Colaboradores

13 Jul 2013
Colaboradores | Por: Diana Funes

Espejismos políticos

Como en toda campaña electoral, es el momento en que todos los candidatos y candidatas electorales muestran su mejor cara, la foto, con la mejor pose es la carta ganadora para pescar los votos de esos indecisos: impresionar al elector es el objetivo. Esto no está mal, es normal dicha conducta, ¡Se trata de una competición! Es saludable para el proceso electoral que se produzca una disputa entre quienes presentan la mejor propuesta, en que la población señale quién es el candidato más idóneo para ocupar el puesto en competición.  Sería un proceso mediocre y vulgarmente parcial si los señalamientos entre candidatos y las críticas desaparecieran.

¿Entonces qué es lo malo? Está claro que la competencia beneficia a que el proceso electoral se nutra de un debate sano. Pero si para ganar ese debate los competidores se valen de artimañas, crean una “personalidad  fantasma”, el juego del desprestigio entra a escena, los señalamientos a la vida personal surgen como arma eficaz para ganar la partida… Cuando esto aparece, el debate sano, imparcial y constructivo, se convierte en un espejismo político.

Las redes sociales ya no son ajenas a nuestro diario vivir, están –sin temor a exagerar- desplazando a los medios tradicionales de comunicación, porque son medios instantáneos de generación de opinión y replicadores de noticias.  Es esta misma asignación de funciones, inmediatez y facilidad en su uso, la que puede provocar una deformación del mensaje –adrede o no- prestándose a toda clase de tácticas para crear un espejismo político, al que  la población,  embriagada por la supuesta realidad lo da por creído, por verídico. 

En este orden de ideas, hay que resaltar el importante papel que están desempeñando las redes sociales en el proceso de difusión de opiniones, sin desvalorizar lo  realizado por los medios de comunicación tradicionales (radio, televisión, prensa). Volvemos a la idea central: la deformación de la imagen mostrada por todos los candidatos a cargos públicos. Ahora ya nadie está ajeno de ser participante directo o indirecto de este debate político; aunque mostremos apatía a la política por diferentes razones, ésta siempre se inmiscuirá en nuestro diario vivir, a través de un spot televisivo, de una entrevista matutina, de un tweet, de una cuña radial, todos somos en algún momento lectores, escuchas o televidentes de esos mensajes propagandísticos y, por no poder estar exentos a ese proceso de comunicación, nos convertimos en potenciales víctimas  del engaño de esas campañas electorales.

No es necesario que el mensaje a escuchar, leer o ver lleve incrustado explícitamente un color político o indique a los cuatro vientos la forma en que debamos emitir nuestro sufragio, desde un espontáneo y sospechoso gesto de altruismo, de la engañosa apariencia carismática de algún político, del anuncio de la finalización de alguna obra construida con fondos públicos, del vergonzoso aprovechamiento de tener un cargo de elección popular, de todo pueden valerse de forma mañosa para lograr el objetivo: ganar.

Por ello es innegable que los presentes procesos electorales han sido diferentes, no solo por la modernidad de los medios de comunicación, sino por las reformas electorales que han sido necesarias para garantizar la naturaleza del voto libre directo, igualitario y secreto (Art. 78 de la Constitución de El Salvador) por mencionarse algunas: voto por rostro para cargo de diputado, presentación por parte de los partidos políticos de planillas cerradas y desbloqueada con la lista de candidatos a diputados, voto residencial. Son estas mejoras al proceso electoral han hecho que la lucha  por ganar sea más reñida  y se utilice cualquier medio para poder crear una falsa imagen que nos seduzca a ser un votante más. Como ciudadanos, independientemente del estrato social, profesión, oficio, grado académico, edad, etc. debemos analizar nuestro voto, identificar cualquier gesto  malicioso, cualquier apariencia engañosa de intelectualidad  y carisma que quiera crear un espejismo político. Debemos enfrentar el deber a votar, no con tradición, sino con sabiduría.

*Colaboradora de Medio Lleno 

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