

 

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