Colaboradores

10 Jun 2017
Colaboradores | Por: Joyce Hernández

¿En qué país vive el presidente?

El pasado jueves 1 de junio el Presidente de El Salvador realizó su rendición de informe labores de su tercer año de gestión ante el Pleno Legislativo, este estuvo marcado por la baja aprobación en las encuestas y el descontento de muchas de sus políticas impulsadas como “Gobierno”.

Ante un panorama oscuro, los cálculos de la máxima autoridad del país son alegres, positivos y, definitivamente, muy alejados de la realidad nacional; dejando una sensación de confusión al escuchar frases como: “Se redujeron los homicidios y  las extorsiones; la economía sigue creciendo”; “Hemos reducido la pobreza”. Definitivamente algo no calza con las valoraciones y percepciones presentadas del país, El Salvador no es un país seguro, ni el más saludable, mucho menos el menos vulnerable.

Es, verdaderamente, preocupante que el presidente de la nación desconozca la realidad del país que dirige y se refiera a un país muy alejado de la realidades de la población salvadoreña, pareciera que habita en un país de oportunidades, seguro y sin problemas sociales o económicos. Esto me hace pensar ¿Cómo podría alguien dirigir y solventar los problemas de su pueblo, si vive creyendo que todo está bien en su país? Si sus condiciones, definitivamente, son muy diferentes a los de un salvadoreño que se enfrenta a diario a la delincuencia y a la falta de oportunidades.

Por mucho que se quiera ser positivo y hablar de progreso social eso no lo vuelve realidad. Y es que los problemas de un país no se cambian por arte de magia, se necesita determinación y trabajo duro con planes concretos y, sobre todo, con los pies bien puestos en la tierra. Pero, de un discurso del cual se escucha cero autocrítica y veracidad, hace creer que los encargados de velar por el bienestar de la población desconocen lo que el país necesita.

En El Salvador real, no el que planteo Sánchez Cerén en su discurso, existen graves problemas sociales y económicos; entre ellos la inseguridad, el limitado acceso a los servicios de salud, a las oportunidad laborales, el incrementos de impuestos, el alza de productos de primera necesidad y muchos más. Poco, o nada, han mejorado la situación  del país, pero sí ha habido un incremento del gasto público y de la deuda pública.

Fieles a tradiciones populistas se habla de avances significativos, sin una conciencia moral de lo que el país necesita. El Salvador necesita un buen piloto que sepa conducir, no uno que ignore la realidad, y que, sobre todo, haga un cambio de rumbo para aspirar a tiempos mejores.

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