Colaboradores

16 Oct 2014
Colaboradores | Por: Fernando Poma

Generadores de violencia

Hagamos nuestra parte para que el ciclo de la violencia no continúe y creemos una realidad diferente para las nuevas generaciones.  Buena parte de este cambio está en nuestras manos.

La vida está llena de contradicciones. Se supone que para un niño, el hogar debería ser un lugar donde, entre otras cosas, encuentre estabilidad, seguridad, dirección y cariño. También se espera que los padres velen por el valioso regalo que han recibido: sus hijos. Lamentablemente, la realidad es otra.  La violencia familiar, que incluye el maltrato y hasta homicidio de niños y cónyuges, inunda los titulares de la prensa. Frecuentemente nos enteramos de casos en los que niños son agredidos, violados y hasta asesinados, a veces incluso por sus propios padres, y en ocasiones como parte de una venganza hacia la pareja.

En el discurso que dio, en el marco de la celebración del Día del Niño el 1 de octubre de 2014, el representante de UNICEF, Gordon Jonathan Lewis, indicó que un informe reciente a nivel mundial sitúa a El Salvador a la cabeza de los países con mayores tasas de homicidios contra personas de entre 0 y 19 años, con 27 muertes por cada 100 mil habitantes. Proporcionó, además, otras cifras alarmantes:  

  • Entre los años 2005 y 2013, se reporta un total de 6 mil 300 homicidios de niños.
  • Entre 2012 y 2013, un total de 984 niños o adolescentes fueron víctimas de homicidio.
  • El 89 por ciento de todos los homicidios están concentrados en la población de 15 a 19 años.
  • Entre los años 2001 y 2011, se registró un total de 25 mil 680 agresiones sexuales; 94 por ciento fueron cometidas contra niñas y adolescentes.
  • Existe un aumento del 160 por ciento en casos de abuso infantil entre los años 2012 y 2013.
  • Un aproximado de 847 mil 165 niños viven sin su padre, madre o ambos; el 70 por ciento por abandono del padre.  
  • Siete de cada diez niños sufren algún tipo de violencia en su hogar.
  • Más de 300 mil niños viven en hogares donde un familiar ha emigrado.

En El Salvador nos quejamos de la violencia, pero parte del problema lo creamos nosotros mismos, al provocar o no impedir el abuso a los niños. En nuestra sociedad, para muchos, el maltrato infantil ya es parte de la cultura y está compuesta de rutinas y prácticas cotidianas. Se tienen ideas como que los hijos pertenecen a los padres y que ellos pueden decidir sobre su destino impunemente, de acuerdo a la investigación hecha por José Miguel Cruz y Nelson Portillo Peña, en la publicación Solidaridad y Violencia en las Pandillas del Gran San Salvador.

Los padres pueden fácilmente socavar la autoestima de un hijo y crear heridas mentales que los cambian para siempre. La autoestima es la forma en que una persona se valora a sí misma. El niño se forma un concepto de sí mismo basado en la idea de que los padres tienen de él y se valora como lo califican los demás.  Joy Byers, especialista en abuso de menores, dice: “Las agresiones físicas pueden matar a un niño, pero también se le puede matar el espíritu, y a eso pueden llevar los constantes comentarios negativos de los padres”.

La revista FLEducator comenta: “A diferencia de los golpes, que pueden verse y terminan por desaparecer, el maltrato psíquico produce cambios invisibles en la mente y la personalidad del niño, y altera de modo permanente su concepto de lo que es real y su interacción con otros”.  Con una autoestima baja, un niño es propenso a ser agresivo, irritable, poco cooperador, negativo y desafiante. Cuando estos niños crecen, son propensos a desarrollar tendencias a la drogadicción, alcoholismo, delincuencia, trastornos psicóticos y depresión.

Por otra parte, todos los seres humanos necesitamos tener un sentido de pertenencia. Aunque hay múltiples factores que influyen en el ingreso a las pandillas, muchos de los niños condicionados a la violencia desde pequeños, al sentirse abandonados y descuidados por sus padres, buscan ese sentido de pertenencia en estas.  La mara se convierte en la nueva, o en casos extremos, en la primera familia de estos jóvenes. Esto explica por qué, aún con el riesgo que implica a su propia integridad física, muchos jóvenes ven como su tabla de salvación a las pandillas, el sitio donde es posible para ellos satisfacer las carencias afectivas y materiales.  (Cruz y Portillo, 1998; UCA, 2004). 

Para vivir en sociedad, necesitamos relacionarnos con otras personas y de allí aprender comportamientos, conductas, y creencias que nos ayudan a definirnos como individuos. Es en la adolescencia cuando construimos esa identidad. Un niño que crece en contextos familiares de maltrato y violencia, lo más seguro es que adoptará una identidad fundamentada precisamente en esa violencia.  Como es el único patrón de conducta que conoce, ese menor maltratado muchas veces continuará con el ciclo de violencia y agredirá a sus propios hijos o a las personas que los rodean, en general, de manera inconsciente. En estos casos, la violencia se transmitirá de generación en generación, repitiendo las mismas pautas de conducta.  

Cambiar esta situación requiere que seamos padres responsables, cumpliendo nuestro papel de garantizar un ambiente libre de violencia en el hogar y proporcionar a nuestros hijos las cosas básicas que ya hemos mencionado. Además, como ciudadanos, debemos denunciar a las entidades correspondientes cualquier hecho de maltrato, tanto físico como psicológico. De igual forma, debemos presionar y contribuir para que nuestro sistema de seguridad infantil mejore, logrando un proceso eficaz en cuanto a capturas, investigaciones e incremento del porcentaje de condenas en relación a delitos. 

En la actualidad, en promedio, por cada 16 capturas solo una termina en condena. Debemos trabajar para combatir no sólo las consecuencias, sino las causas que provocan los actos violentos y delictivos. Debemos tomar acciones para romper la tendencia repetitiva de violencia, hostilidad y abusos que genera nuevos agresores. Ser padre o madre implica mucho más que simplemente engendrar o concebir un niño.  Esta labor requiere, como mínimo, velar porque no vulneremos los derechos de nuestros hijos. Hagamos nuestra parte para que el ciclo de la violencia no continúe y creemos una realidad diferente para las nuevas generaciones.  Buena parte de este cambio está en nuestras manos.

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